Destino ó casualidad

Capítulo 18

El aeropuerto siempre le había parecido un lugar extraño a Laura.
Personas llegando.
Personas marchándose.
Reencuentros.
Despedidas.
Y ella estaba a punto de despedirse otra vez.
Sofía la abrazó con tanta fuerza que Laura casi no podía respirar.
—Mamá...
—Déjame.
—No puedo respirar.
—Entonces respira después.
Laura soltó una carcajada mientras las lágrimas comenzaban a acumularse en sus ojos.
—Voy a volver.
—Lo sé.
Sofía le acarició el cabello.
—Pero igual te voy a extrañar.
Laura la abrazó otra vez.
—Yo también.
Edel fue más discreto.
Como siempre.
Pero cuando llegó su turno, la abrazó durante unos segundos más de lo habitual.
—Estoy orgulloso de ti.
Laura sintió un nudo en la garganta.
Porque esas palabras tenían un peso especial viniendo de él.
—Gracias.
—Y no olvides que esta siempre será tu casa.
Laura asintió.
Incapaz de responder.
Liam apareció después.
—Bueno, no voy a llorar.
—Mentira.
—No voy a llorar.
—Liam...
—NO VOY A LLORAR.
Dos segundos después estaba abrazándola.
Y sí.
Estaba llorando.
—Eres ridículo.
—Cállate.
Laura sonrió.
—Te quiero.
—Yo también

Leysi y Jose habían insistido en acompañarla al aeropuerto.
Cuando llegó el momento de despedirse, Leysi volvió a abrazarla.

me alegró muchísimo verte, míranos hace unos años no sabíamos que nos convertiriamos en mejores amigas—le dijo Leysi llorando

Te quiero mucho, algún día tienes que ir a Francia y quien sabe y damos una vuelta por África—le dijo Laura llorando y riendo

—Prométeme que llamarás.
—Lo prometo.
—Y videollamadas.
—También.
—Y mensajes.

—Solo asegúrate de no desaparecer.
Laura sonrió.
—Nunca.
Jose le dio un beso en la frente.
—Cuídate.
—Tú también.
—Y no trabajes demasiado.
—Eso es imposible.
—Lo sé.

—París los recibió con un cielo gris.
Laura apenas había puesto un pie en la terminal cuando escuchó una voz familiar.
—¡Laura!
Giró la cabeza.
Y vio a Tomás acercándose.
—¿Tomás?
Él la abrazó inmediatamente.
—Bienvenida de vuelta.
—¿Qué haces aquí?
Tomás sonrió.
Y entonces Laura supo que algo ocurría.
—Necesito hablar contigo.

Una hora después estaban sentados en una cafetería.

—¿Qué pasa?
Tomás tomó aire.
—Quiero invertir en tu joyería.
Silencio.
Completo silencio.
Laura parpadeó.
Una vez.
Dos veces.
Tres.
—¿Qué?
—Lo que escuchaste.
—Tomás...
—He visto tus diseños.
—Sí, pero...
—He visto cómo trabajas.
—Tomás...
—Y creo en ti.
Laura sintió que el corazón comenzaba a latirle con fuerza.
—Hablas en serio.
—Completamente.
—¿Mi propia joyería?
—Tu propia joyería.
Laura se quedó inmóvil.
Toda su vida había soñado con escuchar esas palabras.
Toda.
Y ahora estaban ocurriendo de verdad.
Sin darse cuenta, las lágrimas comenzaron a caer.
—¿Laura?
—Estoy bien.
—Estás llorando.
—Lo sé.
—Eso normalmente significa que no estás bien.
Ella soltó una risa entre lágrimas.
Y abrazó a Tomás.
—Gracias.

Al día siguiente comenzaron a buscar locales.
Y para sorpresa de nadie...
Laura arrastró a Bastien a cada visita.
—¿Qué opinas de este?
—Muy pequeño.
—Yo también pensé eso.
—La iluminación es terrible.
—Exactamente.
Tomás observó la escena en silencio.
Y sonrió para sí mismo.
Después de visitar varios lugares, llegaron al último.
Laura entró.
Y algo cambió.
Se detuvo en medio del local.
Observó las paredes.
Las ventanas.
El espacio.
Y de repente pudo verlo.
Las vitrinas.
Sus colecciones.
Sus diseños.
Su nombre.
Su sueño.
—Es este.
Tomás sonrió.
—¿Estás segura?
Laura asintió inmediatamente.
—Sí.
Muy segura.
Aquella noche, después de que Tomás se marchara, Laura regresó al local.
Quería verlo una vez más.
Todavía estaba vacío.
Pero ya se sentía suyo.
Escuchó pasos detrás de ella.
No necesitó girarse.
Sabía quién era.
—Pensé que te encontraría aquí.
Laura sonrió.
—No podía dejar de pensar en este lugar.
Bastien caminó hasta situarse a su lado.
Ambos observaron el espacio vacío.
—Lo lograste.
Laura bajó la mirada.
—Todavía no.
—Claro que sí.
Ella sonrió.
—Gracias por acompañarme.
—Siempre.
El corazón de Laura dio un pequeño salto.
Durante unos segundos ninguno habló.
Y entonces Laura susurró:
—Cuando era niña imaginaba este momento constantemente.
Bastien la observó.
—¿Sí?
—Sí.
Ella soltó una pequeña risa.
—Pero nunca imaginé que compartiría este momento contigo.
Algo cambió en la mirada de Bastien.
Algo profundo.

—Laura...
Ella levantó la mirada.
Y por primera vez lo vio verdaderamente nervioso.
—Tenía preparado un discurso mejor.
Laura sonrió.
—¿Ah sí?
—Mucho mejor.
—¿Y qué pasó?
Bastien soltó una pequeña risa.
—Te miré.
El corazón de Laura dio un vuelco.
—No sé cuándo empezó todo.
Su voz era suave.
Sincera.
—No sé si fue en París.
—O durante una reunión.
—O cuando discutiste conmigo por primera vez.
Laura dejó escapar una pequeña risa.
—Eso ocurrió muchas veces.
—Lo sé.
Bastien sonrió.
—Y probablemente volverá a ocurrir.
Ambos se quedaron observándose.
Como si el resto del mundo hubiera desaparecido.
—Lo único que sé es que hacía mucho tiempo que no sentía algo así.
La sonrisa de Laura desapareció lentamente.
—Muchísimo tiempo.
Bastien bajó la mirada unos segundos.
Como si reunir valor le costara más de lo que estaba dispuesto a admitir.
Y cuando volvió a mirarla...
Sus ojos estaban llenos de una sinceridad que Laura jamás había visto.
—Y tú, ma belle...
Laura sintió que el corazón se detenía.
Porque jamás la había llamado así.
Jamás.
—Tú despertaste eso en mí.
El aire pareció abandonar sus pulmones.
—Cada vez que sonríes quiero seguir viendo esa sonrisa.
—Cada vez que consigues algo me siento orgulloso de ti.
—Y cada vez que te alejas...
Bastien soltó una pequeña risa.
—Te extraño más de lo que debería.
Los ojos de Laura comenzaron a humedecerse.
—No sé exactamente qué será esto dentro de un año.
—Ni dentro de cinco.
—Pero sí sé algo.
Dio un paso hacia ella.
Y luego otro.
Hasta quedar muy cerca.
—Quiero descubrirlo contigo.
El corazón de Laura latía tan fuerte que estaba segura de que él podía escucharlo.
Bastien levantó una mano.
Y acarició suavemente su mejilla.
Como si estuviera memorizando cada detalle de su rostro.
Como si hubiera querido hacerlo durante meses.
—Dime que me detenga, ma belle.
Laura negó con la cabeza inmediatamente.
Sin dudar.
Sin miedo.
Sin apartarse.
Y algo en la expresión de Bastien cambió.
Como si acabara de recibir la respuesta que llevaba demasiado tiempo esperando.
Entonces fue él quien cerró la distancia.
Fue él quien la besó.
Y esta vez no hubo interrupciones.
Ni dudas.
Ni alcohol.
Solo ellos.
El beso comenzó suave.
Lento.
Pero duró apenas unos segundos.
Porque meses de tensión acumulada eran imposibles de contener.
Bastien la atrajo hacia él.
Y Laura se aferró a su camisa.
Profundizando el beso.
Haciendo que el mundo desapareciera por completo.
El aire.
El tiempo.
Todo dejó de importar.
Solo existía él.
Solo existía ella.
Y todas las emociones que llevaban demasiado tiempo intentando ignorar.
Cuando finalmente se separaron, ambos estaban sin aliento.
Las frentes apoyadas.
Las respiraciones mezcladas.
Y una sonrisa imposible de ocultar en los labios de Bastien.
—Así que... —murmuró Laura.
—¿Sí?
—Ese era el discurso malo.
Bastien soltó una carcajada.
—Ni siquiera escuchaste la mitad.
Laura sonrió.
Y apoyó la frente contra la suya.
—No hacía falta.
Y en medio del local vacío que pronto llevaría su nombre, Laura comprendió que acababa de comenzar algo tan importante como la joyería de sus sueños.




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