Destello Nocturno

Capítulo XX: Cadenas de desconfianza

«El que posee un amigo verdadero puede decir que posee dos almas»

🥀🥀🥀

Hay demasiadas razones para no descansar, así que me empeño en caminar, aunque sea de noche. Aunque mis pies arden y el frío me cala hasta los huesos, no puedo detenerme. La oscuridad es espesa, casi líquida. Solo la luna, clavada en lo alto ilumina mis pasos. Además, puedo percibir cómo esa sombra continúa al acecho, lo siento rozando mis talones, murmurando sin voz, ansioso por arrastrarme a algún rincón de la inconsciencia.

—No—murmuro en voz baja, apenas un susurro para no quebrar el silencio que me protege—. Solo déjame llegar primero.

No responde, por supuesto. Pero, lo siento detenerse por un momento, como si meditara mi ruego. Esa criatura se ha convertido en mi única compañía constante desde que desperté en aquella cueva. No dice nada más que aquel nombre. Adelaide. Y, sigo sin comprender lo que quiere de mí.

Lo siento en mis huesos, en la presión constante sobre mis párpados, en la manera en que el aire se vuelve más denso, como si intentara hacerme pensar en solo una cosa; dormir.

De alguna manera he hecho un trato con esa criatura. Me mostró el camino, me guío a través del bosque entre los caminos que desconocía. A cambio, una sola cosa: mis sueños. Y, ha sido demasiado insistente en que cumpla mi parte. Demasiado impaciente. Cada paso me cuesta más, con el aire pesado me da la sensación de estar caminando bajo el agua. Los sonidos del bosque se escuchan lejanos, no hay viento, no hay nada más.

Solo un instante...

Esa voz vuelve a resonar en mi cabeza, vuelve a insistir en que cierre los ojos por completo.

—No—digo casi en un gruñido, con la voz pesada—. Aún no.

Siento el mundo girar, mientras esa criatura trata de quebrarme, de hacerme caer. Mis piernas flaquean, mis ojos se cierran por sí solos, y aunque me obligo a mantenerlos abiertos, termino tropezandome con una roca. El ardor de las palmas es suficiente como para alejar esa pesadez. No son heridas profundas, pero si derraman un poco de sangre.

—Maldición. ¡Te dije que esperaras! —repito, alzando la voz por primera vez.

El silencio empieza a sentirme más tenso, y por un instante creo que dejará de apiadarse para entrar a mi cabeza forzosamente. Entonces, aparecen dos luciérnagas. Tan pequeñas y brillantes, flotando frente a mis ojos, como si hubieran surgido de la misma oscuridad.

La sombra retrocede, no huye ni se desvanece...solo se detiene. Como si esas diminutas luces hayan sido suficiente como para contener su deseo.

Elevo una mano, la misma que todavía arde por la caída. Uno de los destellos se posa sobre mi dedo anular, y me transmite una inexplicable calidez.

—Gracias—susurro sin comprender bien el motivo de esas peculiares apariciones.

Continúo caminando. Aunque la sombra no interviene, mis pasos son inevitablemente más lentos, pero no me detengo. Y, cuando visualizo la entrada a aquella cueva, siento un nudo en la garganta mientras una chispa de esperanza empieza a consumirme. Corro los últimos metros, ignorando el dolor de mis piernas, el ardor de mis palmas, el cansancio que me cubre como una tercera piel. Cruzo la entrada y es cuando me enfrento a la realidad. Aquella inevitable y cruel realidad que he estado buscando por tanto tiempo.

Hay humo, pero lo que más absorbe el ambiente es el olor a sangre reseca y cenizas. Un calor tenue se extiende por todo el lugar, y todo luce mucho más frío de lo que recordaba. Veo cuerpos, algunos dormidos o inconscientes, otros simplemente...quietos. Todos yacen con grandes heridas, juntos y cubiertos por mantas rotas. Hay un silencio absoluto, y no reconozco a nadie.

Avanzo más, mis ojos recorren cada rincón mientras siento mi pulso estar a punto de enloquecer mi corazón. No hay rastros de Malani, ni de Even. Tampoco de Ander, Marco, Dave...Caleh. Nadie. Por más que intento buscar entre los heridos rostros, entre los que aún respiran y los que no...no están.

—¿Julietta?

Me giro hacia la voz masculina, pero en lugar de encontrar a Even o a Dave, hay un hombre alto, vestido con el uniforme del escuadrón seis. Tiene polvo en el rostro y una mirada que puede estar mezclada entre sorpresa y agotamiento. No lo reconozco, pero supongo que él si a mí.

—¿Cómo hiciste para sobrevivir? —cuestiona, y sigo sin saber que decirle—. Me contaron que el infeliz de Miller te atacó.

No respondo, no sé cómo responder a algo que ni siquiera conozco la respuesta. Me enfoco en continuar buscando entre los heridos, entre los fallecidos. El hombre me sigue, quizás al notar mi desesperación, o sin seguir creyendo que estoy con vida cuando muchos otros no.

—Soy Sean, estaba entre los hombres que Miller decidió llevar a esa "expedición" —su voz es calmada, mientras con los ojos me examinan como si fuera un bicho raro—. Llegamos esa misma noche, pero las bestias ya habían devastado todo y se fueron. Veo que buscas a tu familia, eres la hermana del hombre con piel de jaguar, ¿no?

Volteo a verlo, con la esperanza y el nudo al centro de mi garganta. Asiento.

—¿Even está aquí?

Siento el corazón acelerado, mientras toda mi compostura está colgando de un hilo, esperando una respuesta favorable. Me observa con esos oscuros ojos, cargados de un tono apagado. Traga, como si tuviera la garganta seca, titubeando en otorgarme una respuesta.

—Cuando llegamos...la mayoría estaba en el suelo—traga saliva—. Fue una masacre total. Vi a un hombre...luchando hasta el final. Una piel de jaguar cubría sus hombros, él se interponía entre las bestias y una mujer inconsciente a su lado. No dejó que nadie se acercara—mi estómago se contrae, muerdo mi labio con fuerza—. Cuando intentamos ayudar...aparecieron unas criaturas aladas que se lo llevaron. Realmente lo siento...no pudimos detenerlos.

Algo dentro de mí se rompe. No como una cuerda tensa, sino como una grieta, casi olvidada, que finalmente se abre por completo. Siento una opresión tan intensa, como si me estuviera partiendo en dos. Intento preguntarle más, suplicarle que me lleve con Malani para comprobarlo por mí misma, pero él hace una señal y otro hombre se acerca con algo en los brazos. Ni siquiera tiene que acercarse demasiado para que pueda reconocer esa piel, de un color arena suave, delicado y con marcas de costuras.




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