La luz del sol entrando por la ventana fue suficiente para hacer que Cristian quisiera morirse.
Abrió los ojos lentamente.
Todo le daba vueltas.
La cabeza le latía horrible.
Y sentía la boca más seca que el desierto.
—Dios mío…—murmuró tapándose la cara con la almohada.
—¿Ya despertó la princesa?
Cristian levantó apenas la cabeza.
Noah estaba tirado en el suelo con una manta encima y unos lentes de sol puestos… dentro de la habitación.
—¿Por qué estás durmiendo ahí?
—Porque Dylan vomitó sobre mi cama.
Desde la otra cama se escuchó una voz cansada.
—Fue una situación médica.
Cristian giró la cabeza lentamente.
Dylan seguía acostado boca arriba mirando el techo como un hombre derrotado por la vida.
—Eres un asco —dijo Noah.
—Y tú lloraste cantando una canción de amor.
—¡ERA UNA CANCIÓN TRISTE!
Cristian soltó una risa ahogada antes de que inmediatamente
le doliera la cabeza.
—No te rías tan fuerte… siento que mi cerebro se mueve.
Noah se sentó de golpe.
—Hablando de cosas importantes…
Cristian sospechó automáticamente.
—¿Qué?
Una sonrisa enorme apareció en la cara de Noah.
—Andrea.
Cristian cerró los ojos.
—No empieces.
—¡EMPEZARÉ!
Dylan levantó una mano débilmente desde la cama.
—Yo apoyo el chisme.
—No hay chisme.
Noah se levantó dramáticamente del suelo.
—Cristian, hermano… ustedes parecían protagonistas de película romántica.
—Literalmente bailaron como por dos horas —añadió Dylan.
—Y cantaron juntos.
—Y se quedaron hablando solos en el balcón.
Cristian se dejó caer nuevamente sobre la almohada.
—Solo hablamos.
Noah soltó una carcajada.
—“Solo hablamos”, dice el hombre que sonreía como idiota toda la noche.
—No sonreía como idiota.
—Sí sonreías como idiota —confirmó Dylan.
Cristian les lanzó una almohada.
—Cállense los dos.
Noah atrapó la almohada todavía riéndose.
—Andrea preguntó por ti antes de irse.
Cristian levantó la mirada automáticamente.
Y Noah abrió la boca exageradamente.
—¡AJÁ! ¡ESA CARA!
—No hice ninguna cara.
—Hermano, llevas un minuto defendiendo algo que según tú “no importa”.
Dylan empezó a reírse desde la cama.
—Lo atrapaste.
Cristian pasó una mano por su rostro suspirando.
La verdad era que sí había pensado en Andrea al despertar.
Lo cual era raro.
Muy raro.
Porque normalmente las personas le cansaban rápido.
Pero con ella había sido fácil.
Natural.
Sin presión.
Sin necesidad de aparentar nada.
El teléfono de Noah vibró sobre el suelo.
Lo agarró rápidamente y abrió una sonrisa maliciosa.
—Oh no.
Cristian frunció el ceño.
—¿Qué?
Noah giró el teléfono mostrándole la pantalla.
Era Andrea.
Andrea:
“¿El serio sobrevivió?”
Dylan soltó un “uhhhh” exagerado.
Cristian negó inmediatamente.
—No le respondas nada raro.
—¿Entonces sí quieres responderle?
Silencio.
Noah y Dylan comenzaron a gritar como niños pequeños.
—¡TENEMOS ROMANCE!
—¡El nuevo cayó enamorado!
Cristian les lanzó ahora la otra almohada.
—Idiotas.
Pero aun así…
terminó sonriendo un poco.
—La mañana comenzó diferente para Laura.
No por el clima, ni por el café que Carmen le había dejado frente a la puerta del apartamento “porque una diseñadora necesita energía”, según ella.
Sino porque Tomás Bravo la había llamado personalmente a las siete y treinta de la mañana.
Y Tomás Bravo jamás llamaba temprano.
—¿Me van a despedir? —fue lo primero que Laura pensó mientras caminaba rápido hacia la joyería.
El corazón le golpeaba fuerte el pecho.
Tal vez había arruinado algo.
Tal vez los bocetos no servían.
Tal vez había sido demasiado ingenua creyendo que alguien como Tomás tomaría en serio dibujos hechos en una libreta vieja.
Entró al local todavía nerviosa.
La joyería estaba cerrada al público.
Eso la hizo ponerse peor.
—Perfecto… definitivamente me van a despedir —murmuró.
—Buenos días, dramatismo andante.
Laura dio un pequeño salto.
Tomás estaba apoyado en uno de los mostradores con una taza de café en la mano.
Vestía impecable como siempre.
Traje oscuro.
Reloj elegante.
Expresión tranquila.
Parecía uno de esos hombres que jamás habían corrido por un autobús en toda su vida.
—¿Por qué está cerrado? —preguntó Laura.
—Porque hoy no venderemos joyas
—¿Entonces sí me van a despedir?
Tomás la miró unos segundos.
—Laura.
—¿Sí?
—Tienes demasiada imaginación.
—Eso no responde mi pregunta.
Tomás soltó una pequeña risa.
—Ven conmigo.
Laura lo siguió hasta la sala privada donde normalmente se reunían diseñadores, inversionistas y clientes importantes.
Y cuando abrió la puerta…
Se quedó congelada.
Había unas ocho personas sentadas alrededor de una mesa enorme.
Hombres y mujeres elegantes.
Tablets.
Carpetas.
Muestras de diamantes.
Y en la pantalla principal…
Sus bocetos.
Sus dibujos.
Sus diseños.
Laura abrió los ojos lentamente.
—¿Qué… qué hace eso ahí?
Tomás caminó al frente.
—Señores, ella es Laura Pérez.
Todos voltearon a verla.
Laura sintió ganas de desaparecer.
—La creadora de la colección.
El silencio fue inmediato.
—¿QUÉ? —susurró Laura.
Tomás ignoró su crisis emocional y comenzó a hablar.
—Hace semanas encontré algunos bocetos interesantes entre los archivos del taller. Diseños distintos. Más emocionales. Más vivos.
Laura seguía mirándolo en shock.
—La colección representa transformación —continuó Tomás—. Fragilidad convertida en fuerza.
Editado: 12.06.2026