Destinatario equivocado

Capítulo 12

La música cambió de ritmo con una naturalidad casi imperceptible. Los primeros compases del siguiente vals se deslizaron por el enorme salón como una brisa tibia, reemplazando la vivacidad de la pieza anterior por una melodía más lenta, pausada y envolvente. Las conversaciones disminuyeron de volumen y las parejas, casi al unísono, ajustaron el compás de sus pasos.

Leonardo, que hasta entonces había llevado el baile con una soltura admirable, sonrió de medio lado antes de acomodar nuevamente una mano sobre la cintura de Odette. El contacto era respetuoso, apenas lo suficiente para guiarla con elegancia mientras ambos retomaban el ritmo de la nueva pieza.

—Vas mucho mejor de lo que crees —comentó con ligereza al notar que ella seguía algo rígida.

Odette soltó una respiración silenciosa.

Había sobrevivido sin hacer el ridículo.

Aquella simple victoria bastaba para aliviar el nudo que llevaba en el estómago desde que había cruzado las puertas del salón. Poco a poco comenzaba a acostumbrarse a la música, al murmullo de los invitados, al peso de cientos de miradas pertenecientes a familias que parecían convertir cualquier recepción en una competencia silenciosa de prestigio.

Por primera vez desde que inició la gala, creyó haber encontrado un pequeño espacio de tranquilidad en medio de tanta formalidad.

Duró apenas unos segundos.

Algo cambió.

Fue un cambio tan sutil que nadie podría haber señalado el instante exacto en que ocurrió, pero todo el ambiente pareció tensarse de golpe. Las conversaciones se fueron apagando una tras otra, como velas consumidas por el viento. Incluso algunos músicos desviaron la vista durante una fracción de segundo antes de recuperar la concentración.

Odette sintió aquella alteración antes incluso de comprenderla.

No necesitó girar la cabeza.

Lo supo por Leonardo.

La expresión relajada que había llevado durante toda la noche desapareció lentamente de su rostro. Sus ojos, hasta entonces fijos en ella para dirigir el baile, se elevaron por encima de su hombro. La sorpresa apareció primero. Luego una prudencia inmediata.

Y finalmente algo parecido a la resignación.

Odette siguió inconscientemente la dirección de aquella mirada.

Una figura masculina avanzaba entre los invitados con una calma que imponía más autoridad que cualquier gesto de superioridad. Nadie se apartaba de manera evidente, pero todos encontraban instintivamente la forma de abrirle paso.

Daniel Bennett.

Su presencia parecía alterar el equilibrio mismo del salón.

El impecable traje oscuro resaltaba aún más bajo los enormes candelabros de cristal. Caminaba con la serenidad de alguien acostumbrado a ocupar el centro de cualquier habitación sin necesidad de reclamar atención alguna. Su postura era recta, sus movimientos precisos y aquella expresión serena resultaba imposible de interpretar.

Para Odette, Daniel siempre había pertenecido a esa categoría de personas que existían únicamente desde la distancia.

El heredero perfecto.

El hijo del poderoso Alexander Bennett.

El joven cuya fotografía aparecía ocasionalmente en revistas de negocios acompañando artículos sobre inversiones familiares, fundaciones benéficas o alianzas empresariales.

Lo había visto incontables veces de lejos solamente.

Incluso alguna vez lo había observado conversando con empresarios europeos mientras ella permanecía varios metros atrás junto a su madre.

Pero jamás habían intercambiado una sola palabra.

Hasta aquella noche.

Daniel se detuvo frente a ellos respetando exactamente la distancia que imponía el protocolo. Ni demasiado cerca para resultar invasivo ni demasiado lejos para parecer descortés.

Su mirada gris pasó primero por Leonardo antes de detenerse finalmente sobre Odette.

Solo entonces habló.

—Disculpa la interrupción.

Su voz era grave.

Un barítono limpio, sereno y perfectamente educado que obligaba a escuchar incluso cuando apenas elevaba el volumen.

—Pero me temo que debo robarte esta pieza, Leonardo.

El apellido Bennett cayó sobre el ambiente con el mismo peso que una orden.

Leonardo tardó apenas un segundo en comprender las implicancias.

En el reducido universo de las familias Sinclair, Bennett, Hawthorne y Miller, negarse públicamente a una petición semejante habría sido interpretado como un desafío innecesario.

Y Leonardo no era ningún imprudente.

Aunque la sorpresa seguía dibujada en su rostro, recuperó rápidamente la compostura.

Con una leve inclinación de cabeza dio un paso hacia atrás.

—Por supuesto, Bennett.

Después dirigió una mirada breve hacia Odette.

Había desconcierto en ella.

También una silenciosa pregunta que ninguno de los dos podía responder.

—Es toda tuya.

Leonardo se alejó lentamente mientras otras parejas continuaban girando alrededor de ellos como si nada extraordinario estuviera ocurriendo.

Odette permaneció inmóvil.

El corazón comenzó a golpearle con fuerza contra el pecho.

No entendía absolutamente nada.

¿Por qué Daniel Bennett acababa de interrumpir su baile?

Antes de que pudiera formular aquella pregunta en voz alta, Daniel extendió una mano hacia ella.

No hubo arrogancia en el gesto.

Solo una seguridad absoluta.

Odette dudó apenas un instante antes de colocar la suya sobre el guante oscuro del heredero.

Su contacto era firme.

Cálido.

Demasiado seguro de sí mismo.

Con una suavidad imposible de rechazar, Daniel deslizó una mano sobre la cintura de la joven y la condujo nuevamente hacia el centro de la pista, incorporándola al compás del vals con una precisión impecable.

Era evidente que llevaba años bailando.

Cada movimiento parecía calculado.

Cada giro nacía exactamente cuando la música lo exigía.

Odette, en cambio, apenas conseguía recordar los pasos.




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