Habían pasado varios meses.
París comenzaba a teñirse de los colores del otoño.
Y la vida de Laura había cambiado por completo.
Laura abrió lentamente los ojos.
Lo primero que sintió fue un brazo rodeando su cintura.
Sonrió sin siquiera abrirlos del todo.
—¿Ya estás despierta, ma belle?
La voz grave de Bastien la hizo esconder una sonrisa.
—Todavía no.
—Mentirosa.
Laura se giró para quedar frente a él.
El cabello de Bastien estaba completamente despeinado.
Y por alguna razón eso la hacía quererlo todavía más.
—Buenos días.
—Buenos días.
Él apartó un mechón de cabello de su rostro.
Y besó suavemente su frente.
—Tenemos mucho trabajo hoy.
Laura hizo una mueca.
—Cinco minutos más.
—Eso dijiste hace diez minutos.
—Ahora sí hablo en serio.
Bastien soltó una pequeña risa.
—Siempre consigues convencerme.
Ella sonrió victoriosa.
—Lo sé.
Media hora después, ambos desayunaban en la cocina de su apartamento.
La convivencia había resultado mucho más sencilla de lo que cualquiera de los dos imaginó.
Laura cocinaba.
Bastien preparaba el café.
Ella dejaba los cajones abiertos.
Él los cerraba detrás de ella.
Laura llenaba el fregadero de platos.
Bastien protestaba...
...y terminaba lavándolos igual.
—Te vi.
Laura levantó la vista.
—¿Qué hice ahora?
—Volviste a dejar la taza en cualquier sitio.
Ella sonrió inocentemente.
—La iba a guardar.
—Claro.
—Solo estaba... decorando la cocina.
—¿Con una taza?
—Es arte moderno.
Bastien negó con la cabeza mientras reía.
Se acercó.
Le dio un beso corto en los labios.
—Eres un desastre.
Laura apoyó la frente contra la de él.
—Pero soy tu desastre.
Bastien sonrió.
—Eso sí.
California.
El túnel que conducía al campo vibraba con el ruido de miles de aficionados.
Cristian respiró profundamente mientras acomodaba la camiseta sobre sus hombros.
En su espalda destacaba un número que había empezado a convertirse en parte de su identidad.
El 4.
Pasó la mano por el dorsal unos segundos.
Años atrás solo era un chico soñando con llegar a ese momento.
Ahora estaba a punto de disputar uno de los partidos más importantes de su carrera.
El entrenador se acercó.
—Hoy vuelves a salir de titular.
Cristian asintió.
—Jugarás en el centro del campo. Quiero que el juego pase por ti.
—No voy a fallar.
El entrenador sonrió.
—Lo sé.
En las gradas...
Andrea llevaba puesta una camiseta exactamente igual.
Con el apellido de Cristian.
Y el número 4 en la espalda.
Cuando el presentador comenzó a nombrar la alineación, el estadio estalló.
—¡¡¡CRISTIAAAAN RODRÍGUEEEEZ!!!
Los aplausos fueron ensordecedores.
Andrea sintió cómo se le erizaba la piel.
Algunos aficionados levantaban camisetas con el número 4.
Otros gritaban su nombre.
Y varios niños sostenían carteles pidiendo una fotografía con él.
Andrea no pudo evitar sonreír.
Estaba viendo cómo el sueño de Cristian comenzaba a hacerse realidad.
El partido fue espectacular.
Cristian dominó el mediocampo de principio a fin.
Recuperó balones.
Distribuyó el juego con inteligencia.
Marcó el ritmo del equipo.
Y, cuando el reloj marcaba el minuto ochenta y cinco, filtró un pase perfecto que terminó en el gol de la victoria.
El estadio explotó.
Cuando el árbitro señaló el final del encuentro, decenas de aficionados comenzaron a acercarse.
—¡Número cuatro!
—¡Cristian!
—¡Una foto, por favor!
—¡Fírmame la camiseta!
Cristian sonrió mientras firmaba balones, camisetas y fotografías.
Todavía no era una estrella mundial.
Pero cada vez más personas conocían su nombre.
Y eso era solo el comienzo.
Andrea corrió hacia él apenas terminó el partido.
Lo abrazó con fuerza.
—¡Lo hiciste increíble!
Cristian rió.
—¿Viste la asistencia?
—La vi.
Y también vi cómo todo el estadio gritaba por el número cuatro.
Él sonrió.
Besó suavemente su frente.
—Gracias por estar siempre.
Andrea apoyó la cabeza sobre su pecho.
—Siempre voy a estar.
En París...
Laura observaba la elegante fachada de su joyería.
Las enormes letras doradas brillaban bajo la luz de la mañana.
Maison Lumière
El nombre resaltaba sobre la piedra color marfil con una elegancia que parecía sacada de una revista de lujo.
Laura sintió un escalofrío.
Todavía le costaba creer que aquel lugar era suyo.
Empujó lentamente la puerta.
Y sonrió.
Todo estaba terminado.
El mármol blanco reflejaba la luz de los grandes ventanales.
Las vitrinas de cristal esperaban las primeras colecciones.
Un enorme candelabro contemporáneo iluminaba el salón con destellos cálidos.
Los muebles de nogal oscuro contrastaban con las paredes claras, creando un ambiente sofisticado.
Al fondo, la sala privada para clientes exclusivos transmitía la misma sensación que quería dar con sus joyas: lujo, elegancia y cercanía.
Laura recorrió el local lentamente.
Todavía parecía un sueño.
—Sabía que te encontraría aquí.
Laura sonrió antes de girarse.
—Buenos días, ma belle.
Bastien entró con dos cafés.
Como cada mañana.
—¿Nunca te cansas de traerme café?
—Nunca.
—¿Y de llamarme ma belle?
Él sonrió.
—Mucho menos.
Laura dejó escapar una pequeña risa.
Se acercó.
Tomó el café.
Y, antes de que Bastien pudiera reaccionar, lo besó suavemente.
—Eso fue inesperado.
—Acostúmbrate.
—Créeme...
No tengo ningún problema con eso.
En ese momento apareció Tomás Bravo.
Observó el local terminado.
Después miró a Laura.
Y sonrió con orgullo.
—Dentro de muy poco, Maison Lumière abrirá sus puertas.
Vendrán empresarios.
Diseñadores.
Celebridades.
Y prensa de distintos países.
París está esperando conocer la joyería de la que todos hablan.
Laura respiró hondo.
Los nervios regresaban.
Sin decir una palabra, Bastien buscó su mano y entrelazó sus dedos con los de ella.
Ella levantó la vista.
Él le sonrió con esa calma que siempre conseguía transmitirle.
Y Laura comprendió que, sin importar cuántos sueños cumpliera a partir de ese momento, siempre habría uno que ya se había hecho realidad.
Editado: 23.07.2026