Destacando en la Tormenta.

Capítulo 8. Bajo la sombra del rumor.

♦◊♦◊♦◊♦

El aire en los pasillos de la Ópera de París se volvió denso, casi irrespirable. La visita de Antoine no atenuó la tormenta; al contrario, encendió la mecha de un rumor implacable. Lo que llevaba semanas cocinándose a fuego lento cobró una fuerza devastadora al conectar los cabos sueltos entre la beca de la «extranjera» y la presencia del delantero estrella del PFC: la sospecha de que Antoine era el benefactor anónimo que había pagado su estancia corrió como pólvora. En cuestión de horas, el talento de Giselle quedó eclipsado bajo la sombra del talonario de un futbolista adinerado.

Giselle se enteró de las murmuraciones esa misma tarde. Con el orgullo lacerado y la mente sumida en el caos —sintiendo que su disciplina inquebrantable y las noches de dolor sepultadas en sus zapatillas no tenían ningún valor ante el escrutinio del mundo—, abandonó el Palacio Garnier al caer la jornada. A su lado caminaba Louis, intentando serenarla con palabras pausadas y ofreciéndole un refugio sereno frente a la crisis que amenazaba con desbordarla.

Sin embargo, no lograron avanzar mucho. A escasos metros, con el motor apagado y la vista fija en la escalinata de salida, los esperaba el auto de Antoine. Al verla emerger junto al estilizado bailarín, la tormenta de celos e incertidumbre que lo había estado carcomiendo durante días terminó por detonar. Antoine bajó del vehículo con zancadas firmes, interceptándolos en medio de la acera.

—Giselle, tenemos que hablar. Ahora —sentenció, obviando por completo la presencia de Louis. Su mirada azul, habitualmente cálida, ardía con un destello peligroso de frustración y despecho.

—Antoine, por favor... no es el momento —replicó ella, manteniendo la boca apretada en un rictus tenso mientras sus ojos oscuros se empañaban con lágrimas de pura impotencia.

Louis, captando de inmediato la intensa carga eléctrica que los envolvía, dio un paso atrás con impecable madurez y elegancia.

—Romero, yo me retiro. Los dejo a solas para que puedan hablar tranquilos —expresó en su español pausado, suavizado por el acento francés.

— ¡No, Louis, quédate! —suplicó Giselle, aferrándose al brazo de su compañero como si fuera su único escudo frente a la mirada abrasadora de Antoine.

Sin embargo, Louis le dedicó una mirada serena y comprensiva. Con suma delicadeza, soltó sus dedos del brazo y se alejó a pasos tranquilos por la avenida, dejándolos a merced de la penumbra y la luz mortecina de los faroles parisinos.

En cuanto Louis se perdió en la penumbra de la avenida, Antoine dio el paso que llevaba meses postergando. El miedo al rechazo, el temor a la bofetada que pudiera romper el hechizo y la fría distancia de las últimas semanas se evaporaron de golpe ante la sola desesperación de sentir que la estaba perdiendo. Avanzó hacia ella y la tomó de los hombros; fue un agarre firme, decidido, pero imbuido de una delicadeza infinita, obligándola a sostenerle la mirada.

—No me pidas que me vaya, Giselle. Te lo suplico, no puedo más con esto —soltó él, con la voz quebrada por la crudeza de lo que sentía—. Te veo exhausta, te veo sufrir entre las paredes de ese templo y veo cómo levantas un muro entre los dos que me está volviendo loco. No me importa el fútbol, no me importan los murmullos ni este París helado... Te amo, Giselle. Te amo desde que caminábamos por esas malditas montañas, y no voy a permitir que te derrumbes a solas.

Antes de que ella pudiera procesar la confesión, Antoine acortó la distancia y la besó. Fue un beso urgente, impregnado de la frustración, el deseo y la ternura contenida durante largos meses. Giselle se tensó por un microsegundo, pero el calor impetuoso de sus labios y la desesperación con la que la sujetaba terminaron por desarmar la última línea de su coraza.

Al separarse apenas unos centímetros, Giselle se desmoronó por completo. Rompió a llorar contra su pecho, escondiendo el rostro en la firmeza de su chaqueta de cuero mientras los hombros le temblaban sin control.

—Perdóname, Anton... por favor, perdóname por lo de esta tarde, por alejarte así —sollozó entrecortadamente, aferrándose a su solapa como si fuera su único punto de agarre—. La estoy pasando muy mal en este lugar... Nadie me quiere aquí, dicen cosas horribles de mí, el cansancio me está matando... Siento que no puedo, Anton, de verdad siento que no puedo con todo.

Antoine la envolvió en un abrazo protector, hundiendo los dedos en su espalda y besándole con infinita dulzura la frente, justo debajo del nacimiento del moño castaño. Por dentro, una furia ciega le quemaba el pecho contra cualquiera que fuera capaz de hacerla llorar así; pero, al mismo tiempo, una paz inmensa lo inundó al sentirla de nuevo entre sus brazos.

—Tranquila, danseuse. Ya estás conmigo —le susurró con la voz suave, rozando su piel con los labios—. Sube al auto, ¿sí? Vámonos de aquí. Te voy a llevar a pasear, lejos de este teatro, lejos de todo el mundo. Necesitas respirar.

El auto se alejó suavemente del Palacio Garnier, perdiéndose en las arterias de la noche parisina. Antoine condujo sin un rumbo fijo, buscando el refugio de las avenidas más serenas a orillas del Sena, hasta detenerse en un rincón apartado desde donde la Torre Eiffel titilaba en el horizonte como un destello suspendido en el tiempo. Dentro del vehículo, la tensión punzante que los había ahogado horas antes se disipó, cediendo el paso a una atmósfera cálida, íntima y profundamente romántica.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.