Melany.
Pasaban las semanas y mi rutina se había vuelto silenciosa: yo siempre te observaba disimuladamente desde mi asiento, pero tú parecías no notarlo entre tantos alumnos. Hasta que un día, el destino decidió acabar con mi timidez y la maestra de literatura nos asignó sentarnos juntos para un proyecto. Al principio me puse muy nerviosa; no te quería mirar porque tu presencia me intimidaba muchísimo. Intentaba concentrarme en mis apuntes hasta que escuché tu voz grave a mi lado:
—Oye, ¿cómo te llamas? —me preguntaste con una sonrisa curiosa.
Yo, con toda la torpeza del mundo y sintiendo las mejillas arder, te respondí:
—Me... Elany —tartamudeé, queriendo desaparecer bajo la mesa.
—Lindo nombre —dijiste con naturalidad—, yo me llamo Eric.
Lo curioso era que yo ya sabía perfectamente cómo te llamabas desde el primer día, solo que el orgullo y los nervios adolescentes me ganaron. No quise decir nada para no sonar… rara.