Aske Anlesa observó a los amantes resistir el invierno después de su exilio, ocultos en una cueva con solo agua y hierbajos y un hijo fuera del matrimonio en camino. Pero incluso así, juraron por su amor, pactando con su sangre en la frente del otro. Fue tanta la pena y la rabia que la Diosa sintió, que en pleno verano hubo una tormenta que no se detuvo hasta que su pueblo hubiese aceptado a la Ali Terina y el Ali Terzar que había escogido. Hoy en día, aquella cueva es un templo y su juramento, un rito.
No había podido dormir nada. Me froté la cabeza una y otra vez, sentado en la oficina con el desayuno frente a mí igual a como lo sirvieron. Lo de anoche se sentía como un sueño, pero me sentía demasiado avergonzado para admitirlo.
Me toqué la boca, ¿cuántos habían sido? Había pedido la cuenta después del quinto. Aske Anlesa, parecía un niño, el corazón no dejaba de latir de solo acordarme.
—¡Ali Terzar!
Salté en el asiento, observando a Zissel llegar seguida de Liya y Seamus. Ante la mirada perpleja de los tres, me aclaré la garganta, apartando la mirada.
—¿Qué pasa?
—Ya llegó el kastal, está esperando en el salón con Vance.
—Está bien. —Me levanté, arreglando mi ropa antes de salir. Ella sabía que necesitaba hablar a solas con él, se lo había pedido, pero no había querido decirle el porqué.
—Ali Terzar —dijo él, sonriéndome con una reverencia anleziana.
Delgado, rostro infantil y cabello negro cubierto por aquella capa sacra que se contaba repelía el frío. No era la primera vez que hablaba con él, pero me sentía más nervioso en comparación.
—Kastal, le agradezco que viniera. —Lo invité para que tomara asiento y quedamos frente a frente—. Lamento llamarlo con esta tormenta, pero necesitaba hablar con usted.
—Aske Anlesa jamás me dejaría perderme en ninguna tormenta, no debe preocuparse por mí. —Amplió la sonrisa—. Pero creo saber porqué me ha llamado aquí. Las palabras que salen de las bocas insensatas suelen ser más fuertes que los hechos, ¿no? A veces las cosas más claras no son vistas por todos como deberían ser, pero tarde o temprano ocurre, Ali Terzar.
Asentí lentamente.
—Ella carga con un mal, lo sé. —Abrí la boca, pero no pude interrumpirlo—. El día que sellaron su destino lo pude sentir, pero no puedo decir más, los secretos de los Dioses no deben ser oídos por los mortales.
—Entonces, esto es una maldición de los Dioses —murmuré, sin atreverme a preguntarle del todo.
—No se lo puedo decir, incluso si lo supiera. Solo que… —cerró los ojos unos segundos y luego volvió a verme—, sí, puede romperla. Todos han podido, solo no lo han hecho.
—¿Cómo? —dije sin pensar.
—Eso no lo sé. El destino es seguro, pero se puede engañar.
Fruncí aún más el entrecejo, confundido.
—Ahora, debe ser consciente de que la maldición de la Ali Terina no tiene nada que ver con Anlezia, son dos líneas paralelas —dijo extendiendo los dos dedos índices uno junto al otro—. Estas tierras las protege Aske Anlesa, cada hierbajo hasta el más grande lobo y usted con la Ali Terina están hechos para cuidarlos de la misma manera. Y a nuestra Diosa no le gusta que se le cuestione su juicio.
—Si… si hubiese alguien queriendo asesinar a Zissel… —apreté los dientes.
—Jamás debe dudar de que Aske Anlesa está cuidándolos. A no ser que traicionen su propósito, ella no dudará en protegerlos. Confíe en quién ha confiado en usted, porque ella está segura de que es el indicado para este puesto.
Se me cerró la garganta, observando los ojos celestes del kastal como si la mismísima Diosa me estuviese hablando.
Incluso después de los años escuchando a Olife, a mi madre y a todos quienes me decían que lo conseguiría por llevar la sangre de mi padre, sentí que realmente me lo decían a mí. A la persona que estaba oyendo, no un vestigio del anterior Ali Terzar e hijo de la Ali Terina, al niño del que todos dudaron.
—¿Acaso esto estaba en mi destino? —pregunté, no estaba seguro de si era el tono correcto, de si la pregunta era la adecuada.
Negó.
—Está en usted.
⚜
Incluso después de que el kastal se marchara, yo seguía limpiándome el borde de los ojos. Aske Anlesa, nuestra Diosa había visto todos mis errores, mis manos asesinas y aun así había decidido que era el adecuado.
Observé el techo y esas vigas de madera entre la blanca fericia, agradeciéndole en silencio a nuestra Diosa.
Cuando salí, me topé de frente con mi madre y los demás detrás, incómodos.
—Cai Priel, necesito hablar contigo. —No dije nada, asintiendo antes de volver a meterme al salón—. Me tiene preocupada el estado de Terlebeya, cai Priel. Se marchó Imco y la mitad de los soldados y...
—Y has dividido a los sirvientes aún más haciendo tus propias reuniones de tejido —la corté, frotándome la sien—. Sabes que eso no es un acto inocente, madre. Es deliberado, a cualquier otra Ali Terina le estarías faltando el respeto, pero como es Zissel a ti no te importa.