Destino Infernal

Destino Infernal.

Las campanas tintinean y el presentador invita al público a entrar a la sala; la función está por comenzar y los protagonistas están ansiosos por su debut.

Detrás del escenario las princesas se pintan los labios de rosa y se ahogan en píldoras para entrar en sus corsés; los príncipes se colocan sus coronas y practican sus monólogos llenos de mentiras; las madres alistan a sus hijos y los dirigen al camino amarillo del que nunca regresarán; los trabajadores despiertan y pintan sus máscaras de indiferencia; y los jóvenes sonríen a la cámara antes de tomar sus somníferos diarios.

Todo brilla en el escenario, las luces parecen estrellas antes de su último resplandor.

La audiencia está perfectamente organizada en sus butacas. La clase social más alta posee puestos en la primera fila, para poder admirar placenteramente la carnicería del día; la clase intermedia está dividida entre la segunda y la tercera fila, y se regodean en la fortuna que tienen para poder asistir a semejante acto tan colorido; y la clase más baja se posiciona en las dos últimas filas, donde no llega mucha luz y hay tantas cabezas de por medio que es difícil ver al presentador, sin embargo, es el mejor puesto para discernir a la acróbata, que vuela cual gorrión por el limitado cielo de la carpa.

La emoción es palpable en el aire, todos quieren saber cuál será el acto que dé inicio a la obra.

Poco a poco las luces se van atenuando hasta que todo queda en penumbra, sin embargo, en el centro del escenario se enciende una luz que ilumina a una niña de rizos dorados, piel pálida como la de un cadáver, sonrisa falsa, ojos grises rotos, y un poco robusta, que tiene un vestido rosa y zapatillas blancas.

Los espectadores esperan por su debut y sienten ansiedad al solo verla sonreír. Muchos empiezan a protestar y alegan que se irán, pero cuando intentan levantarse, se encuentran asustados al notar que no pueden y que están pegados a las sillas.

Cuando el caos reina sobre el público aterrado, la niña comienza a cantar.

Din don, ya es hora de dormir; din don, la bruja va a escapar; —Con cada frase que recitaba, las personas iban centrando su atención en la pequeña y se olvidaban del problema. —din don, mamá apagó la luz…

Se calló abruptamente y comenzó a reír, asustando más al pobre público.

»Din don, la función va a comenzar —pronunció con una voz grave y disonante, que heló la sangre de todos los presentes y les dejó un sabor amargo.

Aún falta mucho para el fin.

Lentamente, las luces se fueron encendiendo, pero en vez de darles más serenidad, los dejó agitados e inquietos: a la espera de otro actor y su escalofriante obra.

De repente, una bruma oscura emergió del centro del escenario y dejó en su lugar a una joven alta y esbelta: su cabello era anaranjado, llevaba un vestido negro que estaba destrozado y dejaba a la vista parte de su cadera y muslos, y para finalizar, no llevaba zapatos . Muchos comenzaron a silbar para llamar su atención, pero ella solo mantuvo su cabeza gacha.

El público no estaba feliz; ella debía mirarlos.

De repente, comenzó a bailar, cautivando al público por su atrayente danza, hasta que se escuchó un siseo.

Una serpiente acechaba sus pasos y estaba lista para atacar. En ese momento, ella parecía una muñeca que no podía moverse y que estaba atada a algo más allá de un futuro brillante.

El terror cala en sus huesos, desearía moverse. Quiere correr y escapar del feroz animal que la acecha, pero no puede, es una indefensa muñeca contra un vil depredador —relató la misma voz disonante de hace unos minutos.

Después de que la muñeca fuese devorada por la serpiente, le siguieron otros actos: actos que se fueron volviendo más retorcidos y extraños.

Un demonio; una bestia; pecadores y un expiador; niños pesadilla; amores eternos; un demente y su ángel; ladrones muy habilidosos; mentiras y secretos; una chica perdida; y una dama, una dama de cristal.

Nada parecía ser lo que aclamaban y daba la impresión de que no eran actos espontáneos: todo estaba perfectamente calculado, como si hubieran previsto cada reacción.

Poco a poco, los actos se volvieron una cacería en la que todo era muy doloroso de admirar, para algunos.

El público se había dividido: los más cínicos eran aquellos que mantenían su mirada fija y no cambiaban su expresión, apreciaban la crueldad sin un ápice de remordimiento; los sádicos que reían y pedían un poco más, se veían encantados de ver la desesperación ajena y disfrutaban el dolor; y los débiles que lloraban y rogaban al cielo un poco de clemencia, aunque en el fondo sabían que no sentían ni un poquito de consideración por aquellas almas.

Habían desenmascarado una parte del público y una parte de los protagonistas y eso volvía la representación en algo más real… en el escenario perfecto.

Los telones revelaban verdades crudas y mostraban personas, no personajes. La verdad estaba implícita y era muy engañosa.

Una persona con buen ojo vería la realidad detrás de tantos sentimientos.

Cuando solo faltaba el último acto, la voz disonante se hizo presente. El público ya no le tenía miedo, después de todo, habían presenciado que las apariencias engañaban: hasta el más fiel cordero podía ser un lobo disfrazado.

—¡Bienvenidos al mejor circo y al acto final que decidirá su destino! ¡Un destino hermosamente infernal! —Los aplausos secundaron su voz y las luces se encendieron.

Todos estaban atentos a las personas que salían de entre el público y que subían enérgicamente al escenario: la bestia y la niña, el demonio, el ángel, el chico de la estación, la joven engañada, la dama de cristal, los mellizos, la muñeca, Alicia, el expiador, el zorro y su amada, el chico de los lentes, la chica arcoíris y la escritora.

Cada uno hizo una reverencia y sonrió, agradeciendo su atención a las historias: a sus historias.




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