Sentada en el alféizar de la ventana, se encuentra una muñeca de porcelana, inmóvil ante la tormenta que se desata a las afueras de su hogar, observando las gotas que caen con fuerza contra el delgado cristal; causando que éste se comience a agrietar. Siente la impotencia crecer dentro de su interior con cada gota que impacta de forma violenta contra éste, mientras ella no se puede mover, su cuerpo débil y frágil le hace imposible levantarse y correr lejos del iracundo temporal.
Sabe que la tormenta significa que el fin del mundo ha llegado en conjunto con el de sus días, sin embargo, está tan aterrada por lo que le pueda suceder, que el miedo la ha dejado paralizada. No quiere desaparecer, no quiere dejar de existir. No sabe qué le espera en la nada y la nada le aterra, ¿sentirá dolor o solo desaparecerá? ¿Algo la esperará al llegar al otro lado? ¿Existe verdaderamente el otro lado?
Sin embargo, contrario a lo que piensa, el destino le tiene preparado otro final.
De repente, el siseo de una serpiente le alerta de que hay peligro cerca, pero sigue inmóvil, odiando ser una muñeca de porcelana. El animal se mueve con astucia, el ruido que hace al deslizarse es como un suplicio y se acerca al final del acto: la caída de la muñeca.
El fin del ser y el comienzo del todo.
El terror cala en sus huesos, desearía moverse. Quiere correr y escapar del feroz animal que la acecha, pero no puede; es una indefensa muñeca contra un vil depredador.
»Hasta aquí llegaron mis días« piensa, mientras la serpiente está cada vez más cerca.
Le rezaba a cualquier deidad existente, porque sabía que al verse entre el delgado cuerpo del animal sería su final y temía no encontrar nada más allá de la luz: desaparecer era lo que la hacía temer del futuro que la esperaba mucho antes de ser ella consciente de ello. Le parecía totalmente irónico que hace tan solo segundos estuviera triste porque la tormenta se la tragaría, pero ahora había un mayor problema que una simple tormenta. Si no la consumía un desastre natural, lo haría un peligroso depredador.
Anhelaba poder gritar por ayuda, pero se encontraba muda.
Por fin entendía lo que sentían los mudos: la frustración de no poder llamar la atención o pedir ayuda.
El destino era un total peligro, aunque lo entendía: si las personas no tuvieran aquellos futuros desastrosos, el mundo sería un total caos, porque para equilibrar la balanza debe haber dos componentes: el bien y el mal. Porque dentro de todo lo malo hay algo bueno, y dentro de todo lo bueno hay algo malo.
Se complementaban como la naturaleza y la existencia; un componente inexplicable que existía y permitía existir, pero que nunca desaparecía, era infinito y de un inimaginable poder que atrapaba a todo ser viviente, aquí en la Vía Láctea y en algún otro lugar más allá de las estrellas.
Y capaz, todo lo malo que estaba por venir era el final que le daría equilibrio a su vida alegre, porque a pesar de que no tuvo la vida perfecta, fue feliz.
Se fijó de nuevo en la serpiente y vio que ya no estaba; eso la inquietó. ¿A dónde pudo irse? La estaba acechando hace unos segundos y de repente ya no estaba.
Repentinamente, algo viscoso la empezó a rodear: era la serpiente. Por fin había llegado a su cruel destino.
Al haber quedado encarcelada hasta el cuello, la serpiente comenzó a estrujarla, provocando que se empezara a romper. El sonido de los fragmentos de porcelana cayendo contra el suelo era su único consuelo hasta que había quedado sin cuerpo y su cabeza rodó de la cola de la serpiente hasta llegar a la cumbre del alféizar, y cayó.
Al hacer contacto con el suelo, cerró los ojos y se esparció en un millón de pequeños pedazos.
Todo se volvió negro hasta que un ruido la despertó.
Observó asombrada todo a su alrededor y se intentó mover, pensando que seguía en su ensoñación, y suspiró al notar que todo había sido invención de su subconsciente.
— ¡Uf! ¡Menos mal que todo fue un sueño! —Volteó a su izquierda y vio a una aterradora serpiente, igual a la de su sueño, dentro de una jaula. —O tal vez no todo…