Destacando en la Tormenta.

Capítulo 5. El vuelo a París.

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Caracas se volvió un torbellino de emociones contenidas y maletas abiertas a mitad de la sala. Los preparativos para el viaje a Francia sumieron a la casa de los Romero en un estado de agitación constante donde la felicidad se mezclaba, inevitablemente, con la melancolía de la despedida.

Su mamá, con esa minuciosidad tan típica de las madres venezolanas, pasaba las tardes doblando cuidadosamente cada prenda. Se aseguraba de empacar no solo los suéteres oversize más abrigados que pudieron conseguir, sino también ropa de invierno bastante gruesa y pesada para hacerle frente al frío europeo. Matilde se aparecía casi todas las tardes para hacerle compañía, entre risas, chistes para calmar los nervios y el reto compartido de lograr acomodar en las maletas los leotardos, las mallas y cada uno de los implementos necesarios para sus ensayos de ballet.

El momento más emotivo de los preparativos llegó la última noche. La familia organizó una cena especial de despedida a la que, por supuesto, no podía faltar Matilde. Alrededor de la mesa llena de sus platillos favoritos, entre brindis improvisados, anécdotas de la infancia y abrazos apretados, la nostalgia se mezcló con el orgullo de ver a Giselle emprender el viaje de su vida.

Su papá la llamó a la sala y, con las manos ligeramente temblorosas por la emoción, le entregó una caja alargada. Al abrirla, Giselle se quedó sin aliento: adentro había un sobretodo negro, de una tela impecable, de un corte clásico y sumamente elegante. Sabía perfectamente el enorme sacrificio económico que significaba para sus padres profesionales comprar una prenda de ese nivel, pero su papá, adivinando sus pensamientos, la detuvo con una sonrisa y un nudo en la garganta.

—Para que mi bailarina camine por las calles de París bien abrigada y como la profesional que ya es —le dijo, abrazándola con fuerza.

Mónica, la pequeña de la casa, no se despegaba de ella. Se sentaba en el borde de la cama a ver cómo empacaban las zapatillas de punta, pidiéndole que le prometiera que haría video llamadas todos los días y que le traería una Torre Eiffel en miniatura.

Para Giselle, la procesión iba por dentro. Una ansiedad punzante —un eco sordo en el estómago— la acompañaba a cada minuto. Tenía dieciocho años recién cumplidos y el peso de una oportunidad monumental sobre sus hombros. ¿Estaba realmente lista? ¿Su tobillo aguantaría la implacable exigencia del templo máximo del ballet mundial?

Ese nudo de dudas se volvió aún más denso la tarde en que fue a despedirse de sus compañeras en la academia local. Al cruzar la puerta, el ambiente la envolvió de golpe: el salón olía a madera vieja, a resina y a sudor; el aroma familiar que había sido su único refugio desde los cinco años. Cuando la música de la última clase se detuvo, sus compañeras la rodearon en un estrecho abrazo colectivo, entre lágrimas y vítores de orgullo.

Giselle, siempre tan reservada, sintió cómo su coraza se desmoronaba por completo. Esas chicas conocían cada cicatriz de su proceso: el dolor punzante de la lesión en España, las semanas de inmovilidad y las amargas horas de frustración.

—Vas a brillar por todas nosotras, Giselle —le susurró al oído Luisa, su mejor amiga del ballet, mientras le abrochaba en la muñeca una pequeña pulsera con un dije de zapatilla como amuleto.

El viaje transcurrió como un lamparón de horas insomnes, transbordos en aeropuertos y el zumbido constante de los motores del avión, mientras la pulsera que le regaló Luisa rozaba suavemente su muñeca en cada movimiento. Cuando la nave finalmente tocó pista en el Aeropuerto de París-Charles de Gaulle, Giselle avanzó por la terminal internacional arrastrando sus maletas, sintiéndose diminuta ante la inmensidad del lugar pero luciendo una elegancia natural.

Llevaba su eterno moño castaño recogido con firmeza y vestía con orgullo el sobretodo sobrio que le había regalado su papá, el cual estilizaba su silueta de bailarina por encima de su ropa de viaje. Por insistencia de Matilde antes de salir de casa, se había aplicado un toque de color en los labios y en las mejillas, y un suave perfume con aroma a frutas la envolvía discretamente. A pesar del cansancio, sus ojos oscuros brillaban tras esa delicada preparación.

Al cruzar las puertas automáticas hacia la zona de desembarque, el bullicio y la marea de personas aguardando con carteles la abrumaron por un segundo. Sus ojos recorrieron frenéticamente la multitud, mientras el pulso se le aceleraba tanto que podía sentir el latido retumbándole en los oídos.

Y entonces, lo vio.

A un lado de la barandilla, intentando pasar desapercibido bajo una gorra oscura y una chaqueta de cuero, estaba Antoine. Fallaba rotundamente en el intento: ese magnetismo fulgurante que lo caracterizaba lo hacía destacar entre la multitud. Al verla aparecer, el delantero estrella se enderezó de golpe; sus ojos se encontraron en la distancia y la rigidez de su postura se disolvió en una sonrisa enorme, brillante y genuina, mientras un par de rizos rubios asomaban rebeldes bajo la visera.

Sin importar los pocos fotógrafos que merodeaban la zona ni los murmullos de la gente que comenzaba a reconocerlo, Antoine acortó la distancia con pasos firmes y decididos. Al verlo avanzar, Giselle soltó el asa de su maleta y, dejando atrás cualquier atisbo de timidez o reserva, corrió alocadamente hacia él.

Se encontraron en un abrazo perfecto. Antoine la rodeó con sus brazos fuertes, levantándola un instante del suelo, mientras ella lo envolvía por el cuello con una fuerza que le nacía desde el fondo del alma. El futbolista hundió el rostro entre su cuello y su cabello, aspirando de inmediato ese dulce y familiar aroma a frutas que tanto había extrañado en París.




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