Destino Infernal

XI: Un Ángel sin alas.

Una sonrisa triste abarcaba sus pequeños labios y aún así era hermosa, el par de esferas cristalinas desbordaba su color y seguía siendo bellísima, sus mejillas se pintaban de tierra y seguía brillando, su cabello caía como cascadas doradas y seguía siendo increíblemente bonita.

¿Y por qué?

Porque es un ángel sin alas.

Porque, por más que la lastimaran, seguía de pie y luchando; porque es tan perfecta que no le hacía falta relucir; porque su corazón es puro y sin odio; porque su alma es demasiado buena para este mundo.

Ayudaba, protegía y cuidaba todo ser sin excepción, y yo no podía parar de admirar cómo iba desplegando sus hermosas alas blancas mientras que su cabello dorado cubría su cabeza como una corona y su vestido blanco se adhería a ella como un escudo, en sus manos deslumbraba una espada enfundada en una cadena oscura que amenazaba con hundirse y llevarse a ambas, sin embargo, ella permanecía exenta de la situación; el brillo que emanaba su piel de a poco iba mitigando la oscuridad, obligándola a desaparecer.

A veces sentía que no lo merecía, resplandecía tanto que me daba miedo extinguirla, temía no tenerla para alumbrar mi lobreguez.

En algunos momentos solo quería que dejara a este pobre loco solo, aunque internamente deseaba que se quedara y calmara esas olas que chocaban contra mi pecho.

Ella me hacía dudar y sangrar muchísimo, me provocaba este dolor que cargo.

En tan solo un instante, podía observar entre la vida y la muerte, y atisbar un poco de felicidad que calmaba mi agonía, pero no se alargaba porque ella siempre se iba.

Me dejaba encerrado para que sintiera el peso de mis pesadillas.

De vez en cuando despertaba y vivía mis temores en carne propia: cuatro paredes blancas y una puerta gris que me conducía a mis demonios. Pero siempre era así después de despertarme, antes de verla, porque mi rutina solo constaba en cuatro sencillos pasos: dormía, despertaba, la veía y me perdía, no obstante, al final ella nunca volvía.

Tenía que dormir con la vaga idea de su recuerdo y anhelar otro bello momento.

Porque ella no salía de aquel rectángulo de madera para decirme con su dulce voz que jamás me dejaría, porque descansa, dicen por ahí.

¡Pero no me importa!

Yo la extraño…

Todas las noches cuando la veo, quiero abrazarla y prometerle que no la dejaré, sin embargo, no puedo, me quedo mudo ante su presencia y solo me queda desear que venga a mí, que ella me lleve a su paraíso a probar esa bebida de dioses que ella llama ambrosia.

Anhelo que me enseñe esa galaxia que habita en sus ojos y me deleite con esos mundos por descubrir; me envenene con sus palabras y me encierre en su corazón para no dejar de apreciarla y nunca separarnos.

Aspiro a darle todo para que permanezcamos juntos, pero soy prisionero de muchas sustancias que me alejan de su camino, y solo cuando me abandonan es que puedo sentirla cerca de mí y verla.

Solo cuando estoy lúcido puedo pensar con claridad, porque nos quieren separados.

Toc…

Toc…

Toc…

Y mis pensamientos se callan abruptamente cuando sé que se acercan; el silencio que se forma en mi cabeza permite que esos pasos insistentes me adviertan que se ha acabado mi momento de lucidez.

Es hora de dejarla.

Él aparece ante mis ojos y carraspea al verme perdido, tratando de ignorar el dolor que se forma en mi corazón. Sus amigos no tardaron en aparecer a su lado, vestidos igual que él: con camisas blancas de manga corta, pantalones negros y un par de zapatos deportivos blancos.

Lo observo y solo me queda tratar de alejarme, él se acerca cauteloso y me enseña la vil inyección en su mano.

—Jack, amigo… No puedes continuar así, seguir resistiendo el tratamiento no te va a llevar a nada. Esa chica solo vive en tu cabeza.

¡Miente!

Ella es real. Ella me ama.

Es real.

¿Lo es?

Sí, lo es…

Entonces… ¿por qué no está aquí?

Ellos la tienen cautiva, lo sé.

Pues busquémosla.

—Ella es real, lo siento aquí —señalo mi pecho. — Tú eres el que miente, y la estás apartando de mí… ¡Me la quieres quitar!

Niega y me toma por los hombros mientras sus amigos me inyectan estas sustancias nauseabundas, sustancias que me alejan de mi ángel y su luz; haciéndome vagar en ese mundo donde las brujas visten de blanco, los demonios con batas y las víctimas vestimos de azul sin poder escapar.




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