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El silencio regresó a Les Sommets, pero esta vez no era el silencio pacífico que Giselle tanto buscaba al principio; ahora se sentía como un vacío insoportable. Con la partida de Antoine, el centro de rehabilitación volvió a tornarse gris y monótono. Los días se convirtieron en un ciclo interminable de masajes, ejercicios de resistencia para el tobillo y caminatas lentas por los pasillos acristalados.
Giselle pasaba las horas muertas en su habitación, enfrascada en sus pensamientos. Sobre la mesa de noche descansaba el pequeño llavero de la Torre Eiffel, mientras ella sostenía entre sus dedos el pedacito de papel con el número de teléfono de Antoine, observándolo fijamente. Sentía un impulso abrumador de escribirle, de enviarle un simple mensaje, pero el temor la frenaba en seco. ¿Y si él ya la había olvidado? Al fin y al cabo, él era una superestrella mundial, de vuelta en su universo de estadios llenos, entrevistas y lujos. ¿Qué espacio podía tener en su vida una tímida bailarina venezolana de diecisiete años a la que conoció en una burbuja en la montaña?
Mientras tanto, en París, el regreso de Antoine a los entrenamientos del PFC fue destructivo. Físicamente estaba al cien por ciento, entrenaba con una intensidad feroz y devoraba el balón en la cancha, pero su mente estaba completamente en otra parte. Sus compañeros notaban que estaba más distraído y menos comunicativo de lo habitual, y la verdad era que ni él mismo entendía qué le sucedía.
Por más que intentaba concentrarse en las tácticas del director técnico, su mente lo traicionaba una y otra vez. Se descubría a sí mismo recordando la calidez de aquel beso en la mejilla, la dulzura de su pequeña boca de botón y la perfecta pronunciación de aquel “merci beaucoup” que lo había dejado atónito en el estacionamiento. También pensaba en la realidad: Giselle tenía diecisiete años, todavía era una menor, y él, a sus veinte, cargaba con un mundo de responsabilidades y exposición mediática que podría abrumarla. Sin embargo, una sonrisa involuntaria aparecía en su rostro al pensar que el tiempo pasaba rápido, y que en algún momento ella sería mayor.
Giselle solo quería volver a escuchar su voz. Una noche, tras un entrenamiento agotador, Antoine descansaba sobre el enorme sofá de su departamento en París. Miraba el techo en silencio cuando el teléfono vibró en su mano. Al iluminarse la pantalla, el corazón le dio un vuelco inexplicable: un número desconocido con código internacional aparecía en la bandeja de entrada. El mensaje era corto, directo y con ese sello tan único de ella:
“Necesito una arepa, ¿cómo hacemos? Mi corazón está muy triste...”
Antoine se incorporó de golpe en el sofá. Una sonrisa enorme —de esas que no había esbozado desde que dejó los Pirineos— le iluminó el rostro, y no tardó ni dos segundos en responder.
A partir de ese mensaje, la distancia entre París y la montaña pareció reducirse a nada. Las conversaciones se volvieron cotidianas; lo que empezó con textos tímidos pronto evolucionó a largas notas de voz y, finalmente, a videollamadas nocturnas que se extendían hasta la madrugada.
A través de la pantalla se divertían como niños. Giselle le mostraba los avances de su tobillo y Antoine celebraba cada logro como un gol decisivo. Él le hacía recorridos virtuales por su departamento, renegaba del tráfico de París en un español salpicado de modismos venezolanos que la hacían reír a carcajadas, y la miraba con infinita ternura mientras ella, envuelta en suéteres oversize, se acomodaba el moño castaño. La complicidad crecía intacta, alimentada por una necesidad mutua que ya no podían ocultar.
Las semanas volaron entre terapias y risas hasta que la junta médica confirmó lo anhelado: Giselle estaba recuperada y con el alta definitiva para regresar a los escenarios. Sin embargo, el triunfo traía un matiz agridulce. La hoja de ruta no admitía demoras: un tren a Madrid para liquidar el curso de verano y cerrar la beca truncada, e inmediatamente después, el vuelo de regreso a Venezuela.
Días antes, a través de una videollamada, Antoine le había dicho con una sonrisa misteriosa que le tenía una sorpresa preparada para el momento en que cruzara las puertas de Les Sommets. El corazón de Giselle dio un vuelco; conociendo su nivel de vida, estuvo segura de que él viajaría en secreto a los Pirineos para despedirse en persona o recibirla en Madrid. La ilusión la mantuvo despierta toda la noche previa.
Sin embargo, en el mundo del fútbol de élite, los planes no pertenecen a los jugadores. Un cambio de último minuto en el calendario de la liga francesa y una convocatoria obligatoria de prensa arruinaron el viaje de Antoine. Todo salió mal.
Cuando Giselle salió al estacionamiento del centro médico con su maleta, llevaba el moño castaño perfectamente peinado en lo alto de la cabeza y una mezcla de nervios e ilusión revoloteándole en el pecho. Inconscientemente, esperando encontrarse con Antoine, había dejado de lado sus abrigos habituales para ponerse un vestido largo y ancho —fiel a su estilo oversize, pero en un profundo tono azul que la hacía lucir distinta—. Sin embargo, al levantar la mirada, no encontró ninguna camioneta negra aguardando por ella.
En su lugar, un mensajero privado se le acercó para entregarle una elegante caja negra. Al abrirla, a Giselle se le vino el mundo encima. Adentro solo había una franela oficial del PFC con el dorsal de Antoine y una nota rápida donde se disculpaba por no haber podido ir a buscarla debido a compromisos con el club.