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El regreso al salón de ensayos esa misma tarde tuvo un sabor enteramente distinto; un aura de justicia serena que impregnaba cada rincón del Palacio Garnier. Giselle empujó las majestuosas puertas de madera y el rumor habitual de los calentamientos se extinguió en un instante. Martina y Muriel aguardaban ya junto a la barra. Al percibir la figura de la venezolana, sus facciones se endurecieron; la petulancia con la que habían alimentado los rumores de pasillo durante las últimas setenta y dos horas se había disipado de golpe, sustituida por una amarga mezcla de celos y un forzado respeto. Ahora, Giselle Romero ya no era la «protegida de un futbolista»; se había erigido en la alumna oficial y en el proyecto dilecto de Brittany Wells. Una leyenda viva de la danza velaba por su nombre.
Giselle no les concedió un solo gesto de superioridad ni una mirada que delatase el triunfo. Avanzó con paso firme hacia su rincón habitual, posó el bolso y comenzó su ritual. Mientras cruzaba las cintas de las zapatillas de punta sobre los tobillos con una devoción casi sagrada, Louis ocupó el espacio en la barra justo a su lado, luciendo una sonrisa de complicidad contenida.
—Míralas —le susurró Louis en un soplo de voz, disfrutando el desencaje de Martina y Muriel, quienes simulaban ajustar sus mallas con torpeza—. Parecen haber contemplado una aparición. Te lo dije, Romero. Este lugar te lo ganaste tú sola sobre las tablas.
Giselle esbozó una leve sonrisa, sintiendo cómo una paz infinita le despejaba el pecho, finalmente libre del estigma de la sospecha.
—Solo deseo bailar, Louis —murmuró con serenidad—. Eso es lo único que verdaderamente cuenta ahora.
Cuando la coreógrafa cruzó el umbral y dictó la primera indicación, Giselle tomó posición. Al posar los dedos sobre la madera y marcar el primer plié, experimentó una ingravidez inédita desde su llegada a París. Ya no bailaba atenazada por el miedo, ni bajo la sombra de una deuda moral, ni con la angustia de justificar su permanencia. Cada movimiento brotaba con la templanza de sus raíces y la libertad absoluta de conservar el orgullo intacto. En el centro del salón, ejecutando cada secuencia con una pulcritud magistral, Giselle comprendió que la guerra en los vestuarios había llegado a su fin. Martina y Muriel tendrían que devorarse su propia ponzoña; en la Ópera de París las palabras terminaban por disiparse, pero la maestría sobre el maderamen permanecía indiscutible.
Mientras Giselle reclamaba su trono en el templo de las artes ante la mirada atónita de sus detractoras, al otro lado de la capital, en la ciudad deportiva del PFC, la tormenta mudaba de rumbo con una furia devastadora.
Antoine acababa de descubrir, mediante el informe reservado de su equipo de comunicación, la verdadera matriz del escándalo. No se había tratado de simples filtraciones de la prensa del corazón. Adrián y Seco, arrastrados por una envidia miserable de vestuario, se habían confabulado con la modelo a quien Antoine había desestimado semanas atrás, urdiendo un complot mediático destinado a lacerar la reputación de Giselle y golpear al delantero justo en su fibra más vulnerable. Con la sangre ardiéndole en las venas y la mandíbula encajada por la rabia, Antoine irrumpió en el césped con una determinación implacable.
Antes de iniciar la sesión de entrenamiento, Antoine avanzó con paso firme hasta encarar a Adrián en el centro del campo, desestimando por completo el lente de los fotógrafos que atisbaban a la distancia.
— ¿Te crees muy astuto cobrándote tus miserias con una mujer para dañarme a mí? —soltó a bocajarro, acortando la distancia hasta quedar a un aliento de su rostro.
Adrián esbozó una sonrisa cínica y le propinó un empujón soberbio en el pecho.
—Solo le entregamos a los medios lo que exigían, Vilois. ¿Acaso te lastima que al fin desnudaran tu jueguito de beneficencia con la bailarina?
Al divisar la inminente explosión, varios compañeros acudieron de inmediato a poner tierra de por medio, sujetando a Antoine por los hombros con fuerza. El estratega intervino a gritos para imponer orden y dar inicio al entrenamiento. Antoine tragó saliva, forzando sus pulmones a recibir el aire gélido de la mañana; sin embargo, el rencor contenido permanecía latente en su pecho como una carga a punto de estallar.
El detonante definitivo sobrevino en mitad del ensayo táctico. Tras un pase defectuoso, Antoine protegió el balón cerca de la línea lateral. Adrián divisó la oportunidad y se lanzó con saña, propinándole una embestida desmedida por la espalda que lo proyectó violentamente contra el césped.
El tormento acumulado durante esos tres días de zozobra, la amargura de haber contemplado las lágrimas de Giselle y la ruindad de su compañero se condensaron en un instante ciego. Antoine se reincorporó como un resorte, se desentendió del balón y se abalanzó sobre Adrián. Dominado por un furor iracundo, lo prendió de la camiseta y le asentó un golpe certero que lo derribó sobre el pasto, desatando una trifulca monumental en el corazón de la cancha. Seco intentó intervenir para agredirlo, pero la plantilla se interpuso de inmediato para contenerlo.
La trifulca cesó únicamente cuando los miembros del cuerpo técnico lograron disolver la contienda. Ante la gravedad de los acontecimientos sobre el terreno de juego, la directiva de la entidad actuó de forma fulminante. En primera instancia, el rigor de las sanciones recaía de manera implacable sobre Antoine al haber propinado la agresión física; sin embargo, el vestuario reaccionó al unísono. Tras las severas protestas y la firme postura adoptada por la plantilla —cansada de las maquinaciones de Adrián y dispuesta a atestiguar la deliberada saña de su entrada por la espalda—, la cúpula directiva se vio obligada a impartir una justicia equitativa: Adrián fue igualmente suspendido para el próximo compromiso oficial por conducta reiterada de provocación y conducta antideportiva.