Destino Vs El Poder Del Universo

CENIZAS SOBRE LA MESA

Isabel asistió a su cita médica, el resultado de la citología que tanto le preocupaba mostró que tenía un quiste en el ovario derecho solamente, este podía eliminarse con medicamentos y dieta, por lo tanto el alma le había vuelto al cuerpo. Con tantos contratiempos que se le habían presentado mientras Max estuvo en la ciudad, había pospuesto demasiado esa diligencia. Gracias a la vida no pasó a mayores.

Max, por su lado estaba disfrutando de su reencuentro con su abogada Rosa, contándole sus dramas y los sufrimientos que había atravesado en soledad durante el período que estuvo en la otra ciudad, resolviendo la situación de la empresa que lamentablemente había fracasado por culpa de unos miserables socios ambiciosos y envidiosos que no permitieron que él se mantuviera al mando de la compañía. Y esa fue la razón principal por la que el proyecto fracasó.

La abogada, apaciguaba sus grandes temores haciéndole promesas de nuevos proyectos, en las noches que la mujer no se quedaba con él, conversaba por teléfono con la estudiante de medicina… Jannice, hasta altas horas de la madrugada, quien con su ternura y su inocencia lograba que a Max se le esponjara el corazón.

En ese ínterin, Max se comunicaba con Isabel solo para darle instrucciones en cuanto a las diligencias que quedaron pendientes.

—¿Como estás? —Preguntaba ella.

—Atribulado de trabajo, sin tiempo para los sentimientos—. Respondía. Solo necesitaba su apoyo moral, era necesario que ella entendiera que las muestras de afecto en la distancia eran innecesarias y solo ocasionaban sufrimientos, aumentando la desesperación de una separación que era momentánea.

La perspicacia de Isabel le hizo notar que algo más estaba sucediendo, las respuestas secas y cortas en medio de las conversaciones nocturnas sembraron en su corazón el gusano de la sospecha, la lamentable y tortuosa infidelidad. Sí, porque pensar que la persona que decía amarla estaba probablemente diciéndole las mismas cosas que a ella a otra mujer, desgarraban lentamente sus entrañas.

De un momento a otro y sin explicación las llamadas de Max menguaron, se limitaba a escribirle mensajes de texto puntuales. Cuando Isabel intentaba entablar conversación, la dejaba en visto o la cortaba diciéndole que estaba reunido con personas muy importantes. Los fines de semana, que se supone debería estar en casa descansando (ya que estaba muy estresado) se los tomaba para ir de paseo a la montaña o al teatro “solo” para despejarse.

La chica estuvo aguantando mucho tiempo, esperando que él cambiara de actitud, le dio espacio y al parecer, más bien que eso le generaba alivio a Max, era una bendición que Isabel no hiciera berrinches.

—¿Max estás saliendo con alguien?— le soltó una noche sin rodeos.

—¿De qué hablas… loca?— espetó con otra pregunta él—, no tengo tiempo para ti y voy a tener tiempo para alguien más, ya vas a empezar con tus delirios, lo único que quieres es tener toda mi atención, eres muy egoísta.

—No, no soy egoísta, es que me doy cuenta… me doy cuenta de que algo te está pasando y se que no son cosas del trabajo—. Le aclaró ella mientras el sudor en las manos hacía que el teléfono se le resbalara. La opresión en su pecho la obligaba a soltar las palabras lentamente.

—Siempre te estás haciendo películas, tienes la cabeza llena de caricaturas. Puedes escribir un librito de novela rosa con tantas historias que te inventas—. Le decía mientras reía —Vete a dormir y mañana hablamos que no estoy para tonterías.

Cómo una fiera herida se revolcaba en la prisión de su mente, atando cabos, sacando cuentas, uniendo piezas, trayendo al presente conversaciones que había escuchado, palabras sueltas que él había pronunciado, recados raros, gestos sospechosos al leer mensajes en el móvil. Había alguien más, pero ¿Quién? Isabel estaba segura de que lo iba a averiguar; mientras tanto debía serenarse, era necesario guardar la calma. Ella tenía las llaves, la responsabilidad de las propiedades, Max no iba a poner en riesgo todo eso por un desliz.

Él incapaz de pensar y creer que Isabel era inteligente y podía darse cuenta de lo que estaba haciendo, continuaba siendo feliz; un día con Rosa y otro con Jannice. Incluso, permitía que en las salidas con la estudiante de medicina esta le tomara fotografías y las subiera a sus redes sociales, él estaba seguro de tener una explicación para todo, Isabel le resultaba tan tonta e incapaz que no se tomaría el tiempo de averiguar nada que pudiera estropear sus planes.

A fin de cuenta, perder Isabel no era “la gran cosa”, ahora le resultaba más útil su relación con Rosa que era una abogada de prestigio (eso parecía), y adicionalmente la carrera de medicina de la estudiante era prometedora. Le aseguraba un futuro lleno de proyectos económicos estables.

Llegó el tiempo de volver, tenía que realizar algunos pagos de manera presencial con relación a los locales que estaban al cuidado de Isabel, el dinero estaba mermando. La chica aparte de su incomodidad personal, cargaba con el peso de la culpa, por no comprender que para Max las cosas no estaban en buenos términos debido a la falta de dinero y a la complicación causada por la ya fracasada empresa, no se sentía capaz de hacerle ningún reclamo, ni ningún reproche por el olvido en el que la tenía sepultada. Pronto volvería a la ciudad y las cosas estarían mejor. Admiraba la capacidad de Max para desprenderse de las cosas materiales y emprender una nueva empresa o proyecto sin miedo al fracaso o al éxito.




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