Camina despreocupada hacia su hogar, es tarde y sabe que ya no tiene sentido apresurarse. Seguramente, la esperaba una nota diciendo que siempre la engañó con su vecina o que se iba porque ella era una celosa muy tóxica. Había muchas razones, pero sabía que él volvería. Siempre hacía eso: le exigía hablar sobre su relación, le inventaba alguna excusa, se iba y a los días aparecía borracho, alegando que todo era mentira y que no la cambiaría por nada.
Era un círculo vicioso muy tóxico y agotador.
Debían darle un cierre, pero ambos se negaban. Ella porque él era lo único que le brindaba la seguridad y el amor que nadie le dio; él porque ella era su estabilidad, el pilar que no lo abandonaba.
Ya habían hablado de ello y hasta acordaron ir a terapia, sin embargo, no terminaban de dar el paso. Tenían miedo de cambiar y arruinar lo que seguía atrayendo sus caminos.
A veces se arrepentía de haberlo conocido y hasta de enamorarse; de no tener el valor de ponerle fin y buscar a alguien que no le rompiera el corazón. No obstante, allí estaba, caminando hacia su hogar mientras las lágrimas hacían su recorrido a través de sus mejillas y los lamentos brotaban de sus labios como susurros.
Estaba cansada de esa situación y deseaba tener las fuerzas para terminarla.
De repente, cuando pasaba junto a un callejón, escuchó un débil maullido, el cual debía pertenecer a un gato. Se detuvo y pensó en recogerlo. No le vendría mal un poco de compañía durante los días que Alexander no iba a estar, así capaz se animaba a dejarlo.
Suspiró y entró al callejón.
Al ser de noche , no podía observar bien, pero eso no le impidió ver entre la basura acumulada un pelaje anaranjado lleno de un líquido rojo. Imaginaba lo que era y no dudó en acercarse y tocar al animal.
Inmediatamente, se arrepintió de ello.
Estaba frío y tieso, era imposible que ese animal maullase estando muerto. Analizó la posibilidad de que hubiese otro gato indefenso, y se alejó para buscarlo, sin embargo, no contó con escuchar pasos apresurados acercándose a ella.
Su corazón se paralizó durante unos segundos.
Todo pudo ser una trampa para robarla o la vieron muy indefensa en ese callejón.
Debía correr antes de que la atrapara.
Cuando fue a darse la vuelta para empezar a correr, alguien la empujó bruscamente a una pared. Se sintió aturdida y adolorida, pero se recompuso para intentar localizar a su atacante, algo que no le costó porque era una figura muy llamativa.
Delante de ella estaba alguien vestido completamente de negro con una máscara de zorro, que se fundía con un cabello anaranjado brilloso; gracias al contraste entre la máscara y su cabello, parecía un ser fantasioso con cuerpo de hombre y cabeza de zorro.
El hombre —su contextura era muy robusta para ser la de una mujer—, la miraba fijamente y no parecía querer robarla o siquiera hacerle daño.
Ella aprovechó ese detalle para hablarle, estaba demasiado asustada como para razonar otras opciones.
—¿Por qué me empujas?, ¿Me vas a robar? —el hombre inclinó la cabeza a un lado como si se burlara de ella— Te advierto que no tengo nada de valor.
Y no mentía, nunca había cargado con objetos de mucho valor debido a que no podía costearlos. Vivía cómoda, pero no podía darse lujos de esa calaña.
—Mientes —su voz era ronca y utilizó un tono suave, lo que hizo que se escuchase melodiosa. —Tú tienes algo que yo quiero y vale mucho más de lo que piensas.
Hablaba muy cuidadosamente, como si temiera algo, cuando era ella la asustada y acorralada en un callejón. Además, ella no mentía, no cargaba nada de valor. Alexander tampoco podía costear cosas muy caras, así que sus regalos eran mayormente libros que ella no leía y chocolates amargos.
—No miento, no tengo nada que pueda darte. Lo siento, pero ve a robar a otro.
El joven dio pasos cautelosos hacia ella. No se movió, temía ser atacada si se alejaba.
Él quedó a solo unos pasos de distancia. No sabía si la estaba tratando de asustar o buscaba algo de ella, pero sí sabía que debía ser cuidadosa.
—Acércate… —le dijo firme el joven. —Quiero poder detallarte mejor.
Eso la aterrorizó. ¿Y si intentaba hacerle algo? Debía correr antes de que la dañara.
—No… —respondió.
Eso no le agradó.
—¡Oh, vamos! Acércate, no te haré nada. —Se quitó la máscara —¡Estoy ciego!
Se sobresaltó por su grito, sin embargo, se calmó de inmediato al ver dos esferas casi blanquecinas.
Sí, estaba ciego.
Su piel era extremadamente pálida y poseía unos labios delgados y rosados. Eso era lo único que distinguía desde su posición.
—Bueno, ya que no te acercas, me iré. —Una resplandeciente sonrisa iluminó su rostro —Nos vemos luego, mudita.
Y así como apareció, desapareció.
***
Había pasado un año desde aquel extraño encuentro.
Un año desde que sus encuentros con el raro pelirrojo se volvieron tan frecuentes que, sin poder evitarlo, se enamoró. También había pasado un año desde que habló por última vez con Alexander, y todo porque Archie —el pelirrojo— le había ayudado a ignorarlo.
Archie había cambiado muchas cosas en su vida y la hacía sentirse feliz cada día. Él era todo lo que había estado buscando: un hombre cariñoso, romántico y delicado. Había sanado sus heridas y ahora era una mejor persona.
Estaba absorta mirando por la ventana de su departamento, cuando Archie la abrazó fuertemente y la hizo girarse a mirarlo.
—Hoy es un gran día, ¿no lo crees?
Sonrió y lo besó.
—Lo es.
—¡Qué bueno que pensamos lo mismo!
Rió junto a él y miró sus ojos.
Eran dos esferas cristalinas llenas de tantas emociones… Resaltaba mucho su felicidad y eso la hacía feliz.
—Chloe —fijó sus ojos en los suyos, en espera de sus palabras. —Te amo más que a nada y quiero que tu corazón esté a mi lado por toda la eternidad.