Destino ó casualidad

Capítulo 11

La sala de reuniones estaba llena.
Ejecutivos, inversionistas y representantes de distintas marcas ocupaban cada una de las sillas mientras observaban la presentación proyectada en la pantalla principal.
Laura intentaba concentrarse.
Apenas habían pasado unos días desde el lanzamiento de su colección y su vida había cambiado por completo.
Las llamadas no se detenían.
Las entrevistas llegaban una tras otra.
Las propuestas aparecían todos los días.
Y aunque aquello era exactamente lo que había soñado durante años, comenzaba a sentirse abrumador.
Sentada a su lado, Bastien revisaba varios documentos.
—Estás apretando demasiado la carpeta.
Laura bajó la vista.
Tenía los dedos tensos alrededor de ella.
—¿Tan evidente es?
—Mucho.
Ella soltó una pequeña risa.
—Estoy intentando no ponerme nerviosa.
—¿Por una reunión?
—Por todo.
Bastien cerró la carpeta.
—Eso significa que te importa.
—¿Y si cometo un error?
—Los cometerás.
Laura lo miró.
—Gracias por el optimismo.
—No era optimismo. Era realidad.
Ella rodó los ojos.
—Qué inspirador.
—Laura, nadie llega lejos sin equivocarse.
Aquellas palabras lograron relajarla un poco.
Solo un poco.
Porque apenas unos minutos después entró Tomás Bravo acompañado de varios empresarios.
El silencio invadió la sala.
Tomás saludó a todos con profesionalidad antes de tomar asiento.
—Bien, comencemos.
La reunión duró más de una hora.
Laura presentó nuevas ideas.
Mostró bocetos.
Explicó conceptos.
Respondió preguntas.
Y cada vez que hablaba sentía más confianza.
Hasta que uno de los empresarios tomó la palabra.
—Debo admitir que la colección fue sorprendente.
Laura sonrió.
—Gracias.
—Aunque me pregunto cuánto de ese éxito pertenece realmente a usted.
El ambiente cambió inmediatamente.
Laura frunció el ceño.
—¿Perdón?
El hombre se acomodó en su silla.
—No me malinterprete. Tiene talento.
Hizo una pausa.
—Pero es evidente que contar con alguien como Bastien De Montfort facilita mucho las cosas.
Laura sintió cómo algo se tensaba dentro de ella.
La sonrisa desapareció de su rostro.
El empresario continuó.
—Muchos diseñadores trabajan años sin recibir las oportunidades que usted obtuvo en cuestión de meses.
Bastien abrió la boca para responder.
Pero Laura habló primero.
—¿Está insinuando algo?
—Solo digo que las conexiones correctas pueden abrir muchas puertas.
La sala permaneció en silencio.
Algunos evitaban mirar.
Otros observaban atentos.
Esperando.
Laura respiró profundamente.
Y luego sonrió.
No una sonrisa amable.
Una sonrisa firme.
—Tiene razón.
El hombre pareció sorprendido.
—¿Lo ve?
—Las conexiones abren puertas.
Laura apoyó ambas manos sobre la mesa.
—Pero no hacen el trabajo por ti.
El empresario no respondió.
—Las conexiones no diseñan colecciones.
—...
—No pasan noches enteras trabajando.
—...
—No arriesgan todo lo que tienen por perseguir un sueño.
La sala permanecía completamente callada.
Laura continuó.
—Bastien me dio una oportunidad.
Eso es cierto.
Miró brevemente hacia él.
—Pero fui yo quien tuvo que demostrar que merecía esa oportunidad.
Nadie dijo una palabra.
—Y si mañana Bastien desapareciera, seguiría siendo diseñadora.
Porque el talento no depende de quién te conoce.
Depende de quién eres.
El silencio fue absoluto.
Hasta que Tomás Bravo sonrió.
Una sonrisa pequeña.
Discreta.
Pero orgullosa.
Y poco después varios de los presentes comenzaron a asentir.
El empresario comprendió que había perdido aquella discusión.
—Entiendo.
Laura sostuvo su mirada unos segundos más.
Y luego volvió a sentarse.
Bastien la observó en silencio.
Claramente impresionado.
Horas después abandonaron el edificio.
La noche había caído sobre la ciudad.
Laura caminaba junto a Bastien.
—¿Por qué me miras así?
—¿Así cómo?
—Como si estuvieras analizando algo.
Bastien soltó una risa.
—Porque te defendiste sola.
—Claro que me defendí sola.
—Lo sé.
Laura levantó una ceja.
—¿Esperabas que no pudiera hacerlo?
—No.
—Entonces...
Bastien sonrió.
—Solo estoy orgulloso.
Aquellas palabras la tomaron por sorpresa.
Porque sonaron sinceras.
Completamente sinceras.
Y por alguna razón eso hizo que su corazón se acelerara.
—No necesitaba que estuvieras orgulloso.
—Lo sé.
—Puedo manejarme sola.
—Lo sé.
Laura soltó un suspiro.
—Qué irritante eres.
—También lo sé.
Y ambos terminaron riendo.
Mientras tanto...
Cristian estaba teniendo la peor semana del año.
El entrenamiento había sido un desastre.
Nada salía bien.
Nada.
Cada error parecía perseguirlo.
Cada fallo se repetía una y otra vez dentro de su cabeza.
—¡Otra vez!
gritó el entrenador.
Cristian apretó los dientes.
Intentó concentrarse.
Volvió a intentarlo.
Y volvió a fallar.
La frustración comenzó a consumirlo.
Al finalizar la práctica golpeó una botella contra una banca.
—¿Todo bien?
Andrea apareció detrás de él.
Cristian suspiró.
—Sí.
—Mentira.
—Andrea...
—Llevas días raro.
Cristian evitó mirarla.
—Solo estoy cansado.
—No es solo eso.
Ella dio un paso hacia él.
—¿Qué está pasando?
Cristian guardó silencio.
Porque no sabía cómo explicarlo.
Porque ni siquiera él entendía lo que estaba ocurriendo.
—Nada.
Andrea negó con la cabeza.
—No confías en mí.
—No es eso.
—Entonces dime la verdad.
Cristian sintió la presión aumentar.
Y explotó.
—¡Porque no tengo ganas de hablar!
El silencio cayó entre ambos.
Andrea retrocedió.
Herida.
Sorprendida.
Cristian inmediatamente se arrepintió.
—Andrea...
—No.
Ella negó con la cabeza.
—Cuando quieras hablar, me buscas.
Y se marchó.
Cristian la observó alejarse.
Sintiéndose peor que antes.
Esa noche regresó solo.
Agotado.
Confundido.
Molesto consigo mismo.
Al entrar en su habitación encontró un mensaje en su teléfono.
Era de la misma persona.
La misma que llevaba semanas insistiendo.
"Piensa en lo que te dije."
"Podrías mejorar mucho."
Cristian cerró los ojos.
Luego abrió el cajón de su escritorio.
Y sacó un pequeño paquete.
El mismo que le habían entregado días atrás.
Lo observó durante varios segundos.
Su corazón latía con fuerza.
Sabía que estaba mal.
Sabía que era peligroso.
Sabía que podía arruinarlo todo.
Pero también estaba cansado de sentir que nunca era suficiente.
La habitación quedó en silencio.




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