Destacando en la Tormenta.

Capítulo 15. La jugada maestra

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El silencio de Giselle se convirtió en una tortura sofocante para Antoine, un abismo del que no hallaba salida. A lo largo de esos tres días de tregua institucional, el delantero del PFC vagó por un limbo de absoluta desesperación. Le enviaba mensajes al amanecer, notos de voz impregnadas de angustia y llamados que morían sin remedio en el buzón. Antoine ignoraba los rigores del ballet y la frialdad de los comités de ética, pero comprendía algo más urgente: la mujer que amaba se hundía en el invierno parisino, atenazada por un orgullo indomable que le impedía tender la mano para aceptar su auxilio. Dando zancadas ciegas por su lujoso departamento, se descubrió desarmado e impotente por primera vez en la vida.

Mientras tanto, Giselle afinaba los detalles para la que vislumbraba como la última función de su existencia en Europa. Había resuelto asistir a la gala de mecenas a cualquier precio, dispuesta a devorarse el miedo, el dolor de pies y el peso de la humillación con tal de deslumbrar a un filántropo neutral. Se negaba a abordar un avión de vuelta a Venezuela con la frente inclinada.

Sin embargo, el secreto no tardó en desmoronarse. Louis, aprisionado entre la lealtad hacia su amiga y la urgencia por salvar su carrera, optó por actuar a sus espaldas. El bailarín contactó a Antoine para soltarle la estocada final: Giselle iría a la gala de la Fundación Vilois con un único propósito en mente: revocar el contrato actual y conseguir un padrino de reemplazo antes de que expire el plazo.

Descubrir que ella estaba dispuesta a someterse al escrutinio implacable de otros mecenas con tal de erradicar su nombre despertó en Antoine un ímpetu feroz. No pensaba abandonarla a su suerte. Contactó de inmediato a su madre para confirmar su lugar en la mesa de honor y resolvió irrupción en la velada; no con el afán de acorralarla, sino para contemplar su danza, encarar la verdad y hallar un atajo definitivo en mitad de aquel laberinto.

El salón principal de la gala resplandecía con una fastuosidad arquitectónica deslumbrante. La crema y nata del mecenazgo europeo departía entre murmullos discretos y copas de champaña mientras los bailarines emergentes daban inicio a sus demostraciones sobre el escenario privado.

Tras bambalinas, Giselle aguardaba su turno. El tutú clásico que vestía acentuaba el vivo contraste con la penumbra de sus ojos oscuros y la firmeza de su pequeña boca de botón, apretada en una línea de absoluta tensión. De pronto, el rumor de la multitud mutó en un susurro distinto. Al deslizar la mirada entre las rendijas del telón, el corazón le dio un vuelco violento: Antoine acababa de cruzar el umbral. Lucía un esmoquin de etiqueta hecho a la medida que realzaba su porte imponente, pero su mirada azul ignoraba las piezas de arte y a los magnates de la sala; rastreaba el espacio con desesperación, buscándola únicamente a ella.

Aprovechando los instantes previos al llamado del escenario, Antoine avanzó con paso firme hacia la penumbra de los camerinos, sorteando la seguridad con la sola autoridad de su apellido. Cuando Giselle lo vio emerger entre las sombras del pasillo de ensayos, el instinto la impulsó a retroceder, pero las fuerzas sencillamente se le habían agotado.

Antoine acortó la distancia y, sin importar el rigor del vestuario ni la delicadeza del escenario, la acorraló suavemente contra la pared, fijando en ella una mirada de una intensidad desgarradora que le cortó la respiración.

Al tenerlo frente a frente, la frágil coraza que Giselle había construido se desmoronó por completo. Rompió a llorar con amargura, cubriéndose el rostro con las manos mientras los hombros le temblaban bajo el peso de la humillación acumulada.

—Me siento burlada, Antoine... —sollozó en un hilo de voz ahogado por el desconsuelo—. Sentí que cada hora de sacrificio en el salón de ensayo no valía nada, que mi lugar aquí era solo el resultado de una firma en un papel. Me dolió en el alma que te aprovecharas de mi situación...

Antoine le sujetó las muñecas con infinita delicadeza, obligándola a descubrirse el rostro para buscar su mirada. En sus ojos azules se reflejaba un tormento auténtico.

—Mírame, por favor, mírame —le suplicó en un susurro desesperado—. Te amo, Giselle. Te amo con locura y juro por mi vida que jamás busqué humillarte ni restar un solo ápice de mérito a tu talento. Solo quería resguardarte del frío de esta ciudad, del desamparo y de la distancia... Quería poner el mundo a tus pies porque para mí eres, sin lugar a dudas, la bailarina más sublime que ha pisado este escenario.

Giselle lo miró directo a los ojos. En el océano azul de su mirada no halló la soberbia del futbolista mimado ni la condescendencia del magnate; únicamente descubrió una devoción desarmada, un temor genuino a perderla y un amor desmedido que lo había arrastrado a cometer una locura por ella. En ese instante, la coraza de su orgullo cedió ante la certeza más apabullante de su pecho: ella lo amaba con la misma intensidad desgarradora.

Cortando el último milímetro de distancia, se entregaron a un beso desesperado, sediento y colmado de una pasión contenida que acalló de golpe el murmullo de la gala. Se estrecharon con vehemencia, aferrándose el uno al otro como si el suelo se desmoronara bajo sus pies. Al distanciarse apenas un aliento, Giselle le acarició la línea de la mandíbula con dedos temblorosos.

—Te amo, Antoine... te amo tanto que por eso se me desgarró el alma al sentir que me ocultabas la verdad —confesó en un susurro quebrado—. Si tan solo hubieras confiado en mi fortaleza... me hubieras hablado...




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