Tomás llegó cuarenta minutos después.
Mara no le había explicado nada por teléfono.
Solo había dicho:
—Ven.
Él preguntó si estaba en peligro.
—No lo sé.
—¿Sigue en casa de Celia?
—Sí.
—No salga.
—Tomás.
—¿Qué?
—Trae la verdad.
Y colgó.
Ahora estaba sentado frente a ella, con la fotografía impresa sobre la mesa.
Celia la había llevado a una copistería abierta desde temprano. Mara no quería entregar el único archivo digital a nadie antes de conservar una copia física.
La imagen tenía mala calidad.
Pero no tanta como para permitir dudas.
Mauro Cifuentes.
Néstor Valcárcel.
Sergio Navas.
Dos hombres que Mara no reconocía.
Y Tomás Leiva.
Más joven.
Más delgado.
Sin canas.
Tomás no tocó la foto.
—¿Quién se la envió?
—Primero dime si eres tú.
Él la miró.
—Sí.
—¿Qué hacías con mi padre?
—No era una relación personal.
—Eso no responde.
—Trabajaba.
Mara soltó una risa breve.
—Qué alivio. Por un momento pensé que ibas a darme una respuesta concreta.
Celia permanecía cerca de la ventana, con los brazos cruzados.
Tomás miró la fotografía otra vez.
—¿Cuándo se la enviaron?
—Después de hablar con Gael.
La reacción fue inmediata.
—¿Habló con él?
—Sí.
—¿Por teléfono?
—Sí.
—¿Desde qué número?
—Oculto.
Tomás estiró una mano.
—Necesito el dispositivo.
Mara lo apartó.
—No.
—Mara.
—Esta vez no empiezas tú con las preguntas.
Leiva retiró la mano.
—Bien.
—¿Conocías a mi padre?
—Sí.
La palabra cayó con un peso que ninguna explicación posterior podría reducir.
Mara apoyó ambas palmas sobre la mesa.
—¿Desde cuándo?
—Lo conocí en 2007.
Ella calculó.
Tenía trece años entonces.
—¿Por qué?
—Colaboró con una investigación.
Mara dejó de moverse.
—¿Qué investigación?
Tomás miró a Celia.
—Esto no debería contárselo así.
—¿Cómo debería contármelo? ¿Dentro de otros quince años?
Él volvió a mirarla.
—Su padre trabajaba como responsable de mantenimiento para una empresa de instalaciones industriales.
—Lo sé.
—La empresa prestaba servicios a varias constructoras y sociedades de gestión.
—Eso no lo sabía.
—No tenía por qué.
—Sigue.
—Detectó irregularidades.
—¿Qué clase de irregularidades?
—Equipos facturados que nunca llegaban. Reparaciones que figuraban dos veces. Material comprado por una empresa y transferido a otra. Contratos inflados.
Celia intervino.
—¿Lavado de dinero?
Tomás asintió lentamente.
—Entre otras cosas.
Mara negó.
—Mi padre era mecánico.
—Precisamente por eso vio cosas que otros no miraban.
—No era policía.
—Nunca dije que lo fuera.
—Entonces ¿qué hizo?
Tomás tomó aire.
—Guardó documentación.
Mara sintió un cambio en la habitación.
—¿Qué documentación?
—Copias de facturas. Partes de mantenimiento. Albaranes. Fotografías. Números de serie. Lo suficiente para demostrar que varias empresas estaban moviendo dinero mediante operaciones falsas.
—¿Aldara?
—Aldara todavía no existía con ese nombre.
—Pero eran los mismos.
—Algunos.
—¿Néstor?
—Sí.
Mara miró la fotografía.
Su padre aparecía serio.
No estaba sonriendo.
Nunca había visto aquella chaqueta.
Nunca había visto el edificio.
Nunca había visto esa versión de él.
—¿Sergio también estaba implicado?
—Era muy joven. Trabajaba para una empresa subcontratada.
—¿Y tú?
—Acababa de entrar en la unidad.
—¿Unidad de qué?
Tomás dudó.
—Delitos económicos.
Mara se reclinó lentamente.
—¿Mi padre era informante?
—No exactamente.
—No uses esa palabra conmigo.
—Era testigo.
—¿Protegido?
Tomás bajó los ojos.
La respuesta estaba ahí antes de que hablara.
—Durante un tiempo.
Mara sintió un golpe sordo en el pecho.
—¿Durante un tiempo?
—La investigación se debilitó. Hubo filtraciones. Parte de las pruebas quedó inutilizada.
—¿Filtraciones de dónde?
—De dentro.
—De la policía.
—Sí.
Celia se quedó inmóvil.
Mara pensó en el mensaje.
No confíes en la policía.
—¿Quién filtró?
—Nunca se demostró.
—¿Sospechabas de alguien?
—Sí.
—Nombre.
—No puedo acusar sin pruebas.
Mara se levantó.
—Entonces puedes irte.
Tomás no se movió.
—Mara.
—Mi padre murió. Néstor murió. Sergio murió. Elena desapareció. Mi marido desapareció. Y tú sigues preocupado por lo que puedes decir correctamente.
—Estoy preocupado por no convertir sospechas en hechos.
—Yo estoy preocupada porque alguien sabe dónde duermo.
Silencio.
Celia miró a Tomás.
—Dale algo.
Él apretó los labios.
Finalmente habló.
—Había un inspector superior. Julián Ocaña.
Mara repitió el nombre.
—¿Sigue vivo?
—Sí.
—¿Sigue siendo policía?
—Se retiró hace cuatro años.
—¿Dónde está?
—No lo sé.
—Mentira.
—No conozco su domicilio actual.
—Pero sabes dónde buscarlo.
Tomás no respondió.
—¿Él filtró lo de mi padre?
—No puedo probarlo.
—¿Lo sospechabas?
—Sí.
—¿Por qué?
—Porque después de cada movimiento interno que solo conocían cuatro o cinco personas, alguien del otro lado reaccionaba antes.
—¿El otro lado?
—La red.
Mara volvió a sentarse.
—Explícame qué red.
Tomás se frotó la frente.
—No era una organización con nombre, estructura formal y gente reunida alrededor de una mesa. Funcionaba a través de empresas legales. Construcción, seguridad, transporte, mantenimiento, consultoría. Movían dinero entre sociedades, obtenían contratos mediante información privilegiada, presionaban a empresarios y funcionarios, compraban silencios cuando podían y fabricaban problemas cuando no podían.