La lluvia había parado de caer, se empezaban a mostrar las bellas y blancas nubes, y con ellas, se admiraba un majestuoso arcoíris.
Sus colores eran más vivos de lo que se podía imaginar.
El rojo era el primero que se atisbaba desde la izquierda, le seguía una pequeña línea de anaranjado, luego una franja igual a la roja de color amarillo, apenas visible se admiraba una mínima franja verde y, seguida de ésta, una azul más delgada que la roja. Era fascinante como se unían en el firmamento con esa gracia y perfección, la clase de gracia que tenían los colores de un colibrí o un pavo real y la perfección que el hombre solo puede mirar en una noche estrellada, en un atardecer o en un amanecer: un sinfín de colores que fluían a su alrededor y tan inalcanzables como el sol y su fulgor, un arte envidiable y natural que venía con la belleza del universo.
Tenía la mirada perdida en aquella obra, no podía dejar de pensar en la similitud que había con su vida: el rojo era el amor que le faltaba, el naranja era la furia que la abarcaba, el amarillo era la felicidad que buscaba, el verde era la envidia que le tenía a su hermana y el azul era la estabilidad que le faltaba.
Se sentía tan identificada…
Y todo eso la llevó a pensar en su hermana, la causa de su soledad. Le arrebató todo de sus dedos; en un momento sonreía al sol por sus logros, y al parpadear, ella se lo había quitado todo, sin ni siquiera chasquear los dedos.
Odiaba que fueran gemelas, y deseaba que su madre siguiera viva, ella sabía cómo diferenciarlas. Hasta su padre se había escapado de entre sus dedos, gracias a las mentiras de su gemela. Se había convertido en la nueva desgracia de su familia.
Ella no era eso, era mucho más que su hermana. Sin embargo, era muy ingenua, esta era la segunda ocasión en la que su hermana se hacía pasar por ella y la engañaba. Podía hacer algo, recurrir a las autoridades u otros medios, pero no quería porque a pesar del rencor, la amaba con todo su corazón, ese era su gran error y perdición. Ella era como su otra mitad y nunca sería capaz de dañarla, ella sí la veía como su complemento y amarla tanto dolía, la hacía llorar y patalear de la rabia, pero nunca le haría daño.
Extrañaba su antigua vida, pero era incapaz de mover un solo dedo para recuperarla, jamás podría hacer algo como hizo su hermana.
Extrañamente, a pesar de su dolor, se encontraba muy relajada, como si le hubieran arrancado el peso de encima. Además, se sentía libre cada vez que el viento impactaba contra su cabellera azabache y durante un momento, se permitió cerrar los ojos y respirar profundo, se dejó llevar por el dolor: estalló en llanto, un llanto desgarrador, que parecía un rugido brutal, pero a la vez, era liberador y agobiante.
De repente, unos brazos cálidos la rodearon, consolándola. Pero aún así, no abrió los ojos; se dejó derrocar por la tristeza y la soledad, llorando como una chiquilla. Atrapada por lo reconfortante del abrazo, se acurrucó más y logró percibir que se trataba de un chico, pero igual, siguió con sus ojos cerrados.
Se estaba aferrando a ese desconocido, porque ya no le quedaba nada, su hermana le había arrebatado hasta lo insignificante.
Hacía tanto tiempo que ansiaba un abrazo así de reparador, que no podía dejar de apretujar a su acompañante entre sus brazos. Necesitaba tanto aquel abrazo, que no le importó dañar al pobre joven. No quería que la abandonara, se sentía tan segura y en casa, que le era imposible razonar o siquiera pensar.
Sollozaba y lo abrazaba más fuerte, y en algún momento él se separó un poco y le limpió las lágrimas. Las caricias en sus mejillas eran tan suaves, como si temiera que ella se fuese a desmoronar entre sus brazos otra vez. Cada vez sus caricias eran más lentas hasta que ya no las sintió, y trató de aferrarse a él, pero había desaparecido, y cuando quiso abrir los ojos, el viento empezó a azotarla fuertemente y un aire frío la hizo temblar.
Se encontraba aterrada, quería abrir los ojos, pero temía encontrarse con una pesadilla, así que respiró reiteradamente, y cuando la curiosidad la atacó nuevamente, no se contuvo.
Al abrir los ojos, todo lo que podía ver, se encontraba borroso.
Pero sentía que en su costado, alguien la estrechaba entre sus brazos. Le recordó tanto a aquel desconocido, que correspondió.
Sus ojos trataban de divisar a la persona que la apretujaba sin lastimarla, pero no lo lograba, sentía que pronto caería de vuelta en su ensoñación, así que se esforzó y logró admirar una melena pelirroja.
Miró al joven pelirrojo que se aferraba a ella, y cuando empezó a repartir pequeñas caricias en la cabeza, para que éste calmara su llanto, él la observó sorprendido.
Logró atisbar sus ojos verdes y sonrió, no lo conocía o recordaba, pero sentía una alegría inmensa al verlo.
—¡Despertaste! Has estado cinco meses en coma… —dijo, mientras más lágrimas descendían por su bello rostro.
» ¿Qué me sucedió? « Se preguntó a sí misma.