Empezaba a oscurecer en el pequeño pueblo de Tenebris y los pueblerinos comenzaban a cerrar sus locales y a apagar las luces de sus hogares, para evitar que el demonio irrumpiera en éstos, y lastimara a alguno de sus habitantes. Mientras ellos se encerraban en sus moradas, el demonio tan aclamado, empezaba a salir de su humilde cueva.
Su humor tan ruin y sagaz era depravante, su voz potente y en un tono rasgado era aterradora, su andar despreocupado e imponente intimidaba a cualquiera. Cada paso que daba en el asfalto, aterraba a los pueblerinos que se encontraban escondidos en sus hogares, él sabía muy bien que le temían a su aterradora figura, pero le daba igual, era placentero poder causar un sentimiento tan mortal en ellos.
Pocos se habían tomado el atrevimiento de acercarse y observar de cerca, pero luego, corrían despavoridos; nunca se quedaban a ver la maliciosa sonrisa que se alzaba por la comisura de sus labios.
Ninguno lo miraba de más, y tampoco, lo molestaba o se atravesaba en su camino, era una regla que debían seguir si querían vivir. Jamás se atrevieron a preguntar por qué hacían aquello, o por qué existía esa regla. Era algo de lo que todos tenían curiosidad y que temían preguntar, sentían que la respuesta provocaría que quisieran irse de su preciado pueblo y preferían vivir en la ignorancia, como algunos.
El demonio respetaba a aquellos que empezaban con su labor al salir el sol y que se iban a sus hogares antes del anochecer, sin importarles si el demonio salía o no. Se mantenían dentro de las horas acordadas para estar a salvo de sus garras y no molestaban su poca paciencia.
Gozaba del sentimiento que causaba y se rebosaba en la grandeza que volaba a su alrededor. Simplemente, le era magnífico tal grandeza y poder que le daban esas pequeñas liebres asustadizas a un gran cazador.
Se sentía hambriento de poder y buscaba una presa de la que alimentarse.
Casualmente, mientras pasaba en frente de un callejón, escuchó un lastimero sollozo.
Ya tenía una presa.
Manteniendo su postura desinteresada, caminó lentamente hacia la pequeña niña que se encontraba abandonada en aquel oscuro callejón. La niña se encontraba acurrucada en una esquina y cada vez que el demonio daba un paso hacia ella; se pegaba más a la pared. No quería que él se le acercara.
Cuando sus zapatos chocaron con los de ella, se acuclilló para tenerla a su alcance. La niña del susto, pegó un grito de ayuda, pero ningún pueblerino se atrevió a entrar en aquel callejón, porque sabían que nadie debía interrumpir los asuntos del demonio o tendrían serios problemas.
El demonio la observó fascinado por su belleza y casi sintió lástima por ella.
Sola, sin padres y a su merced, era el peor destino.
Era un destino sumamente infernal.
Se acercó un poco a su rostro y cuando estuvo a punto de devorarla…
Se oyó el rugido de un monstruo terrible, y después, se oyó una voz potente gritar — ¡Asher, Asher! ¡La comida está servida, ven de inmediato! —bufó molesto al verse interrumpido por su madre.
El niño dejó al demonio y a la niña a un lado, y se levantó fastidiado.
Y ya se estaba poniendo bueno« pensó, mientras volvía a oír los gritos de su madre llamándolo.
— ¡Ya voy, mamá! —gritó mientras bajaba las escaleras.