Sonrío y miro el espejo. Hoy será un gran día.
Mi sonrisa ya no se ve bonita, ya no me gusta. Hago varias poses, pero cada vez me siento peor. Ya no me siento bien.
—Te ves bien —dice ella, mientras veo a través del espejo cómo me abraza.
Pero no es real… Todo es falso.
Miro mis manos y hay mucha sangre… El escarlata me asusta y quiero gritar, pero ella me calma y me hace mirar el lavabo.
Mi pajarito… Tiene el pecho abierto y su corazoncito descansa en mis manos.
¿Yo lo hice?
Miro el espejo de nuevo y ella me sonríe, ella sí sabe lucir una sonrisa.
Me aprieta los hombros y me hace mirar a lo que queda de mi pequeño amigo… Le pasó lo mismo al gato y no pude salvarlo.
Nunca puedo salvarlos.
Vuelvo a mirar el espejo. Ella dice que somos la misma persona… ¿será verdad?
Me entrega su celular y sonríe.
¿A quién llamo?
— Tú ya sabes a quién… —Me susurra y se aleja.
No puedo ver lo que hace, pero está cerca, lo sé.
Mis manos tiemblan, el corazón me late muy rápido y quiero llorar. Debo llamar a alguien que me ayude, debo… salvar a mi pajarito.
Él estará bien.
Antes de marcar el número en el teléfono, miro a mi pequeño amigo; asegurando que ésta será la última vez que pase algo así.
Estoy nerviosa y tengo miedo… ¿Me creerán? ¿Podrán ayudarme?
—911, ¿cuál es su emergencia? —Anuncia una voz grave.
Es un hombre.
Respiro y trato de aguantar las lágrimas que quieren escapar de mis ojos. Ella vuelve a estar a mi lado, y yo estoy atenta a lo que hace, observándola a través del espejo.
—911, ¿cuál es su emergencia? —Repite.
Inhalo y exhalo.
—Yo...—Un sollozo se me escapa —Mi pajarito… Ella lo mató o… yo lo maté.
La línea queda en silencio unos segundos.
—Señorita… ¿usted está sola? ¿Hay alguien con usted que esté amenazando su vida?
Nos miramos a través del espejo y ella frunce el ceño. Se dio cuenta de que no llamé a quien ella quería.
—No lo sé… Dice que es igual a mí, que somos la misma persona, pero yo no soy ella… No, no, no —Negué con la cabeza y agarré un mechón de mi cabello— ¡Yo no soy ella!
—Señorita, por favor, respire y hable con calma —Se queda en silencio unos segundos —¿Usted toma alguna medicación? ¿Hay algún médico que la atienda?
Comienzo a sollozar. Yo solo quería ayuda para mi pajarito.
—¡No! Yo no estoy loca, es ella… ¡No lo entiendes! ¡No necesito un doctor! —Las lágrimas recorren mis mejillas y caen al piso luego de pasar por mi barbilla, algunas caen a mis labios y me hacen más difícil la tarea de explicarle al joven que yo no necesito esa clase de ayuda. —¡No estoy loca!
—Señorita, cálmese. Dígame la verdad, ¿está con alguien que amenaza su vida?
Miré el espejo y la veo burlándose de mi ataque de pánico; riéndose del monstruo que creó.
—Yo… esto… —Dudo y tengo mucho miedo, pero los nervios me hacen dar una respuesta —Sí…
Ya no ríe, ya no me mira.
Sigo su mirada y me encuentro con una navaja pequeña.
¡No!
Dejé de centrarme en lo que decía el joven y traté de acercarme a la navaja, pero ella me ganó y me apuntó con ella.
Más lágrimas caen y tengo más miedo.
—Cuelga, ahora —Su mano tiembla y ella también llora— ¡Hazlo ya!
Niego y sollozo.
—Es por nosotras…
—Es por ti— Se acerca y yo quedo acorralada entre el lavabo y el cuchillo —¡Egoísta!
—¡No! ¡No lo soy! ¡Deja de decirlo! —Ambas lloramos mucho y solo escucho susurros por parte del joven.
No lo entiendo.
Estiro mi mano hacia ella y veo las manchas de sangre seca en mis dedos.
¡Yo no lo hice! ¡No los maté!
—Mira tus manos, ¡míralas! —Me grita y tira el cuchillo mientras toma mi mano y la pasa por mi cara —¡Estás llena de esa sangre! ¡Tú lo hiciste!
Ya no quiero escucharla. Sus palabras me rompen.
No quiero oírla más, no quiero más gritos.
Respiro y sigo llorando, la ignoro y me concentro en el joven de emergencias.
—¡Señorita, por favor, dígame qué está pasando! —Está alterado y escucho muchas voces de fondo.
¿No está solo?
—Yo… Ayúdame ¡Ayúdame, por favor!—Los ojos me arden de tanto llorar y la voz me sale ronca, pero sigo aferrándome a ese pequeño deseo. —Ayuda a mi pajarito y a mi gato… Por favor, hazlo…
No dejé caer el teléfono a pesar de lo mucho que me tiemblan las manos, y ella parece estar en trance.
Durante unos segundos la observo y sí, ella es igual a mí.
¿Será que sí somos la misma persona?
No…
Pero ella no me hace daño, le hace daño a los que quiero.
¿O soy yo?
Ya no lo sé.
De repente, ella sale de su trance y me mira, se acerca sigilosamente y yo no hago nada. Tengo miedo.
Me entrega la navaja y yo no sé qué hacer.
Ya no le presto atención a la llamada.
—Hazlo… —Susurra.
No sé de qué habla hasta que me hace una seña.
Tiré el teléfono al piso porque ya no me interesa lo que me digan, ya no me interesa nada.
Miré un momento el lavabo lleno de sangre y el cadáver de mi pajarito.
Lo siento.
Observé la navaja en mis manos y el escarlata que las decora. No sé en qué momento se me cayó el corazón de mi pajarito, pero ya no importa.
Admiré el espejo y la figura que se esconde detrás de mí.
Sí somos iguales… ¿por qué?
La mano con la que sostengo la navaja, me tiembla mucho cuando la acerco a mi cuello y ya no sé si hacerlo.
Dudo y ella usa su mano para guiarme.
No…
Estoy a punto de terminarlo todo, cuando escucho una sirena de fondo.
Ella me sonríe a través del espejo y yo le correspondo.
Era hora de darle fin a esto.
Hay más sirenas y unos gritos las secundan, pero yo no dejo de prestarle atención a la mirada que me transmite a través del espejo.
Escuchamos que unos pasos se acercan y seguimos mirándonos.