Después del silencio

CAPÍTULO 4. Lo que queda cuando alguien miente

Mara no volvió a mirar a Tomás de la misma manera.

No fue una decisión.

Ocurrió mientras él hablaba.

El inspector explicaba que el número escrito detrás de la fotografía de Elena Vardés pertenecía a una clasificación antigua, anterior a la digitalización completa de ciertos expedientes. Que no era exactamente secreto, pero tampoco algo que pudiera encontrarse buscando en internet. Que, en teoría, solo lo conocían quienes habían trabajado en el caso o habían tenido acceso posterior al archivo.

Mara escuchó todo.

Pero ya no lo escuchó como a un policía.

Lo escuchó como a un hombre que acababa de admitir que también formaba parte de la historia.

—¿Cuántas personas conocían ese número? —preguntó.

—No puedo saberlo con exactitud.

—Aproximadamente.

Tomás exhaló.

—En aquel momento, quizá ocho o diez.

—Nombres.

—No voy a darle una lista de policías.

—¿Por qué?

—Porque algunos siguen en activo y otros no tienen nada que ver con esto.

—Gael tampoco tenía nada que ver hasta ayer.

Tomás cerró la carpeta que había traído consigo.

—Entiendo que desconfíe.

—No necesito que lo entiendas.

—Mara.

—Necesito saber si mi marido consiguió ese número porque alguien de la policía se lo dio.

Celia seguía de pie junto a la puerta del dormitorio.

No decía nada.

Tomás se pasó una mano por la nuca.

—Es una posibilidad.

—¿La más probable?

—No necesariamente.

—¿Qué otras hay?

—Que Elena se lo diera.

—¿Por qué tendría ella el número de su propio expediente?

—No lo tendría.

—Entonces no digas cosas solo para llenar silencios.

La frase salió más dura de lo que Mara esperaba.

Tomás la sostuvo con la mirada.

No respondió.

Mara cogió la fotografía otra vez.

Elena Vardés.

Cabello oscuro.

Un rostro sin nada especialmente memorable y, sin embargo, imposible de ignorar una vez sabías que la mujer de la imagen había desaparecido.

—Quiero ver esa grabación —dijo.

—No.

—Quiero verla.

—Es material de archivo.

—En ella aparece mi marido.

—Aparece un hombre que podría ser su marido.

—Acabas de decir que lo reconociste.

—Dije que se parecía.

—Estás jugando con las palabras.

—Estoy siendo preciso.

Mara soltó una risa breve.

—Tu precisión empieza a parecerme una forma elegante de esconder cosas.

Tomás guardó silencio.

Celia intervino.

—¿Puede enseñársela de manera informal?

El inspector la miró.

—No.

—¿Y puede al menos describirla?

Tomás dudó.

Mara lo notó.

—Eso sí puedes.

Él se acercó a la ventana.

La luz de la mañana ya había entrado por completo en el dormitorio.

Durante unos segundos nadie habló.

—La cámara estaba frente a un cajero automático —dijo al fin—. Elena salió de un edificio a las 22:41. Caminó unos treinta metros. Un hombre la estaba esperando junto a un coche.

—¿Qué coche?

—Un Saab oscuro.

—¿Matrícula?

—Parcial.

—¿Y?

—Falsa.

Mara sintió un pequeño desplazamiento dentro de ella.

—¿El hombre la obligó a subir?

—No.

—¿Discutieron?

—No.

—¿La tocó?

—No.

—Entonces fue con él voluntariamente.

—Eso parecía.

—¿Se besaron?

Tomás negó.

—¿Se abrazaron?

—No.

—¿Parecían conocerse?

—Sí.

Mara miró la fotografía.

—¿Qué hicieron?

—Hablaron unos cuarenta segundos. Elena le dio algo.

—¿Qué?

—No se distinguía.

—¿Un sobre?

—Podría ser.

—¿Y después?

—Subieron al coche.

—¿Los dos?

—Sí.

—¿Quién conducía?

—El hombre.

—¿Y nunca encontraron el coche?

—Apareció dos días después.

—¿Dónde?

—En un aparcamiento cerca de Atocha.

—¿Huellas?

Tomás la miró.

—Ahora está haciendo de policía.

—No. Estoy intentando saber por qué mi marido aparece en una investigación que nadie me contó.

El inspector cedió.

—El coche estaba limpio.

—¿Demasiado limpio?

—Sí.

—¿Sangre?

—No.

—¿Qué pasó con Elena después?

—Nada verificable.

—¿Nada?

—Una retirada de efectivo al día siguiente.

—¿Hecha por ella?

—No pudimos demostrarlo.

—¿Cuánto?

—Veintidós mil euros.

Mara frunció el ceño.

—¿Tenía ese dinero?

—No en una cuenta personal.

—Entonces ¿de dónde salió?

Tomás la observó.

—De una cuenta vinculada a una de las sociedades que Elena estaba auditando.

Celia se movió.

—Aldara.

—Indirectamente.

Mara volvió a sentir esa palabra como una puerta.

Indirectamente.

Siempre había algo entre ella y la respuesta.

—¿Creíais que robó el dinero y huyó?

—Algunos sí.

—¿Tú?

Tomás tardó.

—No.

—¿Por qué?

—Porque dejó a su perro encerrado en casa.

Mara bajó la mirada.

La respuesta la golpeó por lo pequeña que era.

No documentos.

No cuentas.

No teorías.

Un perro.

—¿Qué pasó con él?

—Lo encontró una vecina al tercer día.

—¿Y Elena nunca volvió?

—No.

Tomás se llevó la fotografía.

Mara protestó.

Él prometió devolverle una copia.

La palabra promesa le produjo rechazo.

Cuando se marchó, Celia cerró la puerta y apoyó la espalda contra ella.

—Esto se está poniendo muy mal.

Mara recogió las fotografías que quedaban sobre la cama.

—Ya estaba mal.

—Sabes a qué me refiero.

—Sí.

Celia la observó ordenar las imágenes.

—¿Vas a seguir buscando?

Mara no respondió.

—Mara.

—¿Qué quieres que haga?

—No lo sé. Dejar que la policía investigue.

Mara levantó la cabeza.

—Acabamos de descubrir que Gael conocía un dato que solo debía conocer la policía.




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