Después del silencio

CAPÍTULO 3. La primera versión

Celia fue quien llamó a la policía.

Mara no se lo impidió.

Pero tampoco le enseñó el mensaje.

No al principio.

Permaneció junto a la ventana con las cortinas cerradas, sosteniendo el teléfono entre las dos manos, mientras su amiga hablaba en voz baja con emergencias.

No confíes en la policía.

La frase seguía en la pantalla.

Debajo del nombre de Gael.

Mara abrió los datos del contacto.

Era su número.

El mismo que pertenecía al teléfono que ahora estaba dentro de una bolsa de pruebas en su apartamento.

Volvió a la conversación.

El mensaje había llegado a las 3:16.

La fotografía del edificio, dos minutos antes.

Aquello no podía salir del teléfono de Gael.

A menos que alguien hubiese duplicado la línea.

O usado su cuenta.

O…

Mara dejó de buscar explicaciones.

Cada una era peor que la anterior.

—Vienen —dijo Celia.

Mara bloqueó el móvil.

—¿Cuánto tardan?

—Poco. ¿Le has contestado?

—Antes.

—Enséñame.

Mara le dio el teléfono.

Celia leyó todos los mensajes.

Llegó al último y levantó la vista.

—Tenemos que enseñárselo a Leiva.

—No.

—Mara.

—Todavía no.

—¿Acabas de recibir un mensaje de tu marido desaparecido diciéndote que no confíes en la policía y quieres ocultárselo a la policía?

—Exactamente por eso.

Celia la miró como si intentara determinar cuánto miedo había en aquella decisión y cuánto razonamiento.

—También podría no ser Gael.

—Lo sé.

—Entonces puede ser alguien intentando apartarte de ellos.

—También lo sé.

—¿Y qué vas a hacer?

Mara recuperó el teléfono.

—Esperar.

—¿A qué?

No respondió.

Se acercó a la ventana.

Apartó apenas un centímetro la cortina.

Desde el cuarto piso se veía la acera, varios coches estacionados, la boca oscura de una calle lateral.

Nadie parecía mirar hacia arriba.

—No hagas eso —dijo Celia.

Mara soltó la tela.

—La fotografía se tomó desde enfrente.

—¿Cómo lo sabes?

—Por el ángulo.

—Podrían haberse ido ya.

—O no.

El teléfono vibró.

Las dos lo miraron.

Un nuevo mensaje.

No mires por la ventana.

Mara retrocedió.

Celia soltó una maldición.

Luego avanzó y cerró también las cortinas del salón.

—Ahora sí llamamos a Leiva.

Mara no discutió.

Tomás llegó antes que la patrulla.

Vestía la misma camisa de la comisaría, pero se había quitado la chaqueta. Tenía el pelo húmedo, como si se hubiese lavado la cara antes de salir, y una marca roja en un lado del cuello.

Mara le mostró el teléfono.

Leiva leyó los mensajes sin comentar nada.

Después amplió la fotografía.

—¿Esta es la fachada?

—Sí.

—¿A qué hora llegó?

—3:14.

—¿Y este mensaje?

—3:16.

—¿Alguien vio algo?

—No.

Leiva miró a Celia.

—¿Las ventanas estaban descubiertas?

—Las del salón sí.

—¿Luz encendida?

—Sí.

—¿Se veía desde fuera quién estaba dentro?

Celia negó con la cabeza.

—No desde la calle. Creo.

—¿Cree?

—Nunca me he parado enfrente a comprobarlo.

Tomás devolvió el teléfono a Mara.

—Necesito llevármelo.

—No.

—Hay que rastrear el origen de los mensajes.

—Pueden hacerlo sin quedarse con él.

—No inmediatamente.

—Es mi único teléfono.

—Le conseguiremos uno provisional.

Mara sostuvo el aparato con fuerza.

—No quiero que desaparezca otro mensaje.

Leiva entendió la frase.

—Haremos una copia.

—Antes quiero hacerla yo.

Sacó el móvil de Celia.

Fotografió la conversación completa.

Leiva no la detuvo.

Después le entregó su teléfono.

—El remitente aparece como Gael —dijo Mara—, pero su teléfono está en mi casa.

—Sí.

—¿Cómo puede ocurrir?

—Hay varias posibilidades.

—Dime la más probable.

—Que alguien tenga acceso a su línea o a una sesión vinculada a su cuenta.

—¿Eso significa que Gael está vivo?

—No.

La respuesta fue inmediata.

Mara desvió la mirada.

Leiva añadió:

—Pero tampoco significa lo contrario.

—El otro mensaje dice que sí.

—Quien lo envió dice que sí.

Mara lo miró.

—¿Siempre hablas así?

—¿Así cómo?

—Como si cada frase necesitara una salida de emergencia.

Por primera vez apareció algo parecido a una sonrisa en el rostro del inspector.

Duró poco.

—En mi trabajo suele ser útil.

Se volvió hacia uno de los agentes.

—Revisad la calle, portales, cámaras privadas, aparcamientos. Quiero imágenes desde las dos y media.

El agente salió.

Tomás se quedó frente a Mara.

—Ahora necesito que me cuente si ha recibido antes mensajes extraños.

—No.

—¿Llamadas anónimas?

—No.

—¿Alguien siguiéndola?

—No.

—¿Ha tenido la sensación de que alguien conocía sus movimientos?

Mara iba a negar.

Se detuvo.

Un recuerdo apareció con una claridad desagradable.

—Hace dos semanas.

Leiva esperó.

—Salí tarde del trabajo. Había un coche detrás de mí.

—¿Durante cuánto tiempo?

—No sé. Diez minutos, quizá.

—¿Marca?

—No recuerdo.

—¿Color?

—Oscuro.

—Eso describe la mitad de los coches de la ciudad.

—Ya lo sé.

—¿Por qué lo recuerda?

Mara pensó.

—Porque tomó los mismos tres giros que yo.

—¿Llegó hasta su casa?

—No. Se desvió antes.

—¿Se lo contó a Gael?

—Sí.

—¿Qué dijo?

La respuesta apareció entera en su memoria.

La gente conduce en la misma dirección a veces, Mara. No conviertas un atasco en una conspiración.

Lo había dicho sonriendo.

Luego la había besado en la frente.




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