Elizabeth
El sonido seco del golpe aún retumba en las paredes de madera de la cabaña, pero lo que más me quema por dentro no es la rabia, sino la humillación. Oliver me sostiene la mirada con las mandíbulas apretadas, sus ojos verdes echan chispas y durante un desgarrador segundo me doy cuenta de lo absurdo y cruel que es todo esto: el hombre al que amé con el alma, el padre de los niños que juegan al otro lado de esta habitación, no solo me ha olvidado por completo, sino que me acusa de ser una cazafortunas.
—No vuelvas a hablarme así en tu vida —le siseo, bajando la voz para que Bruno y Melissa no nos escuchen —No me conoces, Oliver. No sabes nada de mi vida, ni de lo que he tenido que pasar para criar a mis hijos —mascullo con rabia cada palabra —Así que guárdate tus sospechas para alguien a quien le importen.
Él se pone en pie despacio, pasándose la mano por el rostro. Puedo ver cómo se contiene, respirando hondo mientras intenta recuperar la compostura y quizas me pasé un poco con la bofetada aunque debo admitir que desde que lo vi desee hacerlo, por esa noche en la que lo espere, por esa maleta que se quedó echa y por esos gemelos que juegan cerca de nosotros.
—Tiene razón, no la conozco —dice con un tono frío, distante, que se clava como una espina y el no te conozco duele —Y a partir de ahora, procuraré hablarle solo de lo estrictamente necesario para la boda de mi amigo —asiento ante eso y dejo de mirarlo sabiendo que la tension sera demasiada.
Pasamos el resto de la tormenta en silencio. Oliver cocina algo rápido para los niños, interactuando con ellos con una torpeza amable que me destruye por dentro. Bruno no deja de mirarlo, fascinado por ese desconocido que sonríe igual que él y Melissa le hace preguntas con esa soltura suya tan natural. Yo me limito a observar desde el sillón, con el tobillo vendado, sintiendo que me he metido en la boca del lobo. ¿Cómo se supone que voy a casarme con Marco viviendo al lado del hombre que me rompió el corazón y que ni siquiera sabe quién soy? Y lo mas difícil, ¿cómo le guardo este secreto a mi prometido? Porque claro, no puedo ir y decirle, oye, tu mejor amigo y socio es el padre de mis hijos y mi corazon late aun desesperado cuando sus ojos encuentran los mios.
Cuando la tormenta finalmente acaba Oliver sale unos minutos y regresa anunciando que el camino está despejado. A pesar de mis protestas, me ayuda a ponerme de pie y me apoya en su hombro para salir de la cabaña. Su contacto me quema; oler su perfume me transporta a las noches de verano hace ocho años, pero me obligo a mantener la cabeza fría aunque es difícil fingir que no conozco al hombre que ahora me ayuda mientras me mira y su mirada no me dice nada como si yo fuera una simple desconocida y no lo entiendo, la verdad, no lo hago.
Caminamos por un buen rato y siento que mi pie se hincha mas y más, los gemelos no dejan de hablar y cuando Oliver al fin alcanza señal descansamos bajo un arbol simplemente a esperar a que vengan por nosotros.
—Mamá mira que flor mas linda —comenta mi hija señalando la flor en el arbol y sonrio asintiendo —es hermosa —suspira haciendome reír.
—¿Hermosa? —Oliver habla y se estira un poco para tomar la flor —hermosa eres tu pequeña —expresa al entregarle la flor guiándole un ojo y me tenso por completo, mi hija sonrie con las mejillas rojas mirando los ojos de Oliver, su padre y abro la boca para llamar su atencion pero entonces un auto llega y se detiene justo frente a nosotros.
Cuando el auto finalmente se detiene frente a la mansión, el paisaje parece de ensueño, pero mi mente está hecha un caos y no logro concentrarme en el ambiente. Es una casa de campo impresionante, con estructuras modernas integradas en la naturaleza y sonrio un poco porque definitivamente es un diseño que, ahora lo sé, lleva la firma inconfundible de Oliver.
Las puertas de la entrada se abren y la figura de Marco aparece bajando los escalones a toda prisa. Su rostro refleja alivio puro al vernos y me es imposible reflejar lo mismo al verlo.
—¡Elizabeth! ¡Por Dios, estaba preocupadísimo! Intenté llamarlos, pero la tormenta cortó la señal —dice apresurándose hacia el coche.
Abre la puerta de mi lado y me toma de la mano para ayudarme a bajar. Oliver sale del lado del conductor y rodea el auto para sacar el equipaje del maletero, manteniendo la mirada baja, como el empleado o el amigo servicial que insiste en fingir que es.
—¿Estás bien? Oliver, ¿qué ocurrió? —pregunta Marco que solo me mira a mi con suma preocupación.
—Se dobló el tobillo durante la caminata tras la avería del auto, pero ya la atendí —responde Oliver con una voz neutra, formal, desprovista de cualquier emoción y aprieto mis dientes — Está vendada.
—Gracias, hermano, de verdad no sé qué haría sin ti —le dice Marco sonriendole y toma mi cintura con sus mano.
Oliver le dedica una leve inclinación de cabeza, pero cuando sus ojos cruzan los míos por un milisegundo, la tensión vuelve a aplastarme.
—Iré a dejar las maletas dentro y los dejaré a solas —dice él, tomando nuestro equipaje para adentrarse en la casa y Marco vuelve toda su atención hacia mí. Me sostiene por la cintura, sujetando mi peso con cuidado para no lastimar mi tobillo lesionado, y sus ojos se llenan de una calidez que me hace sentir un ramalazo de culpa.
—Te he echado tanto de menos —murmura Marco con ternura, acortando la distancia entre nuestros rostros —Bienvenida a casa, mi amor.
Antes de que pueda procesarlo o decir una sola palabra, Marco inclina la cabeza y me besa en los labios. Es un beso dulce, lleno de promesas y de futuro, un beso de esos que en el pasado me hacia sentir muchas cosas pero ahora todo es raro. Cierro los ojos intentando corresponderle, queriendo convencerme de que este es el camino correcto, pero justo por encima de su hombro, veo la puerta principal entornada.
Ahí está Oliver, mi pasado, de pie bajo la luz del recibidor, observando nuestro beso en silencio. Sus ojos verdes nos fijan a los dos con una indescifrable mezcla de sombra y desconcierto, antes de dar media vuelta y desaparecer en el interior de la casa.