Tic, tac, tic,
La profesora hablaba frente al salón, su voz resonaba el aula con una paciencia que pocos compartían.
Algunos estudiantes fingían atención, asentían de vez en cuando como si realmente entendieran cada palabra. Otros estaban lejos, atrapados en pensamientos de su propio caos mental.
Y luego estaban los que se sentaban junto a la ventana, el mejor lugar por así decirlo.
Ellos habían tomado una decisión distinta.
Mirar el patio era mucho más interesante que cualquier explicación escrita en ese viejo pizarrón
Desde ahí, el mundo parecía moverse con más libertad que ahí dentro.
Una chica sentada junto a la ventana había tomado esa decisión.
Desde el quinto piso, las vistas realmente eran bastante buenas.
Y cuando pensaba en vistas, no se refería exactamente al paisaje.
En el patio, durante la clase de cultura física, estaba él.
El sol se filtraba sobre su cabello castaño, arrancándole destellos cálidos cada vez que se movía.
Reía con sus compañeros, despreocupado, como si el mundo fuera ligero. Desde esa altura no distinguía con claridad sus facciones, pero no necesitaba hacerlo, conocía de memoria la manera en que sus ojos azulados se iluminaban cuando sonreía.
Había algo en él que resultaba injustamente perfecto.
Ella— sin darse cuenta— comenzó a sonreír también.
Una sonrisa leve, casi ingenua, que asomó en sus labios antes de que pudiera evitarlo.
Sigue tan hermoso como aquel día.
Ese pensamiento cruzó su mente con una familiaridad peligrosa.
Tac, tic, tac…
El recuerdo cruzó su mente como un destello breve, imposible de detener.
«— ¿Tan cobardes son para atacar a una chica? »
No había alzado la voz.
No lo necesitaba
Había algo en su tono —calmado, firme— que obligó a todos a retroceder. Una ira contenida, controlada, mucho más intimidante que cualquier grito.
Su nombre era Kael.
Y desde ese día, algo… algo cambió.
Comenzó a notarlo más en los pasillos, en el patio, descubrió la facilidad con la que sonreía, la naturalidad con la que hacía reír a otros, la manera en que parecía iluminar los espacios sin proponérselo.
No fue inmediato.
No fue dramático.
Solo empezó a buscarlo con la mirada sin darse cuenta.
Y un día entendió que ya era demasiado tarde…
Kael tenía algo que resultaba injustamente cautivador. Un brillo propio, una calidez que atraía sin esfuerzo. Estar cerca de él se sentía como acercarse al sol, reconfortante… y peligroso.
Pero no todo era luz.
Lo supo después.
No por rumores.
No por suposiciones.
Lo supo porque…
Lo vio.
Él estaba enamorado de alguien más.
Hace 6 meses.
Estaba decidida.
Esa tarde iba a hablar con él.
El nerviosismo le recorría el cuerpo como una corriente eléctrica. Apretó su cartera contra el pecho, sintiendo dentro el peso pequeño —y ridículamente importante— de los chocolates que había comprado para él.
Posiblemente era una tontería.
Aún así avanzó.
Sus piernas temblaban apenas, pero mantuvo la espalda recta, fingiendo una seguridad que no sentía. Cada paso era un acuerdo silencioso consigo misma: hazlo ahora o no lo hagas nunca.
Era la hora de la salida. El pasillo estaba lleno de estudiantes que empujaban, reían y hablaban demasiado fuerte.
Él estaba apoyado contra la pared, cerca de la puerta principal. La mirada fija en su celular.
Aislado del ruido, como si el caos no existiera.
Parecía esperar a alguien, pero ignoró ese pensamiento.
Siguió caminando.
Su falda se movía con el viento que entraba desde la puerta abierta. El corazón le latía tan fuerte que estaba segura que podía oírse desde fuera.
Un paso más…
Dos…
Estaba frente a él.
Él aún no la había notado.
Abrió la boca.
— Ka…
No alcanzó a terminar
— ¡KAEL!
Otra voz irrumpió en el momento.
Más fuerte, más luminosa.
Reconoció esa voz al instante.
Era Elara su compañera de clases.
Un cuerpo chocó contra él sin medir distancia ni delicadeza. El impacto lo hizo perder el equilibrio, y el celular cayó al suelo con un golpe seco.
¿Qué le pasa a esa chica?¿Esta loca?
Por un segundo creyó que él se molestaría, que frunciría el ceño, que reclamaría, pero no lo hizo.
Ni siquiera miró el celular, bajó la cabeza hacia la chica que se aferraba a su uniforme…
Y sonrío.
Esa fue la sonrisa más hermosa que había visto.
No por cómo se veía.
Sino por… porque era para ella, solo para ella. Ahhh pobrecita.
Y luego, luego estaba su mirada.
La forma en la que la observaba no tenía nada que ver con cortesía o amabilidad, en sus ojos había una suavidad distinta, una alegría íntima, casi frágil, como si verla ahí, aferrada a él fuera exactamente donde quería estar.
— Elara… — dijo él.
La voz que esperaba escuchar molesta o incómoda salió tan cálida y delicada.
— No deberías lanzarte así. ¿Y si no aguantaba y nos golpeábamos?
La rodeó con sus brazos con una delicadeza absurda, como si temiera romperla si la sostenía con más fuerza.
— Sabía que ibas a resistir — respondió ella, alzando el rostro para mirarlo, sonriente — después de todo, eres fuerte.
Él sonrió más mientras soltaba una pequeña risa.
— Está bien… pero no lo hagas otra vez, ¿sí? No quiero que te lastimes.
Deshizo el abrazo con suavidad, pero no se apartó del todo mientras empezaban a caminar juntos
— No prometo nada, Kai — dijo ella, sujetándose a su brazo con naturalidad
Kai…
Ese apodo cayó más fuerte que cualquier otra cosa.
Ella no se movió, los vio alejarse, paso a paso, sin prisa, sintió que si intentaba caminar sus piernas no responderían.
Ahora lo sabía, lamentablemente los rumores eran… eran ciertos, la chica de la que él estaba enamorado era Elara, lo entendió con una claridad que dolía.
Editado: 18.02.2026