La atención tenía un peso que nadie advertía hasta que recaía sobre uno mismo.
Antes de aquella sesión de fotografías, atravesar los pasillos de la Universidad de Pensilvania había sido un acto tan cotidiano que jamás me había detenido a pensar en ello. Caminaba por Locust Walk con la misma tranquilidad con la que lo hacían cientos de estudiantes cada mañana. Nadie esperaba nada de mí. Nadie conocía mi apellido más allá de algún profesor que hubiera leído una noticia económica o de quienes habían coincidido con Williams en algún evento universitario.
Yo era simplemente otra estudiante.
Y me gustaba serlo.
Ahora todo parecía distinto.
Las conversaciones disminuían cuando pasaba cerca. Algunas personas fingían revisar el teléfono mientras, en realidad, apuntaban discretamente la cámara hacia mí. Otras me observaban con esa curiosidad propia de quien cree conocer a alguien únicamente porque ha visto su rostro en internet.
Era absurdo.
Seguía siendo la misma Odette de siempre.
Las fotografías no habían cambiado nada de quien era, pero sí habían cambiado la manera en que los demás decidían mirarme.
Y, por alguna razón, eso resultaba agotador.
Aquella mañana el frío parecía haberse instalado definitivamente sobre Filadelfia. La nieve cubría los jardines y el viento obligaba a los estudiantes a esconder las manos dentro de los bolsillos de sus abrigos mientras avanzaban apresurados hacia los edificios académicos.
Yo caminaba abrazando una carpeta contra mi pecho, con la mirada fija en los apuntes que llevaba para la siguiente clase, intentando convencerme de que, si no prestaba atención a los murmullos, terminarían desapareciendo por sí solos.
—Es ella.
La frase llegó desde algún lugar a mi espalda.
No volteé.
—La chica de Maison Whitmore.
—Pensé que era una modelo profesional.
—Yo también.
Seguí caminando.
Había aprendido que responder solo alimentaba una curiosidad que desaparecería con el tiempo. Al menos eso esperaba.
Apreté un poco más la carpeta entre mis brazos y aceleré el paso. Solo necesitaba llegar al edificio de Humanidades. Una vez dentro del aula, todo volvería a sentirse normal.
O eso creía.
Doblé una esquina sin apartar la vista de los papeles que llevaba entre las manos.
Y choqué contra alguien.
El impacto fue suficiente para hacerme perder el equilibrio. Sentí cómo la carpeta escapaba de mis dedos mientras el suelo húmedo resbalaba bajo mis botas. Durante un instante me preparé para el golpe inevitable y para la vergüenza de convertirme, otra vez, en el centro de todas las miradas.
Pero nunca llegué a caer.
Una mano sujetó mi antebrazo con firmeza.
Otra rodeó con cuidado mi cintura para impedir que terminara en el suelo.
Todo ocurrió en apenas unos segundos.
Sin embargo, para mí, el tiempo pareció detenerse.
Levanté la vista.
Y el resto del campus dejó de existir.
Leonardo.
Su rostro estaba mucho más cerca de lo que alguna vez había imaginado. Sus ojos permanecían fijos en los míos con una serenidad que contrastaba por completo con el caos que acababa de instalarse dentro de mi pecho.
Durante semanas había ensayado conversaciones imaginarias con él.
En ninguna había terminado prácticamente entre sus brazos.
—Creo que acabas de romper un récord.
Parpadeé sin comprender.
—¿Qué?
Una sonrisa discreta apareció en sus labios.
—La caída más dramática que he visto este semestre. Y créeme, la competencia era bastante fuerte.
El calor subió inmediatamente hasta mis mejillas.
—Lo siento... Yo... no estaba mirando.
—Eso ya lo había notado, Odette.
Mi nombre.
Pronunció mi nombre con la naturalidad de quien lo había dicho antes.
Sentí que el corazón olvidaba cómo debía latir.
—¿Sabes... cómo me llamo?
Leonardo pareció confundirse por la pregunta.
—Compartimos dos cursos desde hace casi un año.
Guardé silencio.
Era cierto.
Habíamos compartido clases durante meses.
La única diferencia era que yo conocía demasiado sobre él... mientras estaba convencida de que él apenas sabía que existía.
—Sería preocupante no recordar el nombre de una compañera.
Una risa nerviosa escapó de mis labios.
No tenía idea de qué responder.
Cuando recuperé por completo el equilibrio, Leonardo retiró lentamente la mano de mi cintura. Sin embargo, el gesto fue tan pausado que durante un instante ambos permanecimos inmóviles, separados apenas por unos centímetros.
Fue entonces cuando él reparó en algo que nunca antes había tenido oportunidad de observar con tanta cercanía.
Odette siempre había ocupado el mismo asiento junto a la ventana.
Siempre llevaba un cuaderno distinto bajo el brazo.
Siempre parecía escuchar más de lo que hablaba.
Eran detalles pequeños, casi insignificantes, que cualquiera habría olvidado al terminar el día.
Él, en cambio, los recordaba con una facilidad que jamás se había cuestionado.
Recordó la vez que la vio quedarse después de clase para ayudar a un profesor a recoger unos trabajos.
La ocasión en que pasó más de una hora en la biblioteca dibujando sin darse cuenta de que el resto de estudiantes ya se había marchado.
Incluso recordó haber pensado, semanas atrás, que tenía una sonrisa bonita cuando creyó que nadie la estaba mirando.
Nunca se había detenido a preguntarse por qué conservaba aquellos recuerdos.
Quizá porque jamás habían parecido importantes.
Hasta ese momento.
Porque verla tan cerca era diferente.
Muy diferente.
Sus ojos descendieron apenas un instante hacia el rostro sonrojado de la joven. El viento había soltado algunos mechones de su cabello rubio y la nieve comenzaba a derretirse sobre las mangas de su abrigo.
No era la chica de las fotografías.
Editado: 04.08.2026