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El campo de entrenamiento del PFC amaneció cubierto por una densa capa de neblina y un ambiente tenso que se podía cortar con un cuchillo tras el regreso del fin de semana. A pesar de que la sanción interna lo dejaba fuera del primer partido de la fase de grupos de la Champions League, Antoine estaba en el césped desde las seis de la mañana. La suspensión no lo eximía de sudar la camiseta; al contrario, el cuerpo técnico le exigía el doble para mantenerlo a punto.
Al finalizar la sesión física, el director técnico reunió a toda la plantilla en el centro de la cancha. El silencio era absoluto. Adrián estaba a unos metros de Antoine, con una venda discreta cerca de la ceja y la mirada fija en el suelo. El entrenador caminó frente a ellos con los brazos cruzados y una expresión implacable.
—Todos, escúchenme bien, pero especialmente ustedes dos —soltó el míster, clavando una mirada de acero primero en Antoine y luego en Adrián—. La directiva ya solucionó el asunto en el torneo local, pero la Champions League es harina de otro costal. Para el segundo partido de la fase de grupos, ambos regresan al once inicial. Titulares. Sin peros.
Un murmullo tenso recorrió el vestuario, pero el técnico alzó la mano tajante, cortando de golpe cualquier amago de protesta.
—Y que sea la última vez que tengo que aguantar pataletas de niños mimados. Me importa un bledo qué rencillas tengan fuera de estas instalaciones; cruzando esa puerta, se me comportan como los profesionales de élite por los que este club desembolsa millones. La meta de esta institución no es regalarle portadas a la prensa rosa, la meta es ganar, ganar y ganar. Cualquier tontería que nos desvíe de la copa es una falta de respeto imperdonable a esta camiseta —lanzó, agarrando el escudo de la franela con fuerza para señalárselo a la cara—. A este escudo se le respeta. ¿Quedó claro?
—Sí, míster —respondieron a una sola voz, cruzando un último chispazo gélido antes de darse la espalda.
Antoine apretó los puños hasta dejarse los nudillos blancos, encajando en silencio el golpe de realidad. El fútbol de máxima categoría exigía cabeza fría y sangre de hielo: si quería alzar la Orejona, no le quedaba más remedio que tragar veneno y compartir el césped con su peor enemigo.
Mientras en el vestuario se masticaba la tensión, el Palacio Garnier desplegaba todo su esplendor para acoger a la prensa internacional. El Gran Salón de los Espejos vibraba ante una marea de periodistas culturales, fotógrafos y mecenas venidos de media Europa. En primera fila, contenidas a duras penas por las exigencias del protocolo pero carcomidas por una envidia inocultable, Martina y Muriel presenciaban el despliegue de luces con la barbilla tiesa y el gesto agrio.
Brittany Wells avanzó hacia el podio con esa elegancia imponente, casi glacial, capaz de congelar el aire a su paso. Junto a ella, la Directora de la Ópera ostentaba una sonrisa de compromiso impecable, plenamente consciente de que las riendas de la academia acababan de cambiar de dueño.
—Muy buenos días a todos y sean bienvenidos —arrancó Brittany, logrando que el murmureo de la sala se extinguiera en un instante absoluto—. La razón de esta convocatoria no es otra que presentar el montaje que inaugurará la nueva temporada oficial de la Ópera de París. Tras un exhaustivo debate con la junta directiva, es un honor anunciar la vuelta a los escenarios de una obra tan monumental como despiadada: El lago de los cisnes.
Un murmullo de verdadera expectación sacudió de inmediato el Gran Salón. Se trataba de una de las piezas más implacables y complejas del repertorio clásico. Brittany contuvo la pausa con maestría, aguardando a que la sala recuperara el aliento antes de soltar el verdadero bombazo de la mañana:
—Sin embargo, un clásico de este calibre exige una visión tan fresca como audaz —prosiguió Brittany, dejando caer cada palabra con precisión milimétrica—. Por esa razón, me honra anunciar que la nueva figura principal, sobre quien recaerá el colosal reto de encarnar el doble papel de Odette y Odile —el cisne blanco y el cisne negro—, será la señorita Giselle Romero.
El salón se iluminó con una serie de flashes deslumbrantes. Al lado del escenario, estaba Giselle: erguida, con un traje sastre de corte perfecto que acentuaba su porte impecable. Caminó con paso decidido bajo la mirada sorprendida de todo el cuerpo de baile. Martina se cubrió la boca con la mano, incapaz de ocultar el impacto de la derrota, mientras Muriel se quedó paralizada, helada por el golpe.
Asumir el papel principal de El lago de los cisnes en su temporada de debut no era solo un honor; era una dura prueba y un arma de doble filo. Capturar la conmovedora pureza del cisne blanco y, al mismo tiempo, liberar la maldad y el rigor técnico del cisne negro requería una fortaleza mental y una disciplina física que muy pocas bailarinas en el mundo podían mantener sin quebrarse en el intento.
Giselle se plantó con aplomo junto a Brittany Wells, enfrentando a los flashes y a los tinteros con la barbilla erguida y una determinación inquebrantable. Lo sabía perfectamente: el aire de París se volvería pesado a su alrededor y cada pupila de la ciudad estaría sobre ella, fiscalizando cada movimiento. El desafío más implacable de toda su vida artística no hacía más que comenzar.