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Giselle se quedó paralizada, con la pluma suspendida a milímetros de la hoja. El eco de la advertencia de Louis resonaba en su mente como un tañido grave y solemne: «Una cosa es la dignidad y otra muy distinta la realidad de este teatro». Firmar en ese preciso instante equivalía a sellar su boleto de regreso a Venezuela, aceptando una derrota silenciosa antes de agotar el último recurso. Observó con fijeza la hoja de revocación antes de alzar la mirada, sosteniéndole los ojos a la autoridad de la academia.
—Solicito el plazo de setenta y dos horas, señora Directora —expresó Giselle, impregnando sus palabras de una determinación que tomó por sorpresa a la propia ejecutiva—. No tomaré una decisión tan definitiva bajo presión. Firmaré la renuncia cuando se cumpla el término, si no logro formalizar una alternativa legítima.
La Directora inclinó levemente la cabeza con fría distancia, deslizando el documento de vuelta a su carpeta.
—Dispone hasta el viernes a primera hora, señorita Romero. Le sugiero administrar sus horas con inteligencia.
Giselle abandonó el despacho sintiendo que las piernas amenazaban con traicionarla a cada paso. Recorrió apresuradamente los pasillos hasta dar con Louis, quien aguardaba en la penumbra cerca del salón de descanso. Al percatarse de su palidez, el bailarín se adelantó al instante.
— ¿Y bien? ¿Qué ocurrió ahí dentro? —inquirió Louis en un susurro urgente.
—Gané setenta y dos horas —confesó Giselle, ahogando un sollozo sofocado por la angustia—. Si firmaba en ese momento, el viernes estaría en la calle. No sé qué camino tomar, Louis. Jamás podré reunir esa cifra, mi familia en Venezuela no tiene cómo cubrirla y me rehúso categóricamente a depender de un solo centavo de Antoine tras la manera en que vulneró mi confianza. Necesito un milagro antes de que expire el plazo.
Louis exhaló un largo suspiro, pasándose los dedos por el cabello castaño con evidente frustración, antes de sostenerle la mirada con gravedad.
—Tienes que confrontar a Antoine, Romero. Entiendo perfectamente tu herida, pero...
— ¡Ni lo sueñes! —Asestó Giselle en un corte seco, con los ojos oscuros chispeando indignación—. Eso sería una humillación imperdonable. No pienso arrastrarme ante el hombre que destruyó mi orgullo y me redujo a un mero proyecto de caridad.
—Romero, escúchame un segundo —suplicó Louis, rodeando con delicadeza las manos temblorosas de su amiga para contener su agitación—. Reconozco que estás furiosa, y con razón. Pero ese hombre te ama con locura. Si dejan a un lado el orgullo y lo hablan con cabeza fría, él sabrá articular una salida legal, reestructurar la figura del fondo o respaldarte para conseguir un aval impecable que neutralice el escándalo. La influencia de un deportista de su nivel abre puertas con las que los bailarines apenas podemos soñar.
Giselle negó enérgicamente, apretando su pequeña boca de botón en una línea inconmovible. Las raíces y la dignidad venezolana le impedían ceder un solo milímetro ante la rendición.
—No, Louis. Debe existir otra alternativa en este teatro —sentenció, buscando desesperadamente una grieta de esperanza—. Dime, ¿cómo obtuviste tú tu propio patronazgo?
—El mío responde a un proceso distinto. Cada año, los grandes mecenas del arte parisino y el patronato de la Ópera organizan una gala benéfica privada —explicó Louis—. Es un encuentro exclusivo ideado para captar inversionistas dispuestos a respaldar el talento emergente. Yo conseguí la mía en esa misma velada hace un año, durante una exhibición donde los benefactores examinan los perfiles y deciden a quién financiar formalmente.
El rostro de Giselle se iluminó por primera vez en días. Una chispa de esperanza pura e inesperada resplandeció en la penumbra de sus ojos oscuros.
— ¿Y cuándo se celebra esa gala? ¿Tengo opción de asistir? ¿Puedo presentarme para que un filántropo neutral evalúe mi trabajo y me patrocine de forma transparente?
Louis la contempló con una dolorosa mezcla de amargura y piedad, sofocando de golpe la repentina ilusión de su amiga.
—Giselle... la gala es este mismo fin de semana, efectivamente —admitió en un murmullo apesadumbrado—. Y en teoría podrías participar si la Directora firma tu autorización para exponer tu portafolio. Pero lo cruento de esta historia, Romero... la ironía más perversa de nuestro escenario, es que el principal inversionista, la firma patrocinadora y los invitados de honor que financian más de la mitad de esa velada... son la propia familia Vilois y el mismísimo Antoine.
—No se trata de un simple capricho de él, Giselle —continuó Louis, bajando la voz para recalcar el peso de cada palabra—. Antoine está en el corazón de esto porque su familia, encabezada por su madre, se encuentra profundamente ligada a la élite de las artes y a los coleccionistas más influyentes de Europa. El apellido Vilois posee un peso descomunal en la alta sociedad cultural; su madre ha sido mecenas del ballet clásico durante décadas, y la fundación familiar es la que inyecta la mayor parte del capital para que esta velada exista. Por eso, el respaldo de Antoine jamás fue solo el cheque de un deportista adinerado: es el legado de un linaje cultural. Vayas por donde vayas en esta ciudad, la sombra de los Vilois ya habrá llegado antes.
Giselle se quedó helada, sintiendo cómo la ironía del destino se ensañaba con ella. El laberinto de París se estrechaba de golpe a su alrededor, y cada una de las salidas conducía, de forma implacable, al mismo hombre y a la misma poderosa dinastía de la que pretendía huir para salvar la dignidad de su nombre.