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La mañana siguiente en el Palacio Garnier no trajo luz, sino una neblina densa y fría que se filtraba por los ventanales de la dirección. Giselle avanzó por el pasillo principal escuchando únicamente el eco seco de sus pasos sobre el mármol. Se ceñía con fuerza el sobretodo negro de su padre, apretándolo contra su cuerpo como si fuera la última armadura que le quedaba en Francia. Llevaba las sombras del insomnio y del llanto marcadas bajo los ojos, pero la barbilla se mantenía firme y su pequeña boca de botón permanecía sellada en una línea de absoluta dignidad.
Antes de cruzar el imponente umbral del despacho, una mano conocida la tomó con firmeza del brazo, obligándola a detenerse en la penumbra del corredor. Era Louis. El bailarín la miraba con el rostro desencajado por la inquietud; se había enterado a primera hora de que la junta directiva la sometería a un interrogatorio por el escándalo mediático filtrado a la prensa rosa por la venganza de los enemigos de Antoine.
—Romero, espera —susurró Louis en un tono ahogado por la urgencia, sosteniéndole la mirada—. Sé lo que está pasando por tu mente. Conozco perfectamente tu orgullo, pero necesitas pensar con cabeza fría antes de cruzar esa puerta.
Giselle lo contempló en silencio, con los ojos oscuros brillando en una mezcla desgarradora de dolor y terquedad.
—Voy a decir la verdad, Louis —respondió con una firmeza impecable—. Voy a dejarle claro a la Directora que yo no sabía nada de esto. Le diré que no acepto ni aceptaré jamás ese patrocinio, y que exijo cancelarlo de inmediato. No voy a permitir que nadie en este país asuma que mi puesto aquí se compró.
Louis la sujetó por los hombros, angustiado ante la noble pero peligrosa impulsividad de su amiga.
—Giselle, te lo suplico: mide cada palabra —le imploró en su español pausado, transmitiendo una gravedad que le heló la sangre—. Una cosa es la dignidad y otra muy distinta cómo funciona la maquinaria de este teatro. Si rechazas ese fondo de forma categórica y sin una red de contención, te van a devorar. Sé astuta, te lo ruego. No te destruyas a ti misma para demostrar un punto.
Giselle le dedicó una pequeña mirada colmada de gratitud, pero la determinación en su rostro no cedió ni un milímetro. Soltándose del agarre con una delicadeza tajante, giró el pomo de bronce de la majestuosa puerta y se adentró en el despacho.
La atmósfera dentro del despacho se volvió sofocante de inmediato. Tras el imponente escritorio de caoba se erguía la Directora de la Academia, una mujer de mirada gélida, silueta inflexible y un aura de soberana autoridad capaz de intimidar al más experimentado de los artistas. Sobre la pulida superficie de madera descansaba un dossier que exponía recortes de la prensa rosa parisina y capturas impresas de los foros de ballet. Las calumnias filtradas con cizaña por Adrián y PIerre habían logrado su cometido.
—Tome asiento, señorita Romero —ordenó la Directora en un francés impecable, distante y helado, señalando con un ademán la silla de terciopelo.
Giselle ocupó el lugar manteniendo la espina dorsal erguida, despegada del respaldo, en una postura de gracia y disciplina intactas.
—Iré directamente al grano —continuó la Directora, entrelazando sus dedos enjoyados con parsimonia—. La Ópera de París es un templo sagrado. Nos sostenemos sobre el prestigio, la tradición y una pulcritud intachable. En las últimas veinticuatro horas, el nombre de nuestra institución se ha visto arrastrado a un sórdido circo mediático debido a su... estrecha vinculación con el señor Antoine Vilois.
Un pinchazo agudo le atravesó el pecho a Giselle. Recordando la advertencia de Louis, inhaló despacio, reteniendo el aire para sostener el pulso.
—Señora Directora, le aseguro que yo ignoraba por completo los arreglos financieros... —intentó explicar, sintiendo un leve quiebre en la voz.
Sin embargo, la mujer alzó una mano enconada, cortando el aire y silenciándola al instante.
—Lo que usted supiera o no resulta irrelevante para los comités de ética a estas alturas. Lo único tangible es el expediente financiero. El señor Vilois, mediante su bufete de abogados, figura como el benefactor anónimo que costeó la totalidad de su matrícula de élite, su seguro médico internacional y su fondo de manutención residencial. Una suma astronómica que su familia en Venezuela, según los registros de su solicitud original, era incapaz de asumir.
La Directora suspiró con pesadez, adoptando un tono pragmático que no lograba suavizar la frialdad de sus palabras.
—Quiero ser categórica en algo, señorita Romero. Las maestras me han presentado sus informes de evaluación. Su técnica es depurada, su disciplina resulta intachable y, objetivamente, usted demostró sobre el escenario poseer el nivel técnico para superar el periodo de prueba por mérito propio. El señor Vilois no compró su talento, porque el talento jamás ha estado a la venta en esta casa. Sin embargo, la realidad económica es implacable: la Ópera no dispone de partidas de beneficencia interna para subsidiar becas internacionales durante este trimestre. Todo nuestro programa se sostiene mediante patronazgos privados asignados de forma nominal.
La mujer deslizó una planilla oficial sobre la pulida superficie de caoba, dejándola a escasos centímetros de las manos de Giselle.