Destino ó casualidad

Capítulo 13

La luz del sol atravesó las cortinas del hotel.
Laura abrió lentamente los ojos.
Por unos segundos no recordó dónde estaba.
Hasta que vio la inmensa ventana frente a ella.
Y más allá...
California.
Una sonrisa apareció inmediatamente en su rostro.
Se levantó de la cama y caminó hasta el cristal.
La ciudad parecía interminable.
Edificios.
Avenidas.
Palmeras.
Todo parecía sacado de una película.
Escuchó unos golpes en la puerta.
—Adelante.
Bastien entró con dos cafés en las manos.
—Supuse que necesitarías esto.
Laura aceptó uno.
—Te acabas de convertir en mi persona favorita.
—Pensé que ya lo era.
—No exageres.
—Es demasiado tarde.
Laura negó con la cabeza mientras reía.
Aquellas conversaciones se habían vuelto peligrosamente habituales.
Y cada vez le gustaban más.
Una hora después caminaban por el distrito donde tendrían sus reuniones.
Laura intentaba observarlo todo al mismo tiempo.
Las tiendas.
Los edificios.
Las enormes pantallas publicitarias.
Los escaparates de lujo.
—¿Vas a seguir mirando todo así?
preguntó Bastien.
—¿Así cómo?
—Como una niña en una tienda de dulces.
—Estoy impresionada.
—Lo noto.
Laura sonrió.
—¿Tú no?
—La primera vez sí.
—¿Y ahora?
—Ahora estoy impresionado porque tú estás aquí.
Laura lo miró.
—¿Qué significa eso?
Bastien se encogió de hombros.
—Que hace unos meses esto parecía imposible.
Laura bajó la vista.
Tal vez tenía razón.
Todo había cambiado demasiado rápido.
La primera reunión fue mejor de lo esperado.
Laura presentó varios diseños.
Explicó conceptos.
Habló de inspiración.
De materiales.
De tendencias.
Y cada vez que respondía una pregunta sentía crecer su confianza.
Ya no era la joven que dudaba constantemente de sí misma.
Había trabajado demasiado para llegar hasta allí.
Cuando la reunión terminó, varios representantes se acercaron a felicitarla.
Uno de ellos incluso pidió una reunión privada para hablar sobre futuras colaboraciones.
Laura apenas podía creerlo.
Cuando salieron del edificio soltó el aire que llevaba conteniendo.
—¿Respiraste en algún momento?
preguntó Bastien.
—No estoy segura.
—Lo hiciste muy bien.
—¿De verdad?
—Laura.
Ella levantó la vista.
—Acaban de ofrecerte dos reuniones más.
Creo que sí lo hiciste bien.
Laura terminó riéndose.
Porque dicho así parecía obvio.
Por la tarde decidieron caminar antes de regresar al hotel.
La ciudad estaba llena de vida.
Personas entrando y saliendo de restaurantes.
Turistas.
Música.
Luces.
Todo parecía moverse constantemente.
—¿En qué piensas?
preguntó Bastien.
Laura observó la avenida.
—En que esto es una locura.
—¿La buena clase de locura?
—Creo que sí.
Bastien sonrió.
—Te lo mereces.
Laura tardó unos segundos en responder.
—Hace un año estaba intentando que alguien mirara mis diseños.
—Lo sé.
—Y ahora estoy aquí.
—También lo sé.
Ella soltó una pequeña risa.
—¿Nunca pensaste que era demasiado ambiciosa?
—No.
—¿Ni una vez?
—Ni una.
Laura parecía sorprendida.
—¿Por qué?
Bastien la observó unos segundos.
—Porque la primera vez que vi tu trabajo supe que llegarías lejos.
Laura sintió que el corazón le daba un pequeño salto.
No por la frase.
Sino porque sabía que era sincero.
No intentaba impresionarla.
No intentaba halagarla.
Simplemente estaba diciendo la verdad.
Y eso hacía que aquellas palabras valieran mucho más.
Esa misma noche recibieron una llamada de Tomás Bravo.
Laura activó el altavoz.
—¿Cómo van mis dos viajeros favoritos?
—Sobreviviendo.
respondió Bastien.
—Entonces van bien.
Laura sonrió.
—Las reuniones salieron mejor de lo esperado.
—Lo sabía.
—¿No te sorprende nada?
—No cuando se trata de ustedes.
Tomás hizo una pausa.
Luego continuó con un tono más serio.
—Aunque debo advertirles algo.
Laura frunció el ceño.
—¿Qué ocurre?
—Varias empresas han empezado a fijarse en Laura.
—Eso es bueno.
—Sí.
Respondió Tomás.
—Y también significa que algunos competidores han comenzado a fijarse en ella.
Laura intercambió una mirada con Bastien.
—¿Debería preocuparme?
—No.
Todavía no.
Pero recuerda que cuanto más alto subes, más personas observan.
Laura asintió.
Comprendiendo perfectamente lo que quería decir.
Mientras tanto...
Cristian estaba teniendo una semana horrible.
No había vuelto a consumir.
Pero su cuerpo parecía estar pasando factura igualmente.
Dormía poco.
Se despertaba cansado.
Le costaba concentrarse.
Y cualquier cosa lograba irritarlo.
Aquella mañana llegó al entrenamiento con ojeras marcadas.
Andrea lo notó inmediatamente.
—Tienes mal aspecto.
Cristian suspiró.
—Gracias.
—Sabes a qué me refiero.
—Estoy bien.
—No lo estás.
Andrea cruzó los brazos.
—¿Qué está pasando contigo?
Cristian evitó mirarla.
—Nada.
—Otra mentira.
Aquello hizo que algo dentro de él se tensara.
—Déjalo.
—No.
Porque me preocupo por ti.
—Pues deja de hacerlo.
El silencio cayó entre ambos.
Andrea lo observó incrédula.
Como si no reconociera al chico que tenía delante.
Cristian inmediatamente se arrepintió.
Pero ya era tarde.
Andrea negó lentamente con la cabeza.
Y se alejó sin decir una palabra.
Aquello dolió mucho más que cualquier discusión.
Horas después ocurrió algo peor.
Durante un entrenamiento, un compañero hizo un comentario inofensivo.
Una simple broma.
Algo que normalmente habría ignorado.
Pero esta vez fue diferente.
Cristian reaccionó de inmediato.
—¿Qué acabas de decir?
El otro jugador lo miró confundido.
—Era una broma.
—Pues no me hizo gracia.
El ambiente cambió al instante.
El entrenador intervino rápidamente.
—¡Basta los dos!
Pero todos quedaron sorprendidos.
Porque aquel comportamiento no era propio de Cristian.
Ni siquiera él se reconocía.
Esa noche regresó a su habitación sintiéndose miserable.
Se dejó caer sobre la cama.
Agotado.
Confundido.
Y entonces su teléfono comenzó a sonar.
Observó la pantalla.
Era él.
La persona que le había conseguido la droga.
Cristian dudó antes de responder.
—¿Sí?
—Escuché que el entrenamiento fue bien.
Cristian sintió un escalofrío.
—¿Cómo sabes eso?
El hombre soltó una risa.
—Tengo mis formas.
Cristian no respondió.
—¿Ves? Te dije que funcionaría.
—Solo fue una vez.
—Claro.
Hubo un breve silencio.
—Escucha.
Continuó el hombre.
—Si vuelves a necesitar ayuda, ya sabes dónde encontrarme.
La llamada terminó.
Pero Cristian permaneció inmóvil.
Mirando la pantalla.
Porque por primera vez entendió algo.
Aquello no había terminado.
Ni siquiera cerca.
Y mientras Laura contemplaba las luces de California desde la terraza del hotel, sintiendo que su futuro finalmente comenzaba a tomar forma...
Cristian comprendía que cada día estaba más atrapado en una situación de la que no sabía cómo salir.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.