La comisaría olía a café recalentado y papel húmedo.
Mara llevaba allí cuarenta y siete minutos.
Lo sabía porque había mirado el reloj de pared tantas veces que ya podía anticipar el pequeño salto del segundero antes de cada minuto.
Nadie le había dicho nada útil.
Primero le pidieron que esperara.
Después apareció otro agente, recogió de nuevo los datos de Gael y desapareció con la fotocopia de su documento.
Luego una mujer distinta le preguntó si Gael había sufrido alguna intervención médica reciente, si tenía antecedentes psiquiátricos, si había cambiado de aspecto, si utilizaba lentes de contacto, si alguna vez había hablado de documentos perdidos.
Mara respondió que no a todo.
Cada negativa parecía empeorar las cosas.
A las 23:11 apareció un hombre con una carpeta gris bajo el brazo.
No llevaba uniforme.
Tendría poco más de cuarenta años, el pelo oscuro con algunas canas en las sienes y una expresión demasiado despierta para aquella hora. Se presentó sin sonreír.
—Tomás Leiva.
Mara levantó la vista.
—¿Policía?
—Inspector.
Se sentó frente a ella.
No abrió la carpeta.
—Quiero hacerle algunas preguntas, señora Cifuentes.
—Mara.
—Bien. Mara.
El tono no era amable ni hostil. Solo preciso.
Ella apoyó las manos sobre las rodillas.
—Quiero saber qué han encontrado.
—Primero necesito entender algunas cosas.
—Llevo casi una hora contestando preguntas.
—Lo sé.
—Entonces entenderá que empiece a cansarme.
Leiva la observó unos segundos.
No parecía ofendido.
—Su marido figura como Gael Aranda Velasco.
—Sí.
—Treinta y ocho años.
—Sí.
—Nacido en Valladolid.
—Sí.
—Arquitecto técnico.
—Sí.
—Casado con usted desde hace cuatro años.
Mara apretó la mandíbula.
—Ya tiene todo eso escrito.
—¿Dónde lo conoció?
—En una cena.
—¿Qué cena?
—Una cena de cumpleaños. De Celia.
—¿Su amiga?
—Sí.
—¿Quién invitó a Gael?
Mara abrió la boca.
La pregunta parecía fácil.
No lo era.
Recordó el restaurante. La terraza estrecha. Una mesa demasiado larga para el espacio. Celia quejándose porque habían cambiado la reserva. Gael sentado casi al final, hablando con un hombre cuyo nombre Mara ya no recordaba.
—No lo sé.
Leiva inclinó ligeramente la cabeza.
—¿Nunca se lo preguntó?
—Supongo que era amigo de alguien.
—¿De Celia?
—No.
—¿De usted?
—No, claro que no. Lo conocí esa noche.
—Entonces alguien tuvo que llevarlo.
Mara sintió una punzada de irritación.
—Han pasado más de cuatro años.
—No le estoy reprochando que no lo recuerde.
—Suena como si lo estuviera haciendo.
Leiva dejó pasar la frase.
—¿Cuánto tardaron en empezar una relación?
—Unas semanas.
—¿Y en casarse?
—Algo más de un año.
—¿Conoció a su familia?
Mara miró la mesa.
—No.
—¿A ninguno?
—A su padre no. Según él, no tenían relación.
—¿Y su madre?
—Me dijo que había muerto cuando era adolescente.
—Pero esta noche descubrió que eso podría no ser cierto.
Mara levantó la vista de golpe.
—¿Cómo sabe eso?
—La agente me lo contó.
—No sabemos si es la misma mujer.
—Correcto.
Leiva abrió por fin la carpeta.
Había varias hojas impresas dentro.
Las giró hacia él antes de que Mara pudiera leerlas.
—¿Su marido viajaba mucho?
—A veces.
—¿Por trabajo?
—Eso decía.
—¿Con qué frecuencia?
Mara intentó calcular.
—Una vez cada dos o tres meses. A veces menos.
—¿Cuánto tiempo?
—Dos días. Tres.
—¿Alguna vez una semana?
—Una vez fue cinco días a Bilbao.
Leiva escribió algo.
—¿Fecha?
—No recuerdo.
—¿Año?
—El pasado.
El bolígrafo se detuvo.
—¿Está segura de que fue Bilbao?
Mara sintió un escalofrío.
—Eso me dijo.
—¿Le enviaba fotografías?
—Alguna.
—¿Videollamadas?
La pregunta cayó con una precisión desagradable.
Mara recordó habitaciones de hotel.
Gael hablándole desde pasillos.
Una vez desde un taxi.
Otra desde la calle, con mucho ruido.
Nunca desde una habitación.
—No muchas.
—¿Podría enseñarme sus conversaciones?
Mara agarró el teléfono.
—¿Por qué?
—Porque puede ayudarnos a reconstruir sus movimientos.
—¿También quieren revisar nuestro matrimonio?
—Quiero encontrar a su marido.
—Pues empiece por decirme qué no encaja con su identidad.
Leiva cerró la carpeta.
Por primera vez pareció decidir algo.
—El número de documento que aparece en la fotocopia es válido.
Mara sintió una breve corriente de alivio.
Duró menos de un segundo.
—Pero no corresponde a Gael Aranda Velasco.
El aire de la sala se volvió más denso.
—¿A quién corresponde?
Leiva no respondió de inmediato.
—A un hombre llamado Samuel Gadea Salvat.
Mara lo miró.
El nombre no produjo nada.
Ni asociación.
Ni recuerdo.
Solo rechazo.
—No conozco a nadie con ese nombre.
—Lo imaginaba.
—¿Edad?
—Treinta y ocho años.
—¿Foto?
—No tenemos fotografía reciente asociada al registro que estamos consultando.
—¿Reciente?
Leiva se reclinó ligeramente en la silla.
—El documento original fue denunciado como extraviado hace once años.
—Entonces alguien copió el número.
—Es posible.
—¿Y el pasaporte?
—Eso es más complicado.
—¿Por qué?
Leiva abrió otra vez la carpeta.
Esta vez dejó una hoja delante de Mara.
Era una ampliación del pasaporte de Gael.
La fotografía era suya.
Mara la reconoció al instante.
El mismo rostro que había visto cientos de veces.