Destinatario equivocado

Capítulo 5

La residencia Bennett era la representación más fiel del apellido que llevaba sobre su fachada.

Todo en ella transmitía orden, poder y una elegancia casi intimidante. Desde los jardines cubiertos por una fina capa de nieve hasta las enormes ventanas que dejaban escapar la cálida luz del interior, la mansión parecía construida para recordar a cualquiera que cruzara sus puertas que los Bennett nunca habían ocupado un lugar discreto dentro del mundo empresarial.

Daniel creció allí.

Y, aun así, todavía había noches en las que aquella casa le resultaba demasiado grande.

Llegó pocos minutos después de las ocho.

Entregó el abrigo al mayordomo, recorrió el vestíbulo con la misma familiaridad de quien podía hacerlo con los ojos cerrados y se dirigió directamente hacia el comedor, donde el resto de la familia ya lo esperaba.

Ni siquiera había tomado asiento cuando escuchó la voz grave de su padre.

—Llegas doce minutos tarde.

Daniel levantó apenas una comisura de los labios mientras ocupaba su lugar en la mesa.

—Buenas noches para ti también, padre.

Alexander Bennett apartó la vista del reloj de pulsera y lo observó con esa serenidad que, en cualquier otra persona, habría parecido calma. Daniel sabía que no lo era. Su padre tenía la extraña capacidad de convertir incluso el silencio en una forma de autoridad.

—La puntualidad siempre ha sido una cortesía.

—Y llegar doce minutos después sigue siendo llegar.

Una risa escapó desde el otro extremo de la mesa.

Charlotte intentó ocultarla detrás de su copa de agua, aunque ya era demasiado tarde.

—Te extrañé —comentó con una inocencia evidentemente fingida.

Daniel negó con la cabeza antes de sonreír.

—No has dejado de escribirme memes toda la tarde. Difícilmente pudiste extrañarme.

—Eso no cuenta.

—Claro que cuenta.

Victoria Bennett observó el intercambio con una sonrisa discreta mientras indicaba que comenzaran a servir la cena.

A simple vista, cualquiera habría pensado que los Bennett eran una familia difícil de descifrar.

Alexander imponía respeto con solo entrar en una habitación.

Victoria equilibraba aquella rigidez con una elegancia serena que parecía mantener unida a toda la familia.

Y Charlotte... Charlotte había heredado el extraño talento de encontrar diversión incluso en los momentos menos oportunos.

Daniel los quería profundamente.

Nunca había dudado de eso.

Pero también sabía que, en aquella mesa, las conversaciones importantes casi nunca comenzaban de inmediato.

Primero llegaban las preguntas sobre la universidad.

Después los comentarios sobre los negocios.

Y, finalmente, el verdadero motivo de la reunión.

Cuando los platos principales fueron retirados, Daniel dejó los cubiertos sobre la mesa y observó a sus padres.

—¿Cuál es la razón por la que insistieron tanto en que viniera esta noche?

Charlotte levantó la vista de inmediato.

—Vaya... ya empezó.

Daniel arqueó una ceja.

—¿Empezó qué?

—La parte en la que descubres que esta cena nunca fue solo una cena.

Una sonrisa resignada apareció en sus labios.

Lo imaginaba.

Siempre existía un motivo.

Y rara vez era uno que pudiera rechazar.

Victoria acomodó con calma la servilleta sobre sus piernas antes de hablar.

—Este sábado asistirás a la gala organizada por los Harrington.

Daniel apoyó la espalda en la silla.

—Pensaba enviar una disculpa.

—Ya no será necesario.

Aquella respuesta bastó para confirmar que la decisión estaba tomada mucho antes de preguntarle su opinión.

Alexander intervino con la naturalidad de quien hablaba de una reunión de trabajo más.

—Los Harrington cerrarán un acuerdo importante antes de finalizar el año. Nuestra presencia fortalecerá esa relación.

Daniel asintió despacio.

Aquello formaba parte de su vida desde que tenía memoria.

Galas.

Recepciones.

Cenas benéficas.

Fotografías.

Sonrisas perfectamente calculadas.

Nada de eso le molestaba realmente.

Era el precio de pertenecer a una familia como la suya.

Sin embargo, conocía demasiado bien a sus padres para saber que la conversación todavía no había llegado a donde realmente quería llegar.

Victoria fue quien dio el siguiente paso.

—También asistirán los Sinclair.

Daniel permaneció en silencio.

Esperó.

Porque sabía que el apellido, por sí solo, no justificaba aquella precisión.

—Su hija acaba de regresar de Londres.

Ahí estaba.

La verdadera razón.

Bajó la mirada hacia su copa durante un instante antes de dejar escapar un suspiro casi imperceptible.

No era la primera vez.

Probablemente tampoco sería la última.

A lo largo de los años había conocido a suficientes herederas de familias influyentes como para reconocer el patrón antes de que terminaran de explicárselo.

Jóvenes brillantes.

Educadas.

Preparadas para asumir el papel que la sociedad esperaba de ellas.

No dudaba de que muchas fueran personas extraordinarias.

Lo que le molestaba era otra cosa.

Que alguien hubiera decidido, incluso antes de conocerlas, que debían formar parte de su futuro.

—No estoy interesado —respondió con tranquilidad.

Victoria sostuvo su mirada.

—Ni siquiera la conoces.

—Precisamente por eso.

—Daniel...

—Madre, no tengo ningún problema en asistir a la gala.

Hizo una breve pausa.

—Tengo un problema con que cada evento social termine convirtiéndose en una entrevista matrimonial.

Charlotte bajó la cabeza para esconder una sonrisa.

Alexander, en cambio, permaneció completamente serio.

—Algún día tendrás que formar una familia.

Daniel sostuvo la mirada de su padre.

—Algún día.

No hoy.

No porque alguien considere que es el momento adecuado.




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