BARBIE.
Sus palabras siguen rodando en mi mente como una piedra que cae de una colina infinita. El canto de los grillos acompaña mis repentinas ganas de escuchar mi voz, para descubrirla apagada, poco reconocible y parecida a la suya. Me encuentro repitiendo sus frases en mi cabeza, filosas, como si hubiera puesto un cuchillo en mi cuello para advertirme. Sus palabras, pronunciadas con tanta tranquilidad, incluso gracia, no parecían una confesión de crímenes, sino la de alguien que se confiesa en la iglesia, confiado en que el padre, atado al secreto de confesión y a su fe en un ser superior, jamás revelará lo escuchado.
Pero yo no he jurado devoción a nadie para ocultar sus nefastos actos. Entonces puedo salir a gritarlo, a contarlo todo como advertencia. El problema no radica en mi impedimento para hacerlo; levantarme de forma maníaca y gritar en los pasillos no es una acción que me sea ajena, y en esta situación ni siquiera sería ridícula. La cuestión no es cómo contarlo, es el hecho de que no tengo a nadie a quien hacerlo.
Por eso me lo mostró todo. No antes, ahora, porque sabe que ella y yo no somos tan diferentes. Al final, ¿a quién más se lo contaría? A ella y a mí.
Los caminos rosados, con fisuras alargadas y puntiagudas; la piel delgada y rugosa sobre sus heridas, manifiestan la memoria de repetidos asaltos, de innumerables encuentros que terminaron de la misma manera. En sus ojos grisáceos no pude divisar el mínimo remordimiento por sus acciones. Incluso si usa una máscara todo el tiempo, sus ojos se mantuvieron tan calmados como el agua estancada.
Como si no hablara de seres humanos, se veía orgullosa de las cicatrices que esas personas se hicieron para seguir con vida, como quien narra un juego de caza y sus distintas presas. Ni siquiera debería estar planteándome hacer lo que dice; debería huir de aquí y que nunca me encuentre.
Pero no parezco ser su única presa, ni siquiera una de ellas. Ahora que sé lo que hizo, si me voy... ¿no sería eso traición? Aún más, ¿complicidad?
"Ese no es mi trabajo". Esas palabras también vagan en mi mente como un remolino. ¿Eso significa que es el trabajo de alguien más? Y si es así, estoy a ciegas en el bosque sin saber a quién temer.
La confianza es darle a alguien un arma y esperar que no la use contra ti. La he repartido a ciegas, pero ultimamente he tomado esa arma de aquellas manos que me han mentido tantas veces.
La respuesta parece obvia. Entonces, ¿por qué lo estoy pensando tanto?
Porque no sé si estoy haciendo un trato con la misma muerte solo para evitarla, cayendo en su trampa y creyendo que será mi salvación.
Incluso si puedo hacer un trato con ella, la decisión sigue siendo difusa ante mis ojos.
No se puede tener todo. Voy a tener que renunciar a algo; no soy ignorante de eso. Sé que algo tendrá que terminar para que otra cosa comience. Si esa opción es mejor, si me da la oportunidad de remediar mis errores y seguir el rumbo que debo para por fin ser libre.
Voy a tener una segunda oportunidad... entonces, Si hago lo que dicen, si sigo las reglas lo suficiente como para ser reconocida, ¿esta vida seguirá pudiendo considerarse mía?
Debería ahorrarles esta carga a todos y empezar de cero, hacer las cosas correctamente. Incluso si mi mejor amigo se convierte en mi novio y la chica que me gusta en mi enemiga, estaríamos a salvo de convertirnos en nada.
¿Es así como pensó Raquelle todo este tiempo?
¿Por qué se siente tan incorrecto entonces? Es Ken. ¿Por qué siento que no puedo arrebatarle lo que tiene ahora? Si abrió su corazón y me contó sus sentimientos, ¿no debería ser yo la primera en protegerlos?
Pero quizá... también debería evitarle ese sufrimiento. Ken pasó años aislado del mundo desde lo que sucedió con Ryan. No fue hasta un año después, cuando llegó Teresa, que pudo abrirse un poco de nuevo. Antes era un chico muy alegre y podía hacer amigos, o eso dijo Midge.
Ahora se le dificulta siquiera mantener conversaciones con otros. La gente rumoreaba sobre él en el pasado; abandonó las cosas que le gustaban. Tal vez yo sea quien deba evitarle todo ese dolor, porque quizá esos sentimientos no sean suficiente recompensa por todo el sufrimiento que ha pasado.
Pero no lo sé. Tampoco lo sabré hasta que se lo pregunte. Al final, el camino al infierno está cimentado sobre buenas intenciones.
☆☆☆
El salón tiene confeti de colores regado por el suelo. Los ventanales se encuentran manchados por dibujos hechos con marcador y alguien ha derramado bebidas por todo el piso de mármol, generando manchas pegajosas que parecen difíciles de sacar. El comité de representantes estudiantiles debe ayudar con la limpieza de estos eventos. Teresa es la jefa y Ken es su suplente, por lo que deben estar aquí.
Al llegar, los saludos son cansados y las ojeras en los ojos de todos son notorias.
Midge está aquí porque Teresa lo está, y de la misma forma Ryan por Ken. Y yo... bueno, yo no tengo nada más que hacer. La señora Roxell tiene cosas que atender, por lo que no estará para ayudarnos. A Teresa le corresponden las mesas y el escenario; a Ken, los ventanales; y creo que yo intentaré hacer cualquier cosa. Noto la venda en la mano de Ryan y descubro que no era parte de su disfraz, al parecer.
Es extraño verlo limpiando con un perfil tan elegante; se siente bizarro. Incluso se ha ofrecido a ayudar a Teresa a cargar las mesas. Realmente el mundo podría ser un huevo.
Los pasos de los tres se alejan por el largo pasillo.
Es ahora o nunca. Aprieto el trapo mugriento en mi mano y lo tiro a un rincón. Mientras Midge y Ryan cargan las mesas a la bodega junto a Teresa, me acerco a los ventanales, sintiendo que estoy a punto de hacer una declaración con cartel y todo.
Ken luce concentrado, intentando quitar las mínimas manchas del cristal del lado exterior. Se espanta un poco al notarme del otro lado del ventanal.