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Las semanas siguientes en Les Sommets se transformaron en un oasis suspendido en el tiempo. El sentimiento entre ellos, lejos de apagarse, florecía y crecía con una fuerza que ya ninguno de los dos podía —ni quería— frenar. Descubrieron que, bajo el brillo de los reflectores, ambos compartían la misma soledad y el mismo nivel de exigencia absurda.
Para acortar distancias, idearon un pacto tácito: ella se convirtió en su severa profesora de español, riéndose sin piedad de su acento afrancesado cuando intentaba dominar el argot venezolano; él, armado con una paciencia infinita, le enseñaba a deslizar el francés con elegancia. El centro médico perdió su frialdad habitual. Pasaban las tardes entre risas compartidas, maratones de películas en la sala de televisión y charlas interminables: Antoine le explicaba las tácticas de juego analizando partidos del PFC, mientras Giselle, con los ojos encendidos, le descifraba la compleja geometría tras un pas de deux. Sin darse cuenta, se habían convertido en el pilar fundamental del otro.
Hasta que el inevitable cronómetro del deporte de élite llegó a su fin.
La rodilla de Antoine sanó en un tiempo récord. Llegó el día en que los médicos firmaron su alta. El delantero estrella debía regresar a París para reincorporarse a los entrenamientos del club. Científicamente, era una victoria; emocionalmente, se sentía como un abismo. Antoine estaba emocionado por volver a las canchas, pero una nostalgia inédita y pesada le oprimía el pecho. Su mente, terca, se negaba a admitir en voz alta lo que su corazón ya sabía: que le dolía el alma tener que dejarla a ella.
La mañana de la partida, el estacionamiento del centro de rehabilitación se llenó con el rugido de las camionetas negras blindadas del equipo del PFC. Su agente y los asistentes se movían apurados, cargando el equipaje de la estrella.
Giselle, alertada por el revuelo, avanzó por el pasillo acristalado apoyada en sus muletas. Al verla acercarse, Antoine se apartó de su séquito de inmediato, deteniéndose a unos pasos de ella. El contraste seguía ahí. Ella lucía hermosa, con su eterno moño castaño recogido firmemente en lo alto de la cabeza, su pequeña boca de botón apretada en una línea contenida y su silueta envuelta en esa ropa oversize que tanto la caracterizaba; él, impecable con la indumentaria oficial del club, listo para regresar al ojo público.
—Bueno... llegó el momento, danseuse —dijo Antoine, intentando forzar una sonrisa que no llegó a sus ojos.
—Por fin te vas, futbolista consentido. Volverá el silencio —bromeó ella, aunque la voz se le quebró un poco en la última sílaba—. Cuídate mucho esa rodilla, ¿quieres? No hagas tonterías.
—Prometido. Tú también cuídate mucho, Giselle —respondió él, dando un paso hacia adelante para acortar la distancia. Su mirada se volvió profunda, cargada de una seriedad absoluta—. Todo va a estar bien. Vas a volver a ese escenario y lo vas a lograr, estoy seguro. No dejes que nadie te diga lo contrario.
Giselle asintió, tragándose el nudo de la garganta, y le dedicó una sonrisa llena de orgullo con sus labios de botón.
—Y tú... mete muchos goles. No me hagas quedar mal ahora que soy tu fan.
Antoine soltó una risa suave. Miró a su agente, que le hacía señas desde el auto, y luego volvió a fijarse en la bailarina. Sin importarle la presencia de las cámaras, de su equipo o de los enfermeros, Antoine se acercó por completo. Extendió su mano, buscando la de Giselle, y entrelazó sus dedos con firmeza en un pacto silencioso.
Con un movimiento fluido, deslizó la mano en el bolsillo de su chaqueta y sacó un pequeño llavero de metal brillante con la forma de la Torre Eiffel. Pegado al reverso llevaba un pedacito de papel con su número de teléfono privado escrito a mano. Se lo entregó, cerrando suavemente los dedos de la chica sobre el metal cálido.
—Si el chef de aquí vuelve a arruinar la comida... o si simplemente necesitas más arepas, me llamas —le susurró Antoine, mezclando su acento francés con una ternura que la conmovió por completo.
Giselle bajó la mirada al llavero y una lágrima de felicidad contenida asomó en sus ojos. Se impulsó sutilmente y le dio un tierno beso en la mejilla, rozando con sus labios la piel de Antoine.
—Gracias por todo, Antón.
Los enfermeros se acercaron amablemente para indicarle a Giselle que debía volver a su sesión, mientras el agente de Antoine le abría la puerta de la camioneta. El futbolista comenzó a alejarse a paso lento hacia el vehículo, sintiendo que dejaba una parte de sí mismo en las montañas.
Antes de subir, no pudo evitarlo. Se detuvo, giró sobre sus talones y la buscó con la mirada en la distancia. Giselle, que ya caminaba de regreso por el pasillo de cristal, se volteó al sentir su mirada. Lo llamó desde lejos, alzando levemente su muleta a modo de despedida.
— ¡Antón! —le gritó con una última sonrisa radiante. Y entonces, articulando cada palabra con una pronunciación perfecta que ensayó en secreto, añadió—:
Merci beaucoup pour tout, mon footballeur préféré (Muchas gracias por todo, mi futbolista favorito).
Antoine se quedó completamente atónito, congelado con la mano en la manija de la puerta. Escuchar su propio idioma con esa calidez, saliendo de esa pequeña boca de botón, lo desarmó por completo.