El éxito tenía un sabor extraño.
Laura siempre había imaginado cómo se sentiría alcanzar una meta importante. Pensó que sería euforia constante, felicidad absoluta, una sensación permanente de victoria.
La realidad era diferente.
Estaba feliz.
Muy feliz.
Pero también cansada.
Y sobre todo... consciente de que aquello era apenas el comienzo.
—¿Cuántas reuniones tengo hoy? —preguntó mientras revisaba su agenda.
Su asistente levantó la vista.
—Cinco.
Laura soltó un suspiro dramático.
—Perfecto. Mi sueño era convertirme en una mujer ocupada y sin tiempo para respirar.
—Lo estás logrando.
—Gracias por el apoyo emocional.
La chica se rio.
Laura también.
Dos horas después estaba entrando en una sala de conferencias.
Y Bastien ya estaba allí.
Traje negro.
Camisa blanca.
Corbata oscura.
Como siempre.
Impecable.
Cuando la vio entrar levantó una ceja.
—Llegas tarde.
—Llegué treinta segundos después de ti.
—Tarde.
—Eres insoportable.
—Y tú me adoras.
Laura rodó los ojos.
—Sigue soñando.
—Lo hago bastante bien.
Ella intentó no sonreír.
No lo consiguió.
La reunión duró casi una hora.
Y fue un éxito.
Como todas las anteriores.
Lo curioso era que Bastien y Laura funcionaban increíblemente bien juntos.
Ella tenía las ideas.
La creatividad.
La visión.
Él sabía cómo convertir esas ideas en algo rentable.
Era como si hablaran idiomas distintos pero se entendieran perfectamente.
Cuando salieron del edificio, Laura soltó aire.
—Sobrevivimos.
—Fue fácil.
—Claro, porque tú no fuiste quien respondió treinta preguntas seguidas.
—Porque tú lo haces mejor.
Laura giró la cabeza.
—¿Eso fue un cumplido?
—No te acostumbres.
—Demasiado tarde.
Bastien negó con la cabeza.
Pero sonrió.
Esa misma tarde recibieron una invitación.
Privada.
Exclusiva.
Firmada por Tomás Bravo.
Laura arqueó una ceja.
—¿Otra reunión?
—Parece que sí.
—Empiezo a sospechar que los millonarios no tienen hobbies.
—Los negocios son el hobby.
—Eso explica muchas cosas.
La reunión se realizó en uno de los edificios corporativos de Tomás.
Más pequeña.
Más íntima.
Sin cámaras.
Sin prensa.
Sin fotógrafos.
Solo empresarios importantes.
Cuando Tomás apareció, varios se pusieron de pie para saludarlo.
El hombre caminó directamente hacia Laura.
—Felicitaciones nuevamente.
—Gracias.
—Tu colección sigue siendo tema de conversación.
Laura sonrió.
—Intento no pensar demasiado en eso.
—Error.
Ella frunció el ceño.
—¿Por qué?
Tomás acomodó su saco.
—Porque debes entender lo que estás construyendo.
Laura guardó silencio.
Tomás continuó.
—Muchos diseñan ropa.
Muy pocos crean una marca.
Y todavía menos logran que la gente recuerde su nombre.
Aquellas palabras la dejaron pensando.
Entonces él añadió algo más.
—Pero recuerda una cosa.
—¿Cuál?
—El éxito atrae admiración.
Laura asintió.
—Y también personas que intentarán aprovecharse de él.
Su sonrisa desapareció un poco.
Tomás la observó como un padre que aconseja a una hija.
—No confíes en cualquiera.
Laura miró de reojo a Bastien.
Y Bastien entendió perfectamente lo que estaba pensando.
—Yo también le dije eso.
—Porque tiene razón —respondió Tomás.
La noche terminó tarde.
Muy tarde.
Tan tarde que la mayoría del edificio ya estaba vacío.
Laura seguía revisando documentos.
Bastien seguía trabajando a su lado.
Solo quedaban ellos.
Y el sonido ocasional de las teclas.
—Necesito café.
—No.
—¿No?
—Son las once de la noche.
—Precisamente.
—Laura.
—Bastien.
—No.
—Dictador.
—Infantil.
Ella resopló.
Y siguió trabajando.
Durante unos minutos reinó el silencio.
Hasta que Laura habló.
—¿Puedo preguntarte algo?
—Depende.
—¿Siempre fuiste así?
—¿Así cómo?
—Perfecto.
Bastien soltó una carcajada.
Una verdadera.
De esas pocas que escapaban de él.
—Ni cerca.
Laura levantó la vista.
—¿No?
—Cometí errores horribles.
—No te creo.
—Es verdad.
Ella dejó el bolígrafo.
Interesada.
—Cuéntame.
Bastien apoyó la espalda contra la silla.
—Mi primera inversión fue un desastre.
—¿Qué pasó?
—Perdí dinero.
Mucho dinero.
—¿Cuánto?
—Lo suficiente para no querer repetir la experiencia.
Laura abrió los ojos.
—Vaya.
—También confié en personas equivocadas.
—¿Y?
—Aprendí.
Laura lo observó.
Aquello era extraño.
Porque siempre lo había visto seguro.
Intocable.
Como alguien que jamás dudaba.
Por primera vez parecía simplemente humano.
—Pensé que siempre habías tenido todo bajo control.
—Nadie tiene todo bajo control.
—Tú parecías tenerlo.
—Buena actuación.
Ella sonrió.
—Eres mejor actor de lo que imaginaba.
—Y tú eres peor ocultando lo que piensas.
—Eso es mentira.
—Acabas de fruncir el ceño exactamente igual que hace tres segundos.
Laura se tocó la frente.
—¿Hago eso?
—Todo el tiempo.
—Qué vergüenza.
—Es adorable.
El comentario salió tan natural que ambos quedaron en silencio unos segundos.
Laura bajó la vista.
Y Bastien carraspeó.
Por primera vez en mucho tiempo, ninguno tuvo una respuesta rápida.
Mientras tanto...
Cristian terminaba el entrenamiento completamente agotado.
Las piernas le dolían.
Los músculos protestaban.
Y el entrenador parecía querer matarlos.
—¡Mañana otra vez a las siete!
Los jugadores se quejaron al unísono.
Cristian también.
Cuando salió del estadio encontró a Andrea esperándolo.
Su humor mejoró instantáneamente.
—Hola.
Ella sonrió.
—Hola.
—¿Cuánto tiempo llevas aquí?
—Diez minutos.
—¿Diez?
—Quería sorprenderte.
Cristian intentó ocultar lo feliz que eso lo hacía sentir.
Fracasó.
Caminaron juntos unas cuadras.
Hablando de cualquier cosa.
Riendo.
Disfrutando la compañía del otro.
Hasta que Andrea lo observó de reojo.
—Estás raro.
Cristian se tensó.
—¿Raro?
—Sí.
—No estoy raro.
—Lo estás.
—No.
—Cristian.
Él suspiró.
—Tal vez un poco.
—¿Qué pasó?
Cristian dudó.
No sabía cómo explicarlo.
No sabía cómo contarle lo que estaba ocurriendo.
Las presiones.
Las expectativas.
Las tentaciones.
Todo.
—Solo estoy cansado.
Andrea lo miró unos segundos.
Claramente no le creyó.
Pero tampoco insistió.
—Bueno.
—¿Bueno?
—Cuando quieras hablar...
Aquí estoy.
Cristian sintió algo extraño en el pecho.
Algo cálido.
Algo que hacía mucho tiempo no sentía.
—Gracias.
Andrea sonrió.
—Para eso están los amigos.
Y por alguna razón, esa última palabra le dolió un poco.
Esa noche.
Ya en su habitación.
El celular vibró.
Un mensaje.
Cristian lo abrió.
Era del mismo contacto que llevaba días insistiendo.
Piensa la oferta.
Nadie tiene por qué enterarse.
Cristian permaneció inmóvil.
Mirando la pantalla.
Recordando las palabras.
Recordando la presión.
Recordando el cansancio.
Y por primera vez...
No eliminó el mensaje.
Editado: 12.06.2026