Destino ó casualidad

Capítulo 16

Laura abrió los ojos lentamente.
Inmediatamente se arrepintió.
Le dolía la cabeza.
Le dolían los pies.
Le dolía hasta el orgullo.
Se tapó la cara con una almohada.
—Nunca más voy a beber...
La puerta de la habitación se abrió.
—Eso mismo dijiste la última vez.
Laura reconoció la voz de Bastien y soltó un gemido de sufrimiento.
—Vete.
—Buenos días para ti también.
—No quiero hablar con nadie.
—Lástima.
Laura apartó la almohada de su rostro y vio a Bastien entrar con dos vasos de café.
—Te odio.
—Lo sé.
Le dejó uno sobre la mesa de noche.
Laura se incorporó lentamente.
—¿Hice mucho el ridículo?
Bastien arqueó una ceja.
—¿Quieres la lista completa o la versión resumida?
—No...
—Buena elección.
Laura cerró los ojos.
—Eso significa que sí hice el ridículo.
—Muchísimo.
—Perfecto.
—También intentaste enseñarme a bailar.
—No puede ser.
—Y aseguraste que eras una experta.
—Mentira.
—Tus palabras, no las mías.
Laura dejó caer la cabeza contra la cabecera.
Bastien sonrió.
—Aunque debo admitir que fue divertido.
—Me alegra haber servido de entretenimiento.
—Siempre lo haces.
Por alguna razón, esa frase hizo que el corazón de Laura se acelerara un poco.
Bastien se quedó observándola unos segundos.
—¿Lista para enfrentar el mundo?
—No.
—Perfecto. Salimos en una hora.
—Te odio.
—No es verdad.
Y salió de la habitación antes de que pudiera responder.
Una hora después caminaban por el muelle de Santa Mónica.
El clima era agradable.
La brisa marina ayudaba a aliviar la resaca.
Y Laura agradecía cualquier cosa que evitara que pensara demasiado.
Porque cada vez que intentaba recordar la noche anterior...
Aparecía el mirador.
Y Bastien.
Y esa sensación de que había ocurrido algo importante.
Pero los recuerdos seguían siendo borrosos.
—¿Por qué estás tan callada? —preguntó Bastien.
—Estoy sobreviviendo.
—Lo haces bastante bien.
—Gracias.
—Aunque ayer parecías más divertida.
Laura lo fulminó con la mirada.
—No empieces.
Bastien soltó una carcajada.
Y por primera vez en toda la mañana, Laura sonrió.
Mientras tanto, Cristian estaba nervioso.
Muy nervioso.
Andrea caminaba a su lado por una pequeña plaza cercana al hotel.
Hablaban de cualquier cosa.
De música.
De películas.
De anécdotas absurdas.
Y aun así, Cristian apenas podía concentrarse.
Porque llevaba días pensando en lo mismo.
En ella.
En su sonrisa.
En la forma en que lograba hacerlo olvidar todo cuando estaban juntos.
Andrea se dio cuenta de que estaba distraído.
—¿Qué pasa?
Cristian se detuvo.
Ella también.
Por un momento ninguno dijo nada.
—Andrea...
—¿Sí?
Cristian respiró hondo.
Y antes de que pudiera arrepentirse...
La besó.
Fue un beso suave.
Inseguro.
Como una pregunta.
Durante un segundo temió haber cometido un error.
Pero entonces Andrea tomó su rostro entre las manos.
Y le devolvió el beso.
Esta vez sin dudas.
Sin vacilaciones.
Cuando finalmente se separaron, ambos estaban sonriendo.
—Hola —susurró ella.
Cristian soltó una pequeña risa.
—Hola.
—Te tardaste bastante.
—¿Ah sí?
—Muchísimo.
Cristian negó con la cabeza.
—Voy a fingir que no escuché eso.
Andrea se acercó un poco más.
—Entonces tendré que repetirlo.
Y él volvió a besarla.
Por la tarde, Laura y Bastien terminaron sentados frente al mar.
El sol comenzaba a bajar lentamente.
Durante unos minutos simplemente observaron las olas.
En silencio.
Un silencio cómodo.
De esos que no necesitan llenarse con palabras.
—La presentación fue increíble —dijo Bastien de repente.
Laura giró la cabeza.
—Ya me lo dijiste.
—Lo repetiré las veces que haga falta.
Ella sonrió.
—Gracias.
—Te lo ganaste.
Laura bajó la mirada.
Todavía le costaba aceptar los elogios.
Sobre todo cuando venían de él.
—Estabas nerviosa y aun así entraste ahí y los impresionaste a todos.
—Casi me desmayo.
—Pero no lo hiciste.
Laura soltó una pequeña risa.
Bastien la observó.
Y por un momento olvidó mirar el océano.
Porque verla sonreír seguía siendo mucho más interesante.
Mucho más peligrosa también.
Esa noche, cuando regresaron al hotel, Laura estaba convencida de que el día había transcurrido con total normalidad.
Hasta que estaban esperando el ascensor.
Y Bastien dijo:
—Por cierto.
—¿Sí?
—Las jirafas siguen pareciéndome sospechosas.
Laura se quedó inmóvil.
Completamente inmóvil.
—¿Qué?
La sonrisa de Bastien apareció lentamente.
Y entonces ella recordó.
La discoteca.
Las tonterías que había dicho.
Las jirafas.
El mirador.
Y el intento de beso.
El calor le subió inmediatamente al rostro.
—No.
—Sí.
—No.
—Sí.
—Olvida todo lo que dije anoche.
—Imposible.
Laura quería que el suelo se abriera y la tragara.
Bastien disfrutó cada segundo de su sufrimiento.
Las puertas del ascensor se abrieron.
Laura entró primero.
Todavía roja.
Todavía avergonzada.
Y Bastien la siguió intentando ocultar una sonrisa.
Porque había algo que ella no sabía.
Algo que él jamás admitiría.
Y era que lo único que no podía sacar de su cabeza desde la noche anterior...
No era el intento de beso.
Era el hecho de que, por un instante, Laura había querido besarlo.




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