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Los días siguientes transcurrieron en una rutina monótona pero intensa de fisioterapia, ejercicios de movilidad, masajes profundos para liberar la tensión muscular y dolorosas sesiones de rehabilitación. Sin embargo, algo había cambiado drásticamente en la atmósfera de Les Sommets. La brecha que el orgullo y los prejuicios habían cavado entre ellos empezó a cerrarse de forma casi imperceptible. Descubrieron, entre camillas y máquinas de ultrasonido, que tenían muchas más cosas en común de lo que jamás imaginaron: la presión asfixiante de la élite, el miedo cerval a que sus cuerpos les fallaran y el peso de las expectativas de todo un entorno sobre sus hombros.
Una noche, después de una cena incolora en el comedor, el impulso de refugiarse en la soledad de sus cuartos no llegó. Casi por inercia mutua, terminaron en la sala de televisión del centro, un espacio amplio y desierto a esa hora. Sentados en el gran sofá de cuero, Antoine sacó sus audífonos inalámbricos y le tendió uno a Giselle. Ella lo aceptó con una timidez inusual. Compartieron música en silencio, dejando que las melodías acortaran la distancia física y emocional, uniendo sus mundos sin necesidad de palabras.
Fue en ese ambiente de íntima calma cuando la coraza de Giselle terminó de agrietarse.
—Tengo miedo, Antoine... —susurró ella de repente, con la mirada fija en el ventanal oscuro. Su voz sonaba profundamente quebrada—. Tengo muchísimo miedo de no poder volver a bailar. Me dieron tres meses de reposo absoluto y rehabilitación. Siento que estoy perdiendo un tiempo vital, que el mundo sigue girando afuera mientras yo estoy congelada aquí... y ni siquiera sé cómo va a quedar mi tobillo. Si no recupero la elasticidad, mi carrera habrá terminado antes de empezar.
Confesar aquello en voz alta trajo consigo las inevitables consecuencias del dolor acumulado. Un par de lágrimas gruesas y silenciosas escaparon de sus ojos oscuros, resbalando por sus mejillas.
Antoine, que cargaba con la fama internacional de ser un patán arrogante e inaccesible, se quedó mudo. No sabía cómo lidiar con esa clase de pureza. Pero verla derribada lo movió por dentro de una manera desconocida. Con una torpeza casi dulce, estiró la mano y, con la yema de uno de sus dedos, recogió con delicadeza una de las lágrimas que corría por el rostro de la bailarina.
Giselle se conmovió ante el gesto, conteniendo el aliento. Sus miradas se entrelazaron, suspendidas en una ternura inesperada.
—Te tengo una sorpresa —dijo él de pronto, rompiendo el hechizo con una sonrisa tímida de medio lado—. No sé si te va a gustar... pero estuve averiguando en internet qué era eso de lo que me hablaste, hablé con el chef de la clínica y traté de que saliera lo más parecido posible. Ojalá te haga sonreír un poco.
Antoine se pasó una mano por su cabellera rubia y rizada, un gesto torpe y nervioso que delataba lo mucho que le importaba la reacción de la chica. Con torpeza, dio media vuelta y se alejó en sus muletas. Regresó apenas unos minutos después, escoltado por un enfermero que avanzaba a su lado esbozando una sonrisa amable mientras sostenía con cuidado una bandeja con un plato de loza blanca, consciente de que el delantero no podía cargarlo por sí mismo. Cuando el enfermero colocó la bandeja sobre la mesa frente a ella, Giselle abrió los ojos de par en par, pasando de la incredulidad absoluta a una enorme y radiante sonrisa que iluminó por completo la estancia.
— ¡¿Una arepa?! —Exclamó, soltando una risa limpia—. Pero... ¿cómo? ¿Qué hiciste, Antoine? ¿De dónde sacaste esto?
Al verla sonreír de esa manera, Antoine experimentó una sensación que jamás había vivido en sus veinte años de lujos, estadios llenos y contratos millonarios: una felicidad genuina y cálida que nacía, puramente, de haber hecho feliz a otra persona.
Giselle, desbordada por la emoción, se impulsó hacia adelante y lo abrazó con fuerza por el cuello. Antoine se tensó un segundo, sorprendido, pero luego la rodeó con sus brazos, hundiendo por un instante el rostro en su cabellera castaña, que desprendía un dulce aroma a frutas.
—La masa quedó un poco extraña, el chef usó otra harina normal porque no conseguimos la tuya... pero tiene queso fundido —comentó él con tono divertido cuando se separaron.
Giselle le dio el primer mordisco. Su rostro se transformó en una estampa de absoluta felicidad. Aunque no era la de su mamá, sabía a hogar, a tierra, a un respiro en medio de la tormenta.
—Lo vas a lograr. Claro que vas a volver a bailar —le dijo él con una firmeza absoluta, mirándola a los ojos—. Eres demasiado terca como para dejar que un tobillo te gane.
Justo en ese instante, como si el universo le recordara de golpe dónde estaban, Antoine pareció percatarse de que había bajado demasiado la guardia. Se aclaró la garganta, enderezó la espalda y recompuso al instante su habitual compostura; un ademán menos arrogante que al principio, pero que devolvía a sus facciones la distancia reservada de un atleta de élite. Lejos de molestarse por el cambio, Giselle entendió el gesto; ya había visto lo que había al otro lado del escudo. Acortó la distancia con cuidado, le rozó la mejilla con un beso afectuoso y le dijo en voz baja:
—Gracias, Antoine. De verdad.
En ese momento, las puertas dobles de la sala se abrieron y entraron dos enfermeros del turno nocturno con pasos firmes.