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La burbuja de cristal terminó por fracturarse a la mañana siguiente. El retorno al Palacio Garnier fue de un rigor gélido. Apenas cruzó el majestuoso umbral, la secretaria general la abordó con una cortesía cortante: la Directora la esperaba en su despacho para examinar las «observaciones mediáticas» que comenzaban a empañar el prestigio de la institución.
Con un nudo opresivo en el estómago, Giselle buscó refugio en el salón de ensayos. Ajustó las cintas de sus zapatillas con desesperación, exigiendo a su cuerpo la ejecución impecable de cada jeté. Mientras las maestras la examinaban con miradas afiladas, el insidioso rumor sobre el supuesto patrocinio flotaba en el ambiente como una toxina. Durante un breve receso, con el pulso tembloroso por la indignación, escribió a Antoine:
«Necesito verte esta noche. Tenemos que hablar.»
Al finalizar la jornada, mientras se desataba las zapatillas en el vestíbulo, Louis se aproximó con genuina inquietud. Incapaz de sostener la presión, Giselle quebró su reserva y dejó fluir la tormenta, confesando la amarga sospecha de que la sombra de Antoine estaba envenenando su carrera.
Louis la escuchó en calma y guardó una pausa antes de intervenir en su pausado español con acento francés:
—Romero, escúchame. Tienes que aprender a separar las cosas. Los murmullos siempre van a existir, pero tu talento es indiscutible; nadie puede comprar la gracia con la que habitas el escenario. El patrocinio es solo una herramienta económica. En este círculo no es un crimen: decenas de bailarines jamás habrían pisado esta academia sin un respaldo financiero. Lo único que cuenta en las tablas es tu disciplina.
Las palabras de Louis, lejos de aliviarla, encendieron una chispa de rabia en su pecho. Giselle se puso en pie de golpe, apretando los labios en una línea de amargura aplastante.
— ¡Es que no entiendes nada, Louis! —Soltó, con la mirada ardiendo en impotencia—. Si Antoine pagó mi lugar y me lo ocultó, me mintió de la forma más vil. Me hizo creer que estaba aquí por mi propio sudor, por las noches sin dormir, por mi audición en Madrid... ¡Me engañó! Me trató como a un capricho lujoso que podía comprar con su dinero de futbolista malcriado.
Sin darle espacio a réplica, se envolvió en el sobretodo con un ademán tajante y abandonó el Palacio Garnier. La furia, la traición y el orgullo herido le quemaban las venas con cada paso, arrastrándola de cabeza hacia un choque inevitable.
El encuentro ocurrió esa misma noche en el departamento de Antoine. Giselle cruzó el umbral vistiendo el suéter oversize que él le había regalado, luciendo en el pecho el bordado Vilois & Romero. Al abrir la puerta, él llevaba la contraparte exacta de ese diseño especial: la prenda donde las letras invertían el orden para proyectar Romero & Vilois.
Antoine se disponía a recibirla con la calidez y la pasión de la velada anterior, pero la rigidez de Giselle y su mirada gélida lo congelaron en el acto.
Ella avanzó hasta el centro de la sala, marcando una distancia insalvable.
—Dime la verdad, Antoine —soltó a bocajarro, con una voz que, aunque temblaba por la tormenta interna, sonó implacable—. La verdad limpia, sin rodeos. ¿Eres tú el benefactor anónimo que financió mi beca en la Ópera de París? ¿Tú pagaste por mi permanencia aquí?
Antoine se quedó paralizado. La luz de sus ojos azules vaciló ante el golpe. Intentó dar un paso al frente para tomarla suavemente por los hombros, pero ella retrocedió con brusquedad, rechazando el contacto. Acorralado y consciente de que el secreto había muerto, él exhaló un pesado suspiro y dejó caer los hombros en señal de rendición.
—Sí, Giselle. Fui yo —confesó con desgarradora honestidad—. Cuando te vi destruida en aquella cama de hospital en Madrid, tras haber perdido la beca, lo único que deseaba en este mundo era devolverte tu sueño. Hablé con mis abogados, emitimos el cheque a la fundación de la Ópera y...
— ¡¿Por qué me lo ocultaste?! —Lo interrumpió ella en un doloroso estallido, mientras las primeras lágrimas surcaban sus mejillas—. ¡Jugaste a ser Dios con mi vida! Me hiciste convencerme de que este milagro era fruto de mi talento, de mi esfuerzo en España... ¡y resulta que solo soy la caprichosa protegida de un futbolista millonario! Toda la academia se burla a mis espaldas, dicen que compré mi lugar. ¡Me manipulaste, Antoine! ¡Me engañaste!
Antoine la miró desconcertado, desesperado por el rumbo de la escena, e intentó hacerla razonar con vehemencia.
— ¡Escúchame, Giselle! ¡Yo no compré tu talento! —Suplicó, cortando la distancia entre ambos con la voz ahogada por la frustración—. ¡Tu talento es tuyo! La Ópera vio tus videos y te abrió las puertas por lo que vales en el escenario. Las horas de ensayo, las lágrimas, la disciplina... ¡todo lo conquistaste tú! Solo cubrí la matrícula y tu estancia porque tu familia no podía costear París. ¡Te lo ganaste tú sola!
A pesar de la verdad implacable de sus palabras y del ruego en su pecho, Antoine no logró atravesar su coraza. El orgullo fracturado, el engaño y la humillación levantaban un muro infranqueable.
Giselle, con la mirada ardiendo en rabia y el corazón hecho pedazos, se llevó las manos al pecho. De un tirón impulsivo se despojó del suéter, quedando expuesta en una ligera franela ante el frío de la sala. Apretó la tela bordada con desprecio, dio un paso al frente y se la arrojó directamente al rostro.