El ejército de Reuben cruzó el valle que limitaba con su imperio. El Tratado de Otumnar con Altarcy se explicó como una muestra de consideración con aquel reino, pero pocos saben que, en realidad, de haber podido cruzar aquel bosque, el Emperador no se hubiese detenido hasta conseguir aquellas tierras.
Me abrigué bien, cubriendo mi cuello con el pelaje de la capa y seguí a Priel escaleras abajo hasta donde la servidumbre se estaba arreglando para salir.
—Aske Anlesa sabe cuánto extrañaba patinar —dijo Inzim, casi dando saltitos de la emoción mientras Liya arreglaba el papaja de su hermano. Todo el ambiente parecía vibrar con energía y positivismo.
Me apegué al brazo de Priel, casi escondiéndome de todos detrás de su afelpada capa blanca. Mis Santos, estando con él mis mejillas no dejaban de dolerme de lo mucho que sonreía. Las mariposas en el estómago y las ganas de repartir besos por su rostro también eran inevitables, mis ideas negativas habían quedado atrás y ahora parecía que todo el amor que había estado conteniendo por él se desbordaba.
—Ali Terzar, Ali Terina —nos llamó Vance, trayendo consigo todos los patines que habían encontrado—. Dejé afuera los que no fueron revisados desde hace un tiempo como ordenó.
Priel asintió y fue suficiente para que entre todos empezaran a repartirse las cosas, hablando de lo feliz que los hacía sentir volver a hacer una actividad que les recordaba a su infancia.
Con calma, el viento incesante del exterior fue menguando hasta desaparecer ante la mirada de todos.
—¡El Ali Terzar es el mejor! —celebró Ceaya con los brazos extendidos, sacándole una pequeña sonrisa.
Reí, hace ya un tiempo que no lo veía usar la piedra más que para cuando necesitábamos discutir cosas en privado. Finalmente era uno con ellos, ya no un enemigo, sino que una ayuda.
—La gente te ama —le susurré al salir del castillo, la nieve caía levemente y el vaho acompañaba nuestras respiraciones.
Refunfuñó por lo bajo mientras todos iban haciendo camino hasta las aguas congelas más cercanas. Debíamos ir primero, pero todavía no venían con nuestros lobos.
—Al inicio no era así, lo sabes. Que me quieran es porqué cambié, de otra forma continuarían aterrados de mí. —Me sostuvo la mirada y acomodó mi papaja con un poco más de fuerza de la que se daba cuenta que usaba—. También te amarán, me aseguraré de ello.
—Tanto como la ama usted, lo dudo.
El rostro de Priel pasó a un rojo intenso mientras Menvis le sonreía de forma burlona, habiendo aparecido como por arte de magia con los lobos que también resoplaron como si supiesen del juego.
—Menvis… —siseó.
Yo reí, yendo a acariciar a mi Ezku, cabeza con cabeza mientras rascaba por los costados de sus orejitas.
—Solo he venido por los lobos, Ali Terzar. Ya me retiro.
—¿No vendrá con nosotros a patinar?
—Oh, no. Tengo una loba preñada y necesito estar con ella; no ha dado las mejores señales. —Asentí, recibiendo una reverencia antes de que se marchara.
Ezku bajó al nivel del suelo y Priel me ayudó con sus manos en mi cintura, quedándose un momento más de lo necesario. Fenej apenas si se inclinó, dando un gran bostezo, y, con el silbato llenando el valle, guiamos a la gente.
Bueno, Priel lo hizo.
Con la cabeza en alto y el silbato en boca, controló el clima y la ruta. El pelo se le mecía, en especial la pequeña coleta que tenía agarrándole los cabellos más largos.
Nos bajamos junto al lago congelado, dónde las banquetas de madera estaban cubiertas hasta arriba de nieve. A la gente no le importó, haciéndola a un lado para colocarse los patines.
Me bajé de Ezku, todo el recorrido había sido demasiado solemne para un panorama tan amigable.
Los ojos de Piel viajaron por todo el lugar, observando al paisaje y a las personas divirtiéndose con cierta añoranza.
Ceaya reía de la mano de Liya, quién lo guiaba sobre el hielo sin tambalear. Inzim ya estaba dando vueltas en el centro como si fuese una con los patines, ganándose más de un comentario de sus compañeras. Incluso Alqie le indicaba a Seamus cómo andar para no caerse.
Sonreí.
Di un paso largo, escuchando la nieve crujir bajo mis pies, y llegué junto a Priel, tomándolo del gancho.
—¿El Ali Terzar no patinará? —dije a modo de juego.
Bajó la mirada, sonriendo apenas.
—Se supone que debemos cuidar de ellos. Además, debo tener bajo control el clima. A fin de cuentas, es mi trabajo, ¿no?
A pesar de los años que le habían quitado para disfrutar de sus costumbres, se contenía
—Recuerdo que me dijiste que te gustaba patinar de niño. ¿Sigue siendo así?
—Lo hacía mucho de niño… —Irguió aún más la espalda, pero sus ojos volvieron a contemplar el lugar como si tuviese un recuerdo frente a él.
Busqué su mano enguantada y estreché sus dedos con los míos.
—También recuerdo que me dijiste que patinaríamos juntos algún día, ¿podrías enseñarme ahora?