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La primera noche de Giselle en París se sintió como un sueño envuelto en la neblina dorada de los faroles franceses. Después de dejar las maletas en la residencia para atletas asignada por la beca, Antoine la pasó a buscar. No la llevó a un restaurante lujoso y abarrotado de paparazis; fiel a su promesa silenciosa, la guio hasta un pequeño y acogedor rincón donde, tras hablar previamente con el encargado, consiguieron una cena tranquila, lejos del ruido del mundo.
Al terminar de comer, el auto negro de Antoine se deslizó por las avenidas parisinas. La ciudad de la luz se desplegaba ante ellos en todo su esplendor. Giselle miraba a través de la ventana, con su pequeña boca de botón ligeramente abierta por el asombro y el elegante sobretodo negro que le había regalado su papá bien prendido al cuerpo.
El vehículo se detuvo frente a la imponente fachada del Palacio Garnier: la mítica sede del Teatro de la Ópera de París. Las esculturas doradas brillaban bajo los reflectores y la majestuosidad arquitectónica cortaba la respiración.
Giselle bajó del auto lentamente. Se paró en la acera, contemplando el templo donde a partir del día siguiente tendría que presentarse para arreglar su estancia y comenzar sus clases. Mientras miraba las enormes escalinatas y los arcos de piedra, la magnitud de lo que estaba viviendo la golpeó de frente. Antoine se paró a su lado, en silencio, observándola. En ese instante, vio cómo una lágrima silenciosa y brillante crecía en sus ojos oscuros y resbalaba por su mejilla.
Fue en ese instante cuando el delantero del PFC comprendió de golpe lo que el ballet significaba para ella. No era un simple pasatiempo ni una estricta disciplina; era su vida entera, su forma de respirar. Verla conmoverse hasta las lágrimas frente a semejante templo sagrado le despertó un respeto profundo, superior a cualquier emoción que hubiese sentido al alzar un trofeo sobre el césped.
Dispuesto a romper la solemnidad del momento y devolverle la sonrisa, Antoine la tomó suavemente de la mano, la subió de nuevo al auto y la condujo hacia el Parque de los Príncipes. El imponente estadio del PFC se erigía en la noche parisina, con sus luces proyectando siluetas futuristas que cortaban la penumbra.
—Sé que no es tan elegante como tu ópera —le dijo él con una sonrisa de medio lado, sus profundos ojos azules brillando en la penumbra del auto—, pero este es mi templo. Te prometo que te traeré al próximo juego de liga. Vas a ver lo que es el verdadero ruido.
Giselle sonrió, y al mirarlo, se descubrió a sí misma reflejada en esos ojos azules que parecían un océano profundo. Cada vez que Antoine la miraba, esos ojos se llenaban de una luz intensa y cálida que la hacía sentir protegida, derribando cualquier rastro de su timidez o de su fachada odiosa.
En más de una ocasión, mientras caminaban bordeando el estadio bajo el frío penetrante de París, la distancia entre sus rostros se acortó peligrosamente. Antoine sintió la tentación abrasadora de besarla; moría por rozar esa pequeña boca de botón que lo traía de cabeza. Sin embargo, se frenaba justo a tiempo. Él, el gran y arrogante Antoine Vilois —capaz de encarar sin pestañear a la defensa más feroz en la cancha—, sentía un temor casi infantil de dar un paso en falso. Le aterraba que ella no sintiera lo mismo, que interpretara el gesto de forma equivocada y que una bofetada o un instante de incomodidad rompiera la magia intacta de la noche. Prefería avanzar a paso lento, midiendo cada milímetro, antes que arriesgarse a perderla.
—Mañana temprano tengo que ir al teatro de la ópera para dejar listos los papeles de la inscripción y la estancia —comentó ella, acomodándose el moño castaño en lo alto de la cabeza para disimular los nervios de la cercanía.
—Yo mismo te llevaré —respondió él de inmediato.
De regreso hacia el auto, la burbuja de intimidad se rompió cuando pasaron cerca de una de las zonas exclusivas de los alrededores del estadio. Un grupo de jóvenes con ropa de diseñador y risas ruidosas los divisó. Eran algunos de los amigos del circuito de fútbol de Antoine, acompañados por un par de chicas de la alta sociedad parisina.
— ¡Eh, Antoine! —Gritó uno de ellos en francés, acercándose en tropel—. ¿Dónde te habías metido, hermano? Nos preguntábamos por qué no habías ido a la fiesta del club.
Giselle dio un paso atrás inconscientemente. Se cruzó de brazos, volviendo a ponerse su armadura reservada. El idioma rápido, la actitud avasallante de los chicos y las miradas curiosas que le lanzaban a su sobretodo y a su aspecto sencillo la hicieron sentirse un poco abrumada. No pertenecía a ese mundo de lujos superficiales.
—Solo estaba dando un paseo —respondió Antoine en francés, con un tono notablemente cortante, queriendo proteger el espacio de Giselle.
Sin embargo, uno de los futbolistas del grupo, Adrian, un delantero suplente apodado por ellos mismos de forma burlona como "Blessure" (Lesión), intentó pasarse de listo para llamar la atención de las chicas del grupo. Comenzó a fanfarronear sobre el último entrenamiento, haciendo comentarios tontos y exagerados en un intento de competir con el estatus de Antoine. Los demás chicos del grupo no tardaron en captar la actitud y empezaron a burlarse de Adrian sin piedad, armando un alboroto lleno de chistes internos pesados y risotadas ruidosas que resonaron en toda la calle.
Giselle miró la escena con profundo fastidio. Le tocó el brazo a Antoine y le susurró al oído con su marcado acento venezolano: