Destino Infernal

IV: Expiador de pecados

Caminaba como niño que iba a una dulcería, sonreía como si fuese la persona más feliz del mundo —claramente lo era—, y solo pensaba en llegar a su preciado regalo. Estaba desesperado por ver la sorpresa que, seguramente, lo esperaba en la cochera de su majestuosa casa.

Su mente solo vagaba en el recuerdo de que ese día sería el más feliz de su vida, sus padres le tenían una gran sorpresa entre manos, y no cabía la desesperación en su pequeño pecho.

Al llegar al indicado por su madre, donde supuestamente su padre había dejado el presente, observó impaciente el gran espacio repleto de autos, y se preguntó en cuál estaba escondida su nueva adquisición. Siempre era así cada vez que tenía un logro nuevo y lo mejor no era eso, sino que su padre le entregaba un regalo mejor, dependiendo de la calidad de su trabajo. Le encantaba que su padre le escondiera las sorpresas, era como una búsqueda del tesoro y él sería el único ganador; le aburría no tener con quién competir, pero sabía que eso hacía más divertido el juego a la hora de usar el regalo.

Alegre de poder disfrutar de otra búsqueda, comenzó a revolver las estanterías ubicadas a cada lado de la puerta. Al no encontrar nada, empezó a revisar la colección de autos de su padre; empezando por los Audi y terminando por las camionetas Chevrolet.

Nada, eso era lo que había conseguido en todo ese tiempo.

Frustrado y botando humo por las orejas, tomó varias bocanadas de aire y se limpió el sudor, que empezaba a enmarcar su rostro angelical, con el dorso de su mano. Esta vez se había esforzado en esconder el tesoro, había escarbado hasta debajo de los autos y estanterías, y no había hallado ningún indicio de que hubiese algo ahí.

Al parecer, sus padres le jugaron una broma y eso no le gustaba. En ese momento, se encaminaba hacia la puerta, que sin darse cuenta, alguien había cerrado por fuera. No tenía escapatoria y era de imaginarse que era un plan de ellos, para darle una lección o tratar de deshacerse de él.

Esa idea no le gustó, ¿por qué intentarán deshacerse de él? ¿Cuándo dejó de importarles su único hijo?

Su corazón se contrajo con solo pensar que ya no lo querían más, pero él los buscaría y les enseñaría que se equivocaron al intentar aquello.

Ese era el pecado que ellos cometieron, y ahora era su turno de purificarlos.

Para eso lo criaron, para ser un purificador. Él iba a expiar los pecados de sus almas sarnosas y los liberaría ante el Señor.

Tenía un plan, solo debía ejecutarlo.

Sin darse cuenta, había estado llorando. Capaz porque estaba muy feliz por el cambio del juego o, quizás, porque le dolía hacer aquello, pero descartó la segunda opinión de inmediato, sus sentimientos no importaban.

Corrió hacia la estantería que contenía las herramientas automotrices, tomó una palanca y una llave inglesa, y guardó la última en su bolsillo. Recorrió la distancia que lo separaba de la salida y colocó la palanca al lado de la cerradura, y al darle un fuerte empujón, la puerta cedió. Trotó hasta la puerta de roble que daba entrada a la mansión, y la abrió sin necesidad de la palanca. Al dar el primer paso dentro de su hogar, escuchó un chillido provenir de las escaleras.

Esa había sido su madre, eso significaba que aún no se había ido.

Así que no lo pensó más y corrió para seguirla. Conocía lo suficiente a aquella mujer, como para saber que correría directo a donde su padre; el plato principal.

Definitivamente, este sería el mejor de los regalos.

La siguió hasta la oficina de su padre. Cuando ella entró, esperó unos segundos antes de entrar y encontrarse con sus padres abrazados. Le causó cierta nostalgia verlos así, sin él.

El sonido del seguro de un arma lo alertó, sin embargo, al notar que era el 9 mm, con la que él había jugado hace unos días, lo relajó.

El hombre frente a él se inquietó al notar que el joven estaba tranquilo ante la presencia del arma.

La mujer se aterró más al ver ese detalle y, al notar que el joven empezaba a cerrar la puerta con seguro y romper la cerradura para que no escaparan, empezó a desbordarse en un mar de lágrimas; suplicando por un milagro, pero ya no había escapatoria, estaban cautivos y se habían convertido en el nuevo juguete de su hijo.

Él observó a su madre llorar y sintió lástima por el final tan sangriento que le tenía preparado, pero eso no influyó.

Como había planeado, se acercó y los dejó inconscientes; fue un poco difícil con su padre, pero lo logró. Los ató a una silla y buscó en su bolsillo la llave inglesa, la sacó y sonrió sádicamente.

—Gracias por el mejor regalo de mi vida, padres. Pronto sus pecados serán perdonados… Saluden al perro del vecino de mi parte —caminó lentamente hasta sus cuerpos y comenzó la tortura…




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