Destino Vs El Poder Del Universo

EL CRUJIDO DE LAS VIGAS

Eran las tres de la tarde del jueves cuando el teléfono repicó:

— ¡Hello honey! — Soltó Dylan al oír la voz del otro lado del auricular.
— ¡Hola amigo, bienvenido!
— Estaré llegando al hotel en al menos cuarenta y cinco minutos. ¿Quieres que te pase buscando o me esperas allá?
— Puedes pasar por mi se prefieres.
— Tengo que conseguir un taxi, el señor que siempre me lleva se accidentó. ¿Conoces a alguien de confianza?
— Si, hay alguien con quien puedo hablar, veré si está desocupado.

Dylan espero no más de media hora, Isabel le envío el contacto del chófer, antes hablo con el señor y le pidió el favor de no llegar directamente a su casa para recogerla, si no que la esperara en un lugar diferente, en su interior, su instinto le decía que eso era lo mejor, ante la duda es mejor no hacer nada.

El taxista estuvo de acuerdo, además la chica le explicó al chófer las razones por las que no quería que en ningún momento si seguía en contacto con el cliente le diese las señas de su domicilio, ya que el taxista era un vecino.

Dylan seguiría utilizando sus servicios y lo mejor era mantener cierta privacidad, el chofer estuvo de acuerdo en todo momento, a fin de cuentas lo único importante era el dinero que iba a percibir en adelante.

Llegaron al lobby del hotel, ella podía ver su rostro reflejado en el piso de mármol, la recepción olía a flores frescas, las luces cálidas, y el fondo musical era un vals, los empleados vestidos de taller, jarrones con rosas rosadas adornaban el vestíbulo, cuadros con paisajes del mar, de pescadores con cestas llenas de peces de colores, ¡Impresionante! se presentaron, les colocaron los brazaletes y los escoltaron a la habitación donde se quedarían “los dos”, sin embargo, Isabel le dejó claro a Dylan que no iba a quedarse, podría pasar el día entero en su compañía pero haría como “la Cenicienta”, al tocar las campanadas de las doce de la medianoche se iría a su casa, el hombre trató de persuadirla sin lograr su objetivo.

En la habitación dejaron el equipaje de Dylan, desde el piso catorce observaron el paisaje que les brindaba la naturaleza a través de las ventanas, las olas del mar iban y venían chocando contra los malecones, el bajo fluido de personas les permitía apreciar el brillo de la arena con los últimos rayos de sol.

Antes de bajar nuevamente, Dylan le pidió tiempo para cambiarse de ropa, ella le indicó que eso no hacía falta, tras algo de dudas fueron a cenar, la brisa soplaba con frescura, mientras que a la luz de las lámparas bajas, en los platos cuadrados eran servidos unos camarones al ajillo, acompañados de ensalada césar y un par de copas de vino blanco, sobre el sillón… un sombrero sin dueño que Isabel se colocó para hacer sonreír a su pretendiente, escuchando unos boleritos famosos disfrutaba como Dylan la miraba con sincera admiración, bailaron dos canciones, bebieron unas copas más, disfrutaron de un postre “tres leches” el favorito de Isabel en el último minuto y el tiempo se fue volando, sonaron las doce campanadas y el taxista pasó por Isabel. Dylan encantado no puso objeción y quedaron en verse al día siguiente a partir de las siete de la mañana para ir a la playa que les quedaba a escasos metros del hotel.

Llegando a la casa sin haber abierto la puerta aún, dentro del bolso repicó el móvil, Isabel creyó que era Dylan, no obstante, al ver la pantalla su expresión cambió, un sobresalto repentino la invadió “hoy no has aparecido en todo el día, ¿puedo saber que es de ti? ¿Por qué de pronto me dejaste en el abandono total?”. Le resultaba increíble, que Max con tal descaro apareciese como si realmente no hubiese pasado nada días anteriores, se sentía tan contenta que para evitar un mal momento le respondió que estaba un tanto cansada y que por ahora estaba ocupada. Max, notó el desdén en sus palabras y decidió entonces llamarla sin importar la hora.

— ¿Estás bien?
— Lo estoy.
— Y… ¿Por qué de pronto tienes esa actitud tan distante conmigo? Sobre todo ahora que te necesito.
— ¿Qué te pasó?— preguntó la chica, bajando la guardia.
— Ahora no puedo contarte mucho porque me siento agotado, además es muy tarde, pero necesito verte, será que puedes venir mañana temprano.
— Mañana tengo un compromiso y no sé a qué hora me desocupe, tal vez muy tarde — le explicó dejándole notar que algo estaba sucediendo, no era algo que se pudiese simplemente adivinar, solo era algo diferente. Algo que Max no podía explicar, de igual modo, lo sentía, esa actitud indiferente de Isabel y el hecho de que mencionara que estaría “ocupada”… ¿Ocupada?... Si la chica siempre le había demostrado que él era su prioridad, que estaba disponible para él, no importaba; al siguiente día lo averiguaría.

Siendo las siete y media de la mañana cuando llegó al hotel para desayunar Dylan no estaba listo, antes quería pasar por el gimnasio a entrenar un poco, así que mientras ella podía picar algo en el “self service”. Con tanto para elegir fue difícil escoger qué comer, así que optó por algo de cereal y unas frutas, dejando espacio en el estómago para algo más pesado cuando su admirador se le uniera, al mirarlo le sonrío, él por su parte no dejaba de hacerle guiños, mostrando la gratitud que sentía por tenerla cerca temprano, la llenó de halagos e intentó adularla, la chica inteligentemente evadía la situación sin llegar a sentirse incómoda ni a incomodarlo a él.

Después de desayunarse con un omelette sintió deseos de vomitar, corrió al baño, apenas alcanzó a abrir la puerta del toalet, cuando con violencia devolvió lo que había comido, las arcadas la hicieron perder gran parte de su energía, como un globo espichado volvió al salón y Dylan preocupado le sugirió tomar una manzanilla, esperar a que se le pasara el malestar para luego ir a la piscina.

Media hora después, Isabel se sentía con ánimos de hacer algunas actividades, pero había perdido el apetito, ¿como me pude estar pasando esto a mi, justo ahora que estoy siendo feliz? Pensó, disfrutó en la medida de lo posible de una partida de pool en la sala de juegos en la que Dylan la dejó ganar, fútbol de mesa, una maquinita en la que debía insertar una bolita de acero por una rendija solo haciendo presión a una perilla y todo lo demás, recorriendo el resto de las instalaciones del resort, él intentaba tomarla de la mano y ella se zafaba con astucia, atravesaron una rampla de madera pulida que bien hubiese servido de pasarela para un desfile de modas por lo espaciosa e iluminada que era, con la intención de tomarse unos cócteles en la choza que se encontraba en el centro de la piscina en forma de estrella, mientras disfrutaban del calor del sol y se ponían al día con las historias de sus vidas; en realidad demasiado que contar, se les ocurrió la maravillosa idea de que al anochecer podían ir al parque de diversiones.




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