Era la media noche, no había pasado mucho desde que sus padres salieron a buscar a su hermana menor y él se encontraba cómodamente echado en el sofá de la estancia, leyendo unos mensajes.
No estaba asustado con el panorama que se desataba afuera, para nada. Más bien, se encontraba tranquilo de que —por una vez—, su hermana y padres, no estaban para ocupar el mueble frente al televisor. Aunque se le había hecho extraño que su hermana no lo invitase a salir con ella. No le importaba mucho. Ella era lo suficientemente grande como para que su hermano mayor la siguiera a todos lados.
Pasaron minutos y horas, pero su familia no aparecía; estaba preocupado. Nunca tardaban tanto.
Se hicieron las tres treinta y tres de la madrugada y, como sí la naturaleza, el reloj encima del televisor y las luces se hubieran puesto de acuerdo: un estrepitoso trueno explotó en el firmamento, el reloj empezó a sonar descontrolado y todas las bombillas de la casa, detonaron por una sobrecarga.
Saltó en su lugar despavorido, eso sí que lo había aterrado. Ahora, no solo se encontraba preocupado por el paradero de su familia, sino que también, asustado por lo que acababa de suceder.
Inhaló y exhaló varias veces, pensando que solo fue coincidencia y que capaz, la chatarra del auto de su padre, se había averiado.
Todo el ambiente le recordó a cuando él y su hermana eran pequeños; ella solía temerle a las tempestades, entonces, corría en busca de su hermano para que la protegiera y así pasar la noche acurrucados uno al lado del otro, acompañándose en las viles tinieblas.
Al tener tan nostálgico recuerdo, tomó su celular y se sentó a esperar que la lluvia amainara para poder ir en busca de su familia. Pero eso no sucedió, ahora caía lluvia torrencialmente y se podía apreciar uno que otro rayo.
La luz no había vuelto, y cuando revisó la hora en su celular…
Palideció.
Aún eran las tres treinta y tres. No podía creerlo, pensó que su celular se descompuso, así que no dudó y fue a ver el reloj encima del televisor.
Milagrosamente, luego de que la luz del trueno desapareciera, el reloj desistió de su horroroso sonido. Pero cuando se acercó para mirarlo, éste empezó a emitir un sonido peor que el anterior, como si hubiese tomado vida propia y chillara de terror.
Subió sus manos y las colocó a cada lado de su cabeza, tapando sus oídos y evitando el sonido tan ensordecedor. Tornó la mirada hacia el objeto y pensó que se desmayaría.
Marcaba la misma hora que su celular.
Simplemente no podía creerlo, no podía ser posible que aún fuesen las tres treinta y tres. Eso debía ser una broma. Ya no parecía casualidad y mucho menos el destino.
Admiraba todas las esquinas de la habitación, buscando pruebas contundentes de que eso era una broma, pero nada.
El sonido del reloj cesó, y como si una deidad de tantas a las que le rezó, lo hubiese escuchado, el sonido del timbre de la casa lo alegró.
Su corazón latía desesperado, apenas respiraba y su cuerpo entero temblaba por el miedo. Estaba indeciso; no sabía si abrir y arriesgarse o esperar a que la persona se cansara de tocar. Tampoco entendía cómo era que el aparato seguía funcionando luego de la sobrecarga.
Se hallaba en una situación difícil.
Pero no lo pensó más y caminó lentamente hacia la puerta, y al abrirla…
Todo se volvió negro.
No lo entendía, no sabía qué sucedía y eso lo había puesto peor; ya no sabía si llorar o quedarse quieto.
Y de repente, algo lo sacudió y así pudo atisbar un poco de luz. La siguió y cuando estuvo a punto de alcanzarla, todo volvió a la normalidad.
Vio a su hermana frente a él y no dudó en abrazarla; ella, consternada por su acción, le correspondió.
—¿Qué hacías jugando con mis lentes de realidad virtual? —preguntó ella.
Ahí sí que palideció.
» ¿Todo había sido un juego? « Pensó.