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El telón se descorrió con lentitud solemne, revelando la majestuosidad del escenario ante los mecenas más influyentes de Europa. Mientras las primeras notas flotaban en la penumbra y Giselle avanzaba hacia los focos, en las oficinas de la directiva los apoderados de Antoine firmaban la rescisión inmediata, absoluta y definitiva de su patronazgo. Ya no había marcha atrás.
Giselle bailó como nunca. Despojada de la culpa y con el alma encendida por la presencia de Antoine, flotó sobre las tablas. Cada grand jeté proyectaba una fuerza desbordante y una delicadeza que sumió al público en un silencio reverencial. Ya no era la protegida de nadie: era una fuerza de la naturaleza reclamando su lugar por mérito propio.
Al concluir su ejecución, entre el atronador e unánime aplauso de la sala, descendió del escenario. Se despojó del vestuario de escena para enfundarse en un vestido sobrio pero impecable. Al reintegrarse al gran salón, el murmullo de la orquesta de cámara y el chocar de las copas la envolvieron, pero sus ojos oscuros rastreaban un único objetivo.
Antoine no tardó en darle alcance. Con una sonrisa serena y su porte inconfundible, cortó la distancia y le tomó la mano, desestimando las miradas inquisitivas del entorno.
—Estuviste sublime, danseuse —le susurró al oído, arrancándole un gesto de alivio.
En mitad de la opulencia de la velada, la guió hacia el centro del salón. Rodeados por la aristocracia parisina, la ciñó por la cintura para marcar el compás de un vals pausado. Las observaciones agudas de Antoine sobre la solemnidad de los presentes lograron disipar la rigidez de la joven. Sin embargo, la sombra de la duda no tardó en reaparecer. Giselle lo miró a los ojos y atenuó el paso.
—Antoine... —murmuró, buscando su mirada—. ¿Qué ocurrió realmente? El tiempo sigue consumiéndose.
—Todo está resuelto, mi vida —repuso él con absoluta templanza, acariciándole la mejilla—. Podemos caminar juntos sin escondernos. He firmado la revocación; mi patrocinio ha sido retirado de manera formal.
Giselle sintió una compresión en el pecho, apretando su pequeña boca de botón en una línea de aprensión.
—Pero, Anto... ¿cuál es el plan entonces? —Indagó en un murmullo—. Las setenta y dos horas expiran mañana. Sin un aval verificado, seré dada de baja de la Ópera.
—Te pedí que confiaras en mí —insistió él, envolviéndola en una mirada cálida—. Mi palabra se mantuvo intacta: ni mi patrimonio, ni mi familia, ni la fundación de mi madre intervendrán directamente. Sin embargo, tu estancia está garantizada.
Antoine se aproximó un poco más, suavizando el tono para revelarle lo sucedido en la penumbra de las negociaciones:
—Al principio ignoraba cómo reestructurar esto sin faltar a mi promesa. La iniciativa de buscar una figura independiente no surgió de mí... sino de mi madre. Ella conoce las entrañas de este gremio mejor que nadie. Pero fuiste tú, Giselle, quien lo hizo posible. La convenciste con tu técnica, con tu temple y con la verdad de tu trabajo sobre el escenario. Mi madre solo sirvió de puente porque reconoció tu valor y sabía con precisión a quién debíamos recurrir.
Antes de que Giselle pudiera asimilar el alcance del gesto, el eco de unos pasos firmes interrumpió el intercambio. Una mujer de elegancia aristocrática, ataviada en un diseño de alta costura impecable y con una presencia que denotaba décadas de señorío en el arte, se detuvo a su lado.
—Buenas noches. Lamento la interrupción —expresó la dama, fijando una mirada analítica pero afable en la venezolana—. Señorita Romero, he presenciado su ejecución. Su técnica es depurada, pero lo que verdaderamente distingue su trabajo es la emotividad que imprime a cada movimiento. Deseo conversar con usted.
Giselle, sorprendida, buscó la mirada de Antoine. El deportista le ofreció un leve gesto de complicidad, presionándole la mano con firmeza.
—Adelante, Giselle. Es una oportunidad crucial —le murmuró con un guiño discreto.
La mujer esbozó una sonrisa sutil y extendió la mano hacia la bailarina.
—Permítame presentarme. Soy Brittany Wells, bailarina retirada y patrona de las artes. He dado seguimiento a sus evaluaciones en la academia y, tras verla esta noche, no me queda duda alguna. Es mi deseo asumir el patrocinio formal de su carrera y su estancia en la Ópera de París, de manera enteramente autónoma.
Giselle sintió un vuelco en el corazón ante la dimensión de la noticia. El horizonte finalmente se despejaba. Mientras Brittany Wells se retiraba con paso elegante, la joven se volvió hacia Antoine con los ojos brillantes de asombro y gratitud.
Él sonrió de medio lado y le susurró:
—Te pedí que confiaras, danseuse. Ella es una institución; nadie en esa junta directiva cuestionará su criterio ni tu nivel.
—Nos reuniremos en el despacho de la dirección a las nueve en punto de la mañana —precisó Brittany Wells antes de perderse entre la multitud del salón—, justo a tiempo para formalizar su nuevo contrato antes de que venza el plazo. Descanse, Romero. Nos vemos mañana.
Giselle la contempló alejarse mientras una paz desconocida la inundaba. Comprendió al fin la verdad: Antoine y su madre no habían apelado al peso de una chequera, sino al respeto sagrado por su arte. Movieron el mundo para que la élite de París no la aceptara por compasión, sino rindiéndose ante el valor de su talento. El laberinto finalmente se abría y, por primera vez, el futuro le pertenecía.
Al día siguiente, la Directora contempló los documentos con el aliento contenido. No había margen para la objeción: Brittany Wells no solo era la mecenas más influyente de la danza contemporánea, sino un imperio en sí misma. Rechazar su firma habría significado un suicidio institucional para la Ópera de París.