Destinatario equivocado

Capítulo 6

Me tomó una semana comprenderlo.

Siete días podían parecer poco tiempo para cualquiera. Para mí, habían sido suficientes para recorrer cada rincón de la esperanza. Al principio me convencí de que Leonardo quizá aún no había revisado su casillero. Después imaginé que sí lo había hecho, pero necesitaba tiempo para pensar qué responder. Finalmente, terminé aceptando la posibilidad que había intentado evitar desde el principio: tal vez había leído mi carta... y simplemente había decidido no responder.

Era curioso cómo la imaginación podía convertirse en el peor enemigo cuando las respuestas nunca llegaban.

Cada mañana entraba a la Universidad de Pensilvania prometiéndome que actuaría con normalidad. Me repetía que aquella carta no cambiaba quién era, que nadie conocía mi secreto y que la vida seguiría exactamente igual.

Pero bastaba con escuchar una voz parecida a la suya o distinguir su silueta caminando entre los edificios para que todas esas promesas se desmoronaran.

Sin darme cuenta, había comenzado a buscarlo entre la multitud.

Y me avergonzaba admitirlo.

Aquella tarde lo vi atravesar Locust Walk rodeado de varios compañeros. Reía con esa tranquilidad que tanto me había llamado la atención desde el primer día. Saludaba a quienes encontraba en el camino y continuaba avanzando como si el mundo nunca pudiera alterar su paz.

No había nada diferente en él.

La única que había cambiado era yo.

Aparté la mirada antes de que pudiera descubrirme observándolo una vez más y comprendí que había llegado el momento de dejar de esperar algo que, probablemente, nunca ocurriría.

Como siempre que necesitaba poner en orden mis pensamientos, terminé refugiándome en Maison Whitmore.

Había lugares capaces de abrazarte incluso antes de que alguien pronunciara una palabra.

El estudio de mamá era uno de ellos.

El aroma de las telas recién llegadas, el sonido constante de las máquinas de coser y las enormes mesas cubiertas de bocetos habían formado parte de mi vida desde que tenía memoria. Allí aprendí que un vestido podía contar una historia antes de que la modelo diera un solo paso. Allí entendí que la belleza no siempre necesitaba palabras.

Mamá estaba inclinada sobre una nueva colección cuando levantó la vista y me encontró observándola desde la puerta.

No necesitó preguntarme qué ocurría.

Nunca lo hacía.

—Tienes esa mirada otra vez.

Fruncí ligeramente el ceño.

—¿Qué mirada?

—La que pones cuando intentas convencer a todos de que estás bien.

Sonreí con resignación.

Era imposible esconderle algo.

Me acerqué a su escritorio y comencé a acomodar algunos retazos de tela solo para mantener las manos ocupadas.

—Me gusta alguien.

Las palabras escaparon de mis labios antes de que pudiera detenerlas.

Mamá levantó una ceja con una sonrisa casi imperceptible.

—Lo imaginaba.

La observé sorprendida.

—¿En serio?

—Hace semanas que sonríes sin motivo cuando revisas el teléfono y suspiras demasiado cuando vuelves de la universidad. No era tan difícil descubrirlo.

Bajé la vista.

—Le escribí una carta.

Hubo un pequeño silencio.

No uno incómodo.

Uno de esos silencios que solo existen entre personas que se conocen demasiado.

—¿Y él?

Respiré hondo.

—No respondió.

Decirlo en voz alta dolió menos de lo que esperaba.

Quizá porque, al hacerlo, dejaba de luchar contra una esperanza que ya no tenía sentido.

Mamá rodeó el escritorio y sostuvo mi rostro entre sus manos.

—Odette, el silencio nunca tiene un único significado.

La observé sin decir nada.

—A veces las personas callan porque no sienten lo mismo.

Mi corazón se encogió.

—Y otras veces callan porque la vida todavía no les ha enseñado qué hacer con lo que sienten.

Acarició mi mejilla con ternura.

—No construyas una historia alrededor de un silencio. Ninguno de nosotros sabe realmente qué ocurre en el corazón de otra persona.

Quise creerle.

Necesitaba creerle.

Para cambiar de tema, comenzó a mostrarme la nueva colección inspirada en los inviernos de Pensilvania. Los vestidos parecían capturar la delicadeza de la nieve recién caída; tonos marfil, azul hielo y plata que brillaban con una elegancia casi irreal.

Mientras observaba uno de los diseños, habló con aparente naturalidad.

—Mi modelo principal canceló esta mañana.

Sonreí antes incluso de que terminara la frase.

—No.

—Ni siquiera he preguntado.

—Porque ya sé lo que vas a decir.

Mamá soltó una pequeña risa.

—Solo necesito una sesión de prueba.

Negué con la cabeza por costumbre.

Durante años había rechazado cualquier propuesta parecida. No porque no amara la moda, sino porque nunca me había sentido cómoda siendo observada.

Desde pequeña, mis padres hicieron todo lo posible por mantener a nuestra familia lejos del interés mediático.

Los Miller aparecían constantemente en revistas de negocios, columnas financieras y eventos benéficos, pero rara vez acompañados de fotografías personales.

Papá siempre decía que una empresa debía ser reconocida por su trabajo y no por convertir a su familia en un espectáculo.

Mamá pensaba exactamente igual.

Mientras otras familias exponían cada aspecto de su vida, ellos protegieron la nuestra con el mismo cuidado con el que protegían todo aquello que amaban.

Williams comenzó a aparecer en algunos artículos cuando asumió un puesto importante dentro de Miller Resorts. Era inevitable. Algún día estaría al frente de parte del legado familiar.

Yo, en cambio, había permanecido completamente al margen.

Y no porque ellos me escondieran.

También era una decisión mía.

Nunca quise que desconocidos opinaran sobre mi aspecto, mis decisiones o mi vida. Después de todo lo que había vivido durante mi infancia, llamar la atención seguía pareciéndome un riesgo innecesario.




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