Destacando en la Tormenta.

Capitulo 1. La Sombra en el Escenario.

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El Centro de Alto Rendimiento y Rehabilitación Les Sommets, incrustado como un búnker de cristal y madera fina en los Pirineos, no se sentía como un hospital: era una jaula de oro para gente de millones de euros.

Giselle Romero miraba tras el ventanal de la sala de fisioterapia. Afuera, la espesa niebla coronaba las montañas; adentro, a sus diecisiete años, jamás se había sentido tan fuera de lugar. Su cabello castaño estaba recogido en el moño tenso y pulcro de ballet que se hacía por inercia cada mañana. Vestía un suéter oversize que ocultaba su silueta y, sobre su tobillo izquierdo, pesaba la inmovilidad de una bota ortopédica. Cada vista a su pie le devolvía un nudo asfixiante: la beca en Madrid celebrada en Venezuela con lágrimas de orgullo, el sacrificio de alejarse de su hermanita Mónica... todo pausado por un mal aterrizaje en un Grand jeté. El ligamento cedió y, con él, su mundo.

—¿Ça va, Giselle? ¿Mucho dolor hoy? —le preguntó en un francés pausado su fisioterapeuta.

Giselle negó en silencio, sosteniendo la mentón en alto. No mostraba emociones; no estaba allí para hacer amigos. La distancia era su única armadura para no romper a llorar por la frustración de estar estancada mientras el resto del mundo seguía bailando.

De pronto, la calma del centro saltó por los aires.

El eco de voces apresuradas y el choque imperioso de maletas invadieron el ala médica. Las Puertas dobles se abrieron de par en par para dar paso a un séquito y, en medio de ellos, avanzando con prisa sobre muletas de fibra de carbono, apareció él: Antoine Vilois.

Con solo veinte años, el delantero estrella del Paris Football Club era un fenómeno global de magnetismo desmedido. Pero esa tarde, el fenómeno no brillaba. Venía con el ceño fruncido, la mandíbula tensa y una mirada capaz de incinerar a cualquiera. Su rodilla derecha inmovilizada recordaba que los dioses del fútbol también caían.

— ¡Les dije que no quería prensa! —Gritó Antoine, haciendo retumbar su voz en el techo alto—. ¡Si veo un solo fotógrafo cerca de la pista, empaqueto y me largo a Mónaco! Me importa un demonio el club.

—Antoine, por favor, relájate. El centro está blindado... —intentó calmarlo su agente.

Giselle observó la escena con los brazos cruzados y una expresión de profundo fastidio. La llegada de ese huracán de ego rompía lo único que ella valoraba de aquel lugar: el silencio.

Como si hubiera sentido el impacto directo de esa atención hostil, Antoine se detuvo en seco. Giró la cabeza hacia Giselle y sus miradas colisionaron. Habitual al culto, a la devoción y al destello constante de los flases, lo descolocó la frialdad despectiva de una chica envuelta en un suéter gigante y peinada con un pulcro moño de danza.

Antoine arqueó una ceja y se detuvo a pocos metros.

Qu'est-ce que tu regardes, mademoiselle? Est-ce que tu as perdu quelque chose? —soltó en un tono cortante y arrastrado, dando por sentado que se trataba de otra fanática paralizada.

Giselle ni pestañeó. Lo midió con indiferencia y soltó seca, con un marcado acento latino:

No speak french.

Antoine frunció el ceño, fastidiado. Reacomodó el agarre de las muletas y repitió, esta vez en un inglés impecable cargado de superioridad:

Did you lose something?

Giselle lo recorrió de arriba abajo, deteniéndose un segundo deliberado en su rodilla vendada. Luego sostuvo sus ojos con una calma glacial.

No —respondió sin titubear, con una nitidez filosa—. I was just expecting the noise to come from someone who actually has something important to say here, not from a spoiled soccer player. (Simplemente esperaba que el ruido viniera de alguien que realmente tuviera algo importante que decir aquí, no de un futbolista mimado).

El agente abrió la boca sin emitir sonido. Los asistentes quedaron helados. Antoine se tensó por completo sobre las muletas, golpeado en pleno centro de su orgullo.

Durante un segundo eterno, el silencio en la sala se volvió casi sofocante. El delantero buscó un atisbo de duda o timidez en los ojos oscuros de Giselle, pero solo halló una serenidad inquebrantable. Nadie le hablaba así. Nadie.

Los puños de Antoine apretaron la fibra de carbono. Tuvo la réplica punzante en los labios, pero la bota ortopédica en el tobillo izquierdo de la chica lo frenó en seco. Tragándose la provocación, soltó un chasquido desdeñoso, dio media vuelta sobre sus muletas con sorprendente destreza y caminó hacia el ascensor sin decir una sola palabra.

Su séquito lo siguió a toda prisa, dejando tras de sí un bendito y absoluto remanso de paz.

Al día siguiente, la tregua implícita se rompió. El ala de fisioterapia de Les Sommets se convirtió en un campo de batalla silencioso. Coincidieron a media mañana. Sentado en una camilla mientras le aplicaban ultrasonido en la rodilla, Antoine no le quitó los ojos de encima a Giselle, quien ignoraba su presencia con maestría olímpica mientras hacía sus ejercicios de movilidad para el tobillo. Cada vez que sus miradas se cruzaban en el reflejo de los enormes espejos, la vibra en el lugar se volvía eléctrica. Eran dardos invisibles los que se lanzaban; él con una sonrisa de suficiencia que pretendía recordarle quién era, y ella con una barbilla en alto y una indiferencia tan cortante que desarmaba cualquier intento de intimidación.




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