Una cita a ciegas... creí que solo sucedía en la televisión.
Llegué a este café con mucha antelación. Pedí algún postre del menú y un café del que presumen mucho. Ella llegó a la hora acordada.
—Hola, ¿eres el señor Ivanov? —dijo una mujer con exceso de perfume—. Soy Katherine Smith, tu cita a ciegas.
No importa cómo la miraba, se notaba que estaba escaneando mi traje y, al parecer, no le gustó lo que vio. Elegí algo que compré en una tienda barata. No acostumbro a vestir de marca y, aunque mi madre me ha comprado ropa como para llenar una casa, creo que soy alérgico a este tipo de prendas.
La señorita Smith no ha dejado de hablar. Ni siquiera me permitió presentarme. No deja de decir que soy guapo y lo que esperan de mí como heredero, pero mi relación con las mujeres es complicada cuando conoces sus intenciones, y la de ella es ser nuera de una buena y reconocida familia. Ella eligió este lugar de encuentro, pero no ha pedido nada de tomar además del vaso de agua que tiene enfrente, y espero que no piense que la invitaré a comer, porque odio comer con extraños.
Estuve a punto de ver la hora en mi celular cuando recibí un mensaje de mi superior avisando que mis informes fueron rechazados. Sonreí, aunque no fuera gracioso.
—¿Pasa algo?
—Un asunto del trabajo —me disculpé—. Lamento no acompañarte a comer.
—Acordé una comida con mi futura suegra —intentó decir decepcionada.
—Lo siento, acordé con mi madre que el trabajo sería mi prioridad. Puedes quedarte en este lugar; sus postres son deliciosos. Adiós.
—Espera —me detuvo de la manga antes de que me levantara y me entregó una caja pequeña que no vi de dónde salió—. Escuché que te gustan las galletas y hornee algunas para ti.
—Ah…gracias.
Me levanté y mentiría si dijera que no salí casi corriendo. No iba directo a la oficina, pero podía revisar mis correos en casa. Odio esta vida; mi madre prometió a mi padre que me cuidaría cuando él no estuviera conmigo, pero ella solo me ve como moneda de cambio. Me siento como un prisionero. Incluso si ahora mismo me encontrará con mis colegas, ni siquiera los reconocería, ni tampoco a la mujer que va con un hombre y parece que están discutiendo. Ella lleva una falda larga y una bolsa enorme. El hombre viste elegante, pero parece enojado por algo. Resaltan entre todas las personas vestidas de manera casual, pero nadie les presta atención. Al menos ellos se ven más tranquilos que yo en un sábado por la tarde.
—Buenos días.
—Hablé con Katherine, ¿la dejaste sola en ese lugar?
—Tenía asuntos que atender —contesté.
—¿Y su regalo? —preguntó seria, pero yo no sé donde lo dejé—. ¿Al menos lo probaste?
No podía responder. Tuve la ligera sospecha de que ella sabía algo más.
—Se verán este fin de semana de nuevo; la invité a comer —añadió.
—¿Ella es la mejor opción?
—Solo una de ellas —dijo la mujer. Ella estaba enojada y trataba de comportarse para no perder los estribos.
Dmitri comenzó a comer cuando su abuelo entró al comedor.
—A partir de hoy, tomarás clases para convertirte en el heredero de nuestra empresa.
—¿Yo? ¿Heredero?
—No me interrumpas. Dado que tu desempeño académico fue mediocre, por no decir otra cosa, te asigné una tutora. Aprenderás de ella lo que se supone que aprendiste durante tu época en la universidad. Antes de nombrarte como heredero de la familia, debes aumentar tu nivel de estudios. No quiero verte en las reuniones como un alma perdida, sin saber a dónde dirigirás el lugar por el que tanto he sacrificado. Irás a clases todos los días después del trabajo y el sábado todo el día, sin excepción.
—Señor Ivanov, ¿se ha puesto a pensar que quizás yo no sirvo para esto?
—Si, sé bien que eres un inútil bueno para nada al que se le subió la fama a la cabeza por publicar dos historias famosas con tramas de poca monta para lectores que no quieren aumentar su sabiduría. Tu madre y yo nos aseguraremos de que alcances el nivel requerido para ser reconocido por esta familia.
—¿Y a dónde debería dirigirme?
—Hoy a las seis en la sala de usos múltiples del tercer piso. Tu instructora es la señorita Layevska.
—¿Quién? —pregunté involuntariamente porque no reconocí el apellido.
—Y escucha bien… —dijo ignorando mi pregunta—. Si fallas, entrarás a esta casa y jamás volverás a salir por tu propio pie, ¿entendido?
Asentí. No era una respuesta aceptable, pero esas amenazas no podía tomarlas a la ligera.
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Editado: 08.09.2026