Destino ó casualidad

Capítulo 23

París amanecía envuelta en un aire fresco que anunciaba la llegada del otoño.
Las hojas comenzaban a teñirse de tonos dorados y anaranjados, adornando las avenidas con un paisaje que parecía sacado de una pintura. Los primeros rayos del sol se reflejaban sobre los edificios de piedra, mientras el aroma del café recién hecho escapaba de las pequeñas cafeterías que abrían sus puertas una tras otra.
Desde el balcón del apartamento, Laura observaba la ciudad en silencio.
Tenía una taza de café caliente entre las manos y llevaba un suéter color crema que le quedaba ligeramente grande. El viento movía suavemente algunos mechones de su cabello.
Habían pasado varias semanas desde la inauguración de Maison Lumière.
Y, aun así, todavía había mañanas en las que necesitaba recordarse que todo aquello era real.
Detrás de ella, Bastien salió al balcón con dos croissants recién horneados en una bolsa de papel.
—Sabía que ibas a olvidarte de desayunar.
Laura sonrió sin apartar la vista del paisaje.
—No me olvidé.
—¿Ah, no?
—Solo... lo estaba posponiendo.
Bastien dejó escapar una pequeña risa.
—Eso significa exactamente lo mismo.
Le entregó uno de los croissants.
Laura lo recibió con una sonrisa agradecida.
—Gracias.
Los dos permanecieron unos segundos en silencio.
No era un silencio incómodo.
Era de esos que solo existen cuando dos personas ya no necesitan hablar para sentirse acompañadas.
Laura respiró profundamente.
Le encantaba el olor de París por las mañanas.
El café.
La lluvia de la noche anterior.
Las panaderías.
Las flores que decoraban algunos balcones.
Era una ciudad llena de vida.
—¿En qué piensas? —preguntó Bastien.
Laura tardó unos segundos en responder.
—En que todavía siento que voy a despertar.
Él la miró de reojo.
—¿Y descubrirás que todo fue un sueño?
Ella asintió.
—Sí.
A veces entro a la joyería y todavía me cuesta creer que realmente sea mía.
Bastien sonrió con ternura.
—Eso es porque nunca hiciste todo esto por dinero.
Laura bajó la mirada.
Era verdad.
Si hubiera querido hacerse rica, probablemente habría elegido otro camino.
Ella solo quería diseñar.
Crear.
Contar historias a través de las joyas.
El dinero había llegado después.
Como consecuencia.
No como objetivo.
—¿Sabes cuál fue mi primer diseño? —preguntó de repente.
Bastien negó con la cabeza.
Laura comenzó a reír.
—Era un anillo horrible.
Él arqueó una ceja.
—¿Horrible?
—Espantoso.
Tenía una mariposa enorme que parecía una araña.
Bastien soltó una carcajada.
—No puedo imaginarlo.
—Menos mal.
Porque todavía existe.
—¿Lo guardaste?
—Claro.
Está escondido para que nadie lo vea jamás.
—Ahora necesito verlo.
Laura abrió mucho los ojos.
—Ni lo sueñes.
—Lo encontraré.
—Jamás.
—Acepto el reto.
Ella negó con la cabeza entre risas.
—Eres imposible.
—Y tú escondes pruebas.
Laura dio otro sorbo a su café mientras seguía contemplando los tejados parisinos.
La mañana era tranquila.
Demasiado tranquila para la velocidad a la que latía su cabeza.
—¿Puedo hacerte una pregunta? —preguntó Bastien.
Ella sonrió.
—Depende.
—¿Siempre respondes así?
—Casi siempre.
Él negó con la cabeza, divertido.
—Entonces... ¿qué escuchas cuando diseñas?
Laura se quedó pensándolo unos segundos.
—Depende del día.
—¿Pero tienes algún artista favorito?
Una sonrisa diferente apareció en su rostro.
Más nostálgica.
—Sí.
—¿Quién?
—Morat.
Bastien frunció ligeramente el ceño.
—¿Es un cantante?
Laura soltó una carcajada.
—No, es una banda colombiana.
—¿Y qué tiene de especial?
Ella apoyó los codos sobre la baranda del balcón.
—Sus canciones cuentan historias.
No hablan solo de enamorarse.
Hablan de crecer, de equivocarse, de extrañar, de aprender a soltar...
Siento que cada canción dice algo distinto.
Bastien la observó mientras hablaba.
Le gustaba verla explicar las cosas que amaba.
Sus ojos brillaban de una manera especial.
—¿Y cuál es tu favorita?
Laura no necesitó pensarlo.
—Antes de los 20.
—¿Por qué esa?
Ella sonrió con cierta melancolía.
—Porque me recuerda que la vida cambia demasiado rápido.
Que, antes de darte cuenta, ya creciste.
Y que hay personas y momentos que terminan formando parte de ti para siempre.
Guardó silencio unos segundos.
—Además... simplemente me hace feliz
Bastien asintió despacio.
No conocía aquella banda.
Tampoco entendía español lo suficiente para imaginar de qué hablaba la canción.
Pero sí entendía algo.
Si esa música conseguía hacer sonreír a Laura de aquella manera...
Valía la pena conocerla.
Más tarde, después de dejar a Laura en Maison Lumière, Bastien permaneció unos segundos dentro del automóvil.
Antes de arrancar, sacó el teléfono.
Escribió con cuidado el nombre que había repetido varias veces en su cabeza para no olvidarlo.
Morat.
Después buscó la canción.
Antes de los 20.
La música comenzó a sonar.
Bastien no entendía la mayor parte de las palabras.
El español todavía era un idioma complicado para él.
Pero reconoció enseguida la calidez de las voces y la emoción que transmitía la melodía.
Condujo por las calles de París mientras la canción seguía sonando.
Cuando terminó, volvió a reproducirla.
Y una vez más.
No porque entendiera la letra.
Sino porque quería comprender qué era lo que Laura encontraba en ella.
Esa misma noche, al llegar al apartamento, abrió una aplicación para traducir algunas frases al francés.
Las leyó despacio.
Repitiéndolas una y otra vez con su marcado acento francés.
Sonrió para sí.




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