Destino Infernal

I: Miedo a la Bestia.

Sus pasos vacilantes, desinteresados, eran lo único que se escuchaba en ese inmenso silencio tan desgarrador. Deseaba en cada paso poder cambiar el futuro que la esperaba detrás de aquella puerta: antes nunca había sentido tanto miedo del futuro y sus terrores disfrazados.

A cada exhalada, aminoraba la velocidad de su andar; aterrada de las consecuencias de sus acciones y, por primera vez en años, se sintió arrepentida. Sabía que al cruzar aquel umbral, quedaría atrapada entre las garras de la bestia y temía no poder volver a ser quien era por culpa de aquel error que cometió. Era consciente que siempre había estado predestinada a aquel desenlace, pero no lo quería, ansiaba poder arrancarse uno a uno los hilos que la llevaban a su destino final y correr hacia la libertad de la que no quería alejarse, pero algo la detenía, y ese algo, era su corazón: no el órgano que la mantenía respirando a pesar de que le costaba, sino que era ese corazón que llevaba en su cerebro y que la llevaba constantemente a tomar decisiones distintas cada día y que ahora la hacía dudar de sí y sus elecciones, el corazón imaginario que le provocaba nervios y que la incitaba a dejarse llevar por el mundo y sus maravillas.

Él la ataba a ese final atroz, y por eso, era de esperarse que se sintiera amordazada por un millón de cadenas, que la arrastraban lentamente hacia su encierro con la promesa de no dejarla escapar y dejarla en el olvido como otra alma en pena sin futuro, pasado o presente.

A cada segundo que pasaba, se sentía vacía y desolada: derrotada. El peso era cada vez más agotador y la canción de la perdición se reproducía en su cabeza. Sí, había perdido y ya no le quedaba más que rendirse, un héroe de cómic habría dicho lo mismo si estuviese en la misma situación y tal vez hasta buscaría desaparecer con sus superpoderes, pero para su desgracia ella no era un superhéroe con poderes, especialmente, la capacidad de volverse invisible.

De una manera muy peculiar, ya no sentía que ese era su destino: en su interior, una voz le gritaba que se revelara y fuera libre, que rompiera las cadenas del destino y escribiera su propio futuro. Un futuro donde su pasión pudiese salir a la luz y ser reconocida, porque su alma había aprendido a amar algo que no estaba en su camino y ya no había vuelta atrás, se había desviado y no se arrepentía, porque esa sería su salvación y la luz por la que había rogado durante años de perdición.

Y sin más, se alzó con un rugido potente, destruyendo las cadenas que la ataban al futuro incierto que nunca deseó y fue libre: las ataduras caían como hilos por todo su cuerpo y detuvo sus pasos, ya no iba a seguir en un lugar donde ya no podía ser quien era sin una máscara.

Admiró la entrada a las fauces de la bestia y se imaginó el brillo vivaz que cubría sus pupilas por la ira que fluía en su sangre, como una parte más de ella que había estado escondida junto a la impotencia de no poder ser libre: el rugido más feroz que el mundo pudo escuchar.

Cuando sus pies la guiaron al sendero para dejar al destino atrás, la puerta —que había estado entreabierta todo este tiempo—, se abrió por completo: dejando en su lugar, a la imponente figura de la bestia.

En ese momento, toda la fuerza que había reunido en su lucha interna contra el destino, se esfumó. Todo había desaparecido para darle paso a la incertidumbre y el miedo.

»He vuelto a ser una mísera liebre», pensó mientras buscaba una escapatoria de su nuevo destino, pero no había nada que la ayudara, estaba de vuelta en el inicio de esta pesadilla que no parecía querer terminar.

Sentía el ambiente tenso, no podía dejar de pensar que ese era su fin y él su verdugo. Le rezaba a todas las deidades existentes para que la iluminaran y la cubrieran con su manto divino, porque sabía que de esa no saldría.

Se veía pequeña al lado de aquel ser que, a pesar de tener una grandiosa belleza seguramente proveniente de algún dios griego, tenía una figura que asustaría al más feroz león. Sus ojos oscuros la miraban con curiosidad, pero ella podía ver que dentro de esos dos pozos oscuros, estaba furioso: esperaba una explicación. Sin embargo, ella no podía mediar palabra alguna, se quedó muda y eso la aterró más. Había quedado congelada del miedo, hasta que lo vio hacer el ademán de hablar, eso claramente la sorprendió.

Su ceño se frunció y pronunció, con voz potente, sus palabras:

— ¿Me puedes explicar por qué sacaste un cero uno en matemática? —espetó con simpleza, como si hablase del clima.




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